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Sepa usted, señor ministro, que hay derecho a la selección

por 4 abril 2014

Eyzaguirre podrá estar o no de acuerdo con que un colegio seleccione, por ejemplo, por razones académicas; podrá también discutir que otro lo haga en función de criterios religiosos; pero nada, absolutamente nada, justifica que él, a nombre de la República, se arrogue el derecho de imponer un modelo educativo y a imponer, como condición para repartir subsidios estatales, que los colegios se adecuen a él.

Notable el talento actoral de Eyzaguirre; si no superior al de su madre, al menos equivalente. Por eso, lo primero que pensé después de ver la entrevista que Juan Manuel Astorga le hizo la semana pasada en “El Informante”, de TVN, fue: de tal palo, tal astilla.

Ni su elocuencia ni su inteligencia alcanzan, sin embargo, para que uno pase por alto que, en realidad, las respuestas que dio esa noche no superaron el nivel de la cuña y que, más bien, tendieron a aumentar la ya alta dosis de incertidumbre respecto de la reforma educacional antes que a disminuirla.

Entre sus frases para el bronce, Eyzaguirre dijo que “no serán los colegios los que elijan a las familias sino las familias las que elijan a los colegios”. Eso, para referirse a una de las cuestiones que el Gobierno ha fijado como prioridad: la prohibición de la selección de alumnos en los colegios, tanto particulares como públicos.

Paradójica la visión mercantilista que tiene el ministro de la relación colegio-familia. Porque lo cierto es que ni el colegio es una multitienda, ni la familia un cliente. Si lo fueran (y la educación se pudiera concebir como un producto más del mercado), quizá tendría sentido que el colegio no aplicara el más mínimo criterio de selección. En el retail, de hecho, el único requisito que se impone para poder comprar algo es que ese algo esté a la venta, por una parte, y que el comprador disponga de los recursos para adquirirlo, por otra.

Eyzaguirre podrá estar o no de acuerdo con que un colegio seleccione, por ejemplo, por razones académicas; podrá también discutir que otro lo haga en función de criterios religiosos; pero nada, absolutamente nada, justifica que él, a nombre de la República, se arrogue el derecho de imponer un modelo educativo y a imponer, como condición para repartir subsidios estatales, que los colegios se adecuen a él.

Un proyecto educativo es, sin embargo, algo más complejo. En primer lugar, porque en él intervienen dos partes que se relacionan entre sí en términos esencialmente personales. ¿Qué significa eso en la práctica? Que debe haber entre ambos una cierta coincidencia en materia de principios y que eso exige respetar, por una parte, el derecho del colegio a concebir la educación de una determinada manera, como el derecho de los padres a educar a sus hijos de la forma que estimen conveniente, y no de acuerdo a principios fijados por el Estado.

Eyzaguirre podrá estar o no de acuerdo con que un colegio seleccione, por ejemplo, por razones académicas; podrá también discutir que otro lo haga en función de criterios religiosos; pero nada, absolutamente nada, justifica que él, a nombre de la República, se arrogue el derecho de imponer un modelo educativo y a imponer, como condición para repartir subsidios estatales, que los colegios se adecuen a él.

Porque –sería bueno que Eyzaguirre lo tuviera presente– esos recursos no son del Fisco: provienen del trabajo de todos los chilenos y están orientados a que cada chileno pueda hacer uso de ellos para los efectos de educarse. Si es verdad, por tanto, que hay algo así como un derecho a la educación, eso no le otorga al Estado el derecho correlativo a definir la forma en que esos recursos se utilizan.

El Instituto Nacional es una institución que selecciona, y lo hace por razones académicas; nadie podría, sin embargo, poner en tela de juicio el aporte a la patria que ha hecho esa institución. Otros colegios lo hacen por razones religiosas y es evidente también que la religión es, en términos objetivos, un aporte para el país.

El poder que tiene el Estado para administrar recursos no le da el derecho a decidir cómo debe ser la educación que es subsidiada por él; salvo, obviamente, que algún proyecto educativo fuera abiertamente contrario a los principios contenidos por la Constitución.

Eyzaguirre demostró en la entrevista un gran talento comunicacional, pero ese talento lo puso al servicio de un par de eslóganes que no tienen más fundamento que el de la ideología decadente de izquierda, cuyo fracaso puede uno verificar mirando un poco a Europa.

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