Domingo, 25 de septiembre de 2016Actualizado a las 16:10

Opinión

Autor Imagen

Chavismo tardío en Chile

por 4 abril 2014

Los “Chavistas tardíos” de Chile no sólo muestran una miseria imaginativa patética sino que tratan de aplicar mecánicamente recetas que funcionaron –durante un tiempo– en contextos completamente distintos y terminaron en desastres evidentes, predecibles e insanables. Si piensan que los chilenos no se van a molestar por la falta de papel higiénico, la presencia de motociclistas armados, militares en política activa con banco y línea aérea propios, autoridades refiriéndose a la oposición en un vocabulario soez, la omnipresencia de los servicios de inteligencia cubanos controlando la sociedad y otras ideas brillantes para la promoción de la democracia (popular), es que están completamente locos.

En 1990 el líder sindicalista brasileño Lula da Silva se reunió con Fidel Castro en Sao Paulo para crear el “Foro de Sao Paulo”, un espacio “donde debatir sobre el escenario mundial después de la caída del Muro de Berlín y el desbande de la URSS y el PC soviético y encontrar alternativas para los Partidos Comunistas sudamericanos” que habían quedado huérfanos.

El fracaso de todos los intentos de tomar el poder por la fuerza armada exigía a la izquierda revolucionaria sudamericana adoptar “una línea pacífica, constitucional y electoralista, aparentemente anticomunista e inmanente al sistema, flexible y adecuada a las características específicas de cada nación, de modo de apoderarse de los respectivos Estados desde dentro de sus instituciones y actuar en función del campo de maniobra que dejaran las crisis de sus respectivos sistemas de dominación”.

Después de tres derrotas electorales consecutivas, Lula se dio cuenta de que, si quería capturar el poder en Brasil, debía cambiar de discurso. Lo expresó claramente señalando en algunas entrevistas que “aún siendo comunista, como su hermano, tenía perfectamente claro que así seguiría siendo rechazado por la sociedad brasileña”.

El año 2002, en su cuarto intento y tras abandonar su imagen radical, ganó las elecciones presidenciales.

Para Cuba la primera posición a conquistar era Venezuela –donde había fracasado con su guerrilla en 1959–, bien ubicada geográficamente y con inmensas disponibilidades de dinero del petróleo. En 1992 Chávez intentó el asalto al poder con un golpe de Estado contra el presidente Carlos Andrés Pérez –elegido democráticamente– y fracasó. Fidel primero rechazó al golpista Chávez, pero después de una conversación con Hugo en La Habana, captó su potencial y lo adoptó como hijo y discípulo.

Lula ya en el poder, teniendo que enfrentar serios problemas económicos y embutido en su disfraz socialdemócrata, bajó su perfil en el Foro de Sao Paulo y Chávez ocupó su lugar en compañía de los Castro y otros revolucionarios. Desde allí se planeó y armó Celac, Unasur y, sobre todo, ALBA.

Los “Chavistas tardíos” de Chile no sólo muestran una miseria imaginativa patética sino que tratan de aplicar mecánicamente recetas que funcionaron –durante un tiempo– en contextos completamente distintos y terminaron en desastres evidentes, predecibles e insanables. Si piensan que los chilenos no se van a molestar por la falta de papel higiénico, la presencia de motociclistas armados, militares en política activa con banco y línea aérea propios, autoridades refiriéndose a la oposición en un vocabulario soez, la omnipresencia de los servicios de inteligencia cubanos controlando la sociedad y otras ideas brillantes para la promoción de la democracia (popular), es que están completamente locos.

Lula ya instalado en su cargo presidencial, debió asumir la tarea permanente establecida por la elite intelectual y militar brasileña –a la que no quería contrariar–, de construir un imperio sudamericano que hacía necesaria una política de equilibrios y matices que condujo a unas relaciones ambivalentes con Estados Unidos y Venezuela, donde hubo coincidencias y desencuentros. Así, Lula torpedeó el ALCA mientras promovía el Mercosur, pero también se distanció del ALBA de Chávez. El Foro y Chávez lo incomodaban en la consecución de algunos objetivos que interesaban sólo a Brasil, por lo cual redujo aun más su perfil, pero sin abandonar la organización, donde sigue actuando hasta hoy.

