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El ciudadano imprudente

por 11 abril 2014

Intenté comenzar esta columna hace casi un año, justo cuando al igual que estas últimas semanas, se suscitaba una polémica sobre los peatones enfrentados a los “ciclistas de vereda”.

Han pasado los meses y sigo pensando que la discusión se debe a lo mismo: no son los ‘ciclistas’ los imprudentes, no son los ‘automovilistas’ los imprudentes, ni los ‘peatones’ los imprudentes. Es el ciudadano el imprudente.

Aunque cambiemos la manera de transportarnos, si la imprudencia forma parte de la vida de una persona, ésta lo seguirá siendo indistintamente del medio que utilice para movilizarse en la ciudad y para interactuar con sus pares.

De hecho, el mismo conflicto podríamos aplicarlo a quienes no ceden el asiento en el metro o en las micros, cuando a todas luces alguien a su lado lo necesita; a aquellos fumadores que les da lo mismo dónde arrojan la colilla; a quien bota la basura en la calle, y así, un sinfín de casos.

¿O acaso pensamos que el ciclista es sólo ciclista el cien por ciento del tiempo? Yo soy ciclista la mayor parte del día, pero también soy peatona y, muy ocasionalmente, conductora de automóviles. Eso es lo que me motiva a escribir esta columna, pues estimo que en el conflicto que hoy se debate, se olvida nuestra condición como ciudadano intermodal.

Me molesta profundamente cuando leo y escucho hablar mal del “gremio ciclista”, porque soy ciclista urbana y no soy imprudente. Sin embargo, estimo que lamentablemente se ha asentado una percepción de que todos los que optamos por la bicicleta como medio de transporte, somos unos temerarios a los que nos gusta correr a alta velocidad, sin escatimar riesgos, ni posibles víctimas.

Si bien coincido con que el conflicto de imprudencia en las veredas, es claramente provocado por los ciclistas que transitan por ellas y no por los peatones; sé que no es fácil bajarse a la calzada y conozco en carne propia, el temor que se siente cuando un automóvil te pasa volando por el lado, a escasos centímetros de tu manubrio, al punto de hacerte tambalear.

Pero al momento de elegir la bicicleta, yo escatimé esos riesgos, versus un montón de beneficios que me siguen haciendo optar por ella sin pestañear y, más aún, por luchar por nuestro espacio en la ciudad. A modo personal, estimo que esa elección no la ha hecho la mayoría de quienes hoy pedalean.

Comencé pedaleando en la calle en los 90, cuando no era masivo el uso de la bicicleta como medio de transporte, cuando de verdad no había ciclovías, cuando tomarse en serio las normas de tránsito para circular, era trascendental, porque los automovilistas realmente no estaban acostumbrados a vernos en sus carriles y por mucho temor que te diera, había que pelear con sudor y gallardía el tercio de calzada que nos merecíamos.

Pero eso cambió, ya no somos unos pocos. No me lo contaron, ni lo leí. He sido testigo del incremento de ciclistas en las calles. Cuando comencé a movilizarme a diario, éramos no más de cinco pelagatos los que nos encontrábamos siempre, en los mismos semáforos y a la misma hora.

El cambio radical, lo percibí como consecuencia del Transantiago, del incremento del uso de vehículos en las calles y de los atochamientos cada más infernales. Ustedes pueden discrepar, lo que me parece maravilloso, y pensar que se debe a una opción de vida sana, conciencia medioambiental o como muchos dicen: “andar en bici se puso de moda”.

Independiente de las causas, el problema bajo mi perspectiva y la real imprudencia, es que las autoridades no tomaron cartas en el asunto a tiempo, siendo que el incremento de la bicicleta como medio de transporte, era previsible. No obstante, lo realmente criticable es la poca velocidad de reacción y la baja calidad de su respuesta.

Según un estudio desarrollado en conjunto por Ciudad Viva, Plan Nosotros Contamos, Urbanismo y Territorio S.A. en 2012, la bicicleta como medio de transporte experimenta un alza sostenida casi del 20% anual, desde 2005. Sin embargo, en vez de impulsarse políticas públicas e inversiones en materia de transporte y desarrollo integral de todos los actores de la ciudad, el acento continúa en el medio que más tráfico y contaminación provoca: el automóvil. Incluso, fomentando su uso: más autopistas, mayor velocidad urbana, más estacionamientos.

Y, henos aquí, con un resultado que, para muchos –como yo-, no deja de ser maravilloso, ver que cada vez somos más los que optamos por pedalear. Pero con una problemática que cada día más va al alza, provocando una nueva trinchera, ya no con los autos en la calle, sino con los peatones en las veredas.

Porque seamos honestos o, de lo contrario, observemos más el movimiento de nuestra ciudad. Ya no son “algunos” ciclistas sobre la vereda, sino cientos. Vivo en el centro de Santiago y a diario veo una masa enorme, entre ciclistas y peatones, transitando por la vereda, así como numerosos accidentes.

La realidad hoy, es que el sentido común, como normativa de tránsito no sirvió. Pensar que la sugerencia de “ser cautelosos si conducen por la vereda”, simplemente no está dando resultados y las ciclovías que muchos sueñan, no existirán en cuanto acaben de leer esta columna. Por lo que nos guste o no, la única forma en la que podemos aportar hoy, es respetando la normativa de conducción, en función de cada medio de transporte y la bicicleta nada tiene que hacer en la vereda.

Aunque no comparto la violencia como fórmula para lograr que los “ciclistas de vereda” bajen a la calzada, opino que –si como ciclista- temes a pedalear por la calle, entonces debes privilegiar rutas donde haya ciclovías, o calles menos transitadas, aunque eso te obligue a hacer trayectos más largos. Pues así como no deseas sentirte inseguro al movilizarte por la ciