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Manuel, José Manuel y Santiago en un primer día de abril de 1985

por 3 abril 2014

Siempre en esta fecha, escribo algo para recordar a Manuel, José Manuel y Santiago.

Generalmente incluyo un relato de lo ocurrido, de cómo fueron asesinados, por quién y por qué. Pero en esta oportunidad voy a hacer una excepción.

Vengo de una familia con tradición derechista, y yo no era la excepción.

El año 85, aún en la universidad, la Católica del Norte, yo estaba en la derecha. Defendía con convicción al gremialismo. Y si de algo ESTABA SEGURA, porque así lo había aprendido -desde los 10 años, edad que tenía en 1973-, es que los comunistas mienten, siempre mienten.

Mi padre me explicó con lujo de detalles lo que sería el plan Z. Los comunistas querían asesinarnos a todos. ¡¡Qué Horror!! Y así es como las violaciones a los derechos humanos, asesinatos, torturas, desapariciones forzadas, eran, a mi entender, mentiras de la izquierda.

Se publicaban historias en revistas que para mí no merecían ni un ápice de credibilidad, yo aprendí a leer en las páginas de El Mercurio.

En mi colegio no se hablaba de política, más que ser un colegio de derecha, era un colegio absolutamente apolítico. Devenir al gremialismo era natural.

Hasta que volví a clases después de vacaciones, a la universidad, el primero de abril de 1985, un compañero de izquierda, cercano al MIR según recuerdo, me enfrentó en la entrada y me gritó enojado, con los ojos llenos de lágrimas, mostrándome el diario La Tercera y diciéndome: ¡Mira lo que hicieron tus amigos!

Ni siquiera entendí de qué hablaba. No tenía idea que había 3 profesionales comunistas secuestrados, no sabía quiénes eran, y hasta ese día me importaba un rábano.

Tenía 21 años, había vivido en una burbuja y seguía metida ahí.

No crean que era de clase alta: yo estudiaba y conseguía algunas pegas, y recibía una suma bastante exigua de casa, no podían darme más. Pero aún así estaba en una burbuja.

Ese día 1 de abril de 1985 la burbuja comenzó a romperse.

Al rato mi compañero de universidad se calmó, y con una paciencia extrema me contó todo lo que él sabía del caso. No era mucho, claro, pero sí lo suficiente para que yo empezara a preguntarme cosas.

Pasaron algunos años, nació mi hijo y la política dejó de preocuparme. Separación, vuelta a Santiago, trabajar, hacerme cargo de mi hijo, estudiar y otras actividades necesarias ocuparon mi tiempo. Pero comencé a buscar información, eso sí.

Y así fue como en los 90′s -recién- supe de la Caravana de la Muerte, del caso Lonquén, calle Conferencia, Operación Cóndor, más detalles del homicidio de Manuel, José Manuel y Santiago. Podrán decirme tonta, lenta, en fin…y sí, fui todo eso. Pero para mí, las cosas son aún peores. Creí, no en los políticos, no en el infame general, creí en la gente que se suponía debía formarme, debía decirme la verdad, y que me había mentido desde los 10 años.

Eran tantas cosas las que no sabía, tanto lo que debí leer, preguntar, averiguar de distinta manera.

Pero siempre este triple homicidio aparecía en mis recuerdos, ese titular, los pacos presos, Mendoza renunciando… y la rabia, doble rabia. No solo por los homicidios, que a mi parecer siguen siendo uno de los crímenes más brutales de la historia de este país, sino también la rabia que se siente frente al engaño, esa rabia que te llega cuando te sabes estafada, y estafada por los más cercanos, por quienes debían educarte.

El dolor por haber estado en el lado equivocado, por no haber hecho absolutamente nada cuando era tan necesario que hubiera personas ayudando a quienes eran brutalmente perseguidos, asesinados, torturados, y cuantas cosas más que supe después. El dolor que te hace sentir la vergüenza.

La rabia contra quienes, al mentirme, me negaron el derecho a juzgar la situación con la verdad. Rabia contra mí misma, porque confié, creí

Con la misma dureza que juzgo a quienes me mintieron, me juzgo a mí misma por haber creído. Por no haber investigado más, por no haberme tomado las cosas con la seriedad necesaria, por no haber buscado información, escuchado, puesto atención a lo que pasaba a mi alrededor.

No pretendo sacudirme la responsabilidad, en caso alguno. Y pago el precio de sentirme avergonzada de haber ocupado un lugar equivocado en ese periodo de la historia de Chile, tan brutal.

Cada vez que me relaciono con alguien que fue víctima de la dictadura, o que vivió el miedo de pelear contra un aparato represor inimaginable, me siento en la obligación de contarle que alguna vez, en otro tiempo, yo lo llamé mentiroso y lo consideré enemigo.

Quiero aclarar, eso sí, que jamás tuve poder, que nunca perjudiqué a alguien.

Los agentes de la Dicomcar condenados. Y los familiares de Manuel, José Manuel y Santiago pidiendo que no se les condene a muerte porque eso es una violación a los derechos humanos, se me agigantan. Y yo recién comprendiendo el tiempo que me tocó vivir… Justo en el momento para decirle a mi hijo la verdad. Para no repetir la mentira. Sería muy doloroso que él sintiera hacia mí, lo que yo siento hacia otros.

El homicidio de Manuel, José Manuel y Santiago, marca un punto de inflexión en mi vida, el momento en que se inició un proceso de reflexión profundo, doloroso y muy personal, que me convirtió en lo que soy ahora.

Y así como siento vergüenza por haber pensado como pensé, me siento orgullosa de haber roto con la mentira, de haber superado mi herencia y ser lo que yo misma he construido.

Cuando digo personal, cuando hablo de autoconstrucción, no estoy queriendo decir que no haya habido personas que se me cruzaron en el camino y que compartieron sus experiencias conmigo. Muchos me ayudaron a comprender,  les estoy profundamente agradecida y recuerdo a cada uno de ellos. Aún así, mis convicciones son mías, no las adquirí, las reflexioné.

¿Qué queda? Decirles a aquellos que algún día llamé mentirosos -cuyo dolor y lucha simplemente desprecié, y hoy me parecen gigantes por quienes siento un profundo respeto, porque logré comprender la fuerza que debieron tener para sobrevivir al horror que les tocó vivir- que lo siento, que me equivoqué, que ellos tenían la verdad y yo estaba en el error. Que lo siento profundamente y que me va a pesar siempre.

Y vuelvo a escuchar en mi cabeza las palabras de Estela Ortiz, vuelvo a ver la imágenes, a Manuel, a Javiera, ese titular horrible en La Tercera: palabras e imágenes que describen el dolor de muchos y el inicio de mi proceso personal. Y me alegro de no haberlo olvidado, ¡no quiero olvidarlo nunca!

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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