Este breve recuento nos explica las razones ideológicas tanto del uso arbitrario y la burla que se hace de la Carta Democrática de la OEA y de las cláusulas democráticas de Mercosur y Unasur; como del grotesco espectáculo de los presidentes sudamericanos sentados en rueda alrededor de Fidel Castro, rindiéndole pleitesía en La Habana, y de Raúl Castro –el hermano chico– como presidente de Celac.

En los días de gloria del Pacto de Sao Paulo y del ascenso y consolidación del chavismo, Chile avanzaba a buena velocidad en el desarrollo económico y social. Lagos se negó a ser incorporado a Mercosur, lo que le valió un disgusto con su amigo Fernando Henrique Cardoso, y continuó resistiendo mientras movía a Chile hacia la globalización y la integración comercial con todo el mundo. Recibió todo tipo de presiones de los países bolivarianos –Venezuela, Brasil y Argentina–, pero no cedió. Luego vino el gobierno de Bachelet, con una tendencia más amistosa hacia los miembros del Foro de Sao Paulo y una mayor simpatía hacia Castro, mientras en ciertos sectores de la Concertación crecían las tendencias “autoflagelantes”, antineoliberales, antiimperialistas, anticapitalistas y promotoras de un cambio radical del sistema político y económico existente en Chile.

Durante el último par de años de Chávez, la situación económica de Venezuela no pudo resistir más la gestión caótica que hacían los bolivarianos, la corrupción interna, el vaciamiento económico a que la sometían los Castro y sus protegidos caribeños, más Brasil y Argentina. Como es frecuente en las izquierdas, la política fue considerada más importante que la economía y terminaron en el fracaso, pobreza y crisis a que lleva ese tipo de gobiernos.

Toda la simulación de democracia representativa, elecciones libres, respeto a las minorías, sujeción a los preceptos constitucionales, respeto a los derechos humanos y demás, cayó junto con la crisis económica desatada. Maduro mostró la fea cara totalitaria del marxismo más cavernario y la crisis económica arrastró a la crisis política. Por mucho que los países de Unasur traten de arropar la miseria política en que cayó Maduro, Cabello y el chavismo, en Venezuela no se ve salida institucional, sólo guerra civil o golpe de Estado militar.

Argentina, diluidas ya sus pretensiones revolucionarias, concurre al FMI, al Club de París y al Banco Mundial, mientras inicia programas de reducción de los subsidios al gas, al agua y a los combustibles, siguiendo las “recetas” más tradicionales de esos organismos, con vistas a conseguir recursos financieros para poder llegar a las elecciones presidenciales del año 2015, y Brasil lucha por redireccionar su gasto interno hacia proyectos sociales más eficientes, mejorar la infraestructura y la competitividad, tratar de recuperar la iniciativa política frente a movimientos sociales muy activos y poner distancia con ex amigos que se tornaron incómodos.

Mientras el marxismo revolucionario y su base estructural –el Foro de Sao Paulo– se hunden sin pena ni gloria en el fracaso político, económico e intelectual, en Chile surge un “Chavismo Tardío” que trata de seguir su mismo esquema, ahora convertido en estrategia de asalto al Poder: generar graves crisis de gobernabilidad, polarizar la sociedad, quebrar la estabilidad institucional, apoderarse del poder mediante elecciones plebiscitarias, montar asambleas constituyentes, manifestar insatisfacción en sectores específicos, principalmente en la educación y la salud, y apoderarse de la dirección de los movimientos sociales para materializar una inconfesada pero no menos sentida “revolución”.

Los “Chavistas tardíos” de Chile no sólo muestran una miseria imaginativa patética sino que tratan de aplicar mecánicamente recetas que funcionaron –durante un tiempo– en contextos completamente distintos y terminaron en desastres evidentes, predecibles e insanables. Si piensan que los chilenos no se van a molestar por la falta de papel higiénico, la presencia de motociclistas armados, militares en política activa con banco y línea aérea propios, autoridades refiriéndose a la oposición en un vocabulario soez, la omnipresencia de los servicios de inteligencia cubanos controlando la sociedad y otras ideas brillantes para la promoción de la democracia (popular), es que están completamente locos.

Su pretensión de hacer una revolución antidemocrática para “regresar” nostálgicamente a las condiciones ideales de un generoso Estado mamá que nunca existió, o para “avanzar” radicalmente hacia utopías, que los liberarían de la libertad personal, sólo habla de su incapacidad para modificar para bien el mundo real de aquí y de ahora y de una sociedad con valores, intereses y prioridades múltiples y diversos.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Encuesta

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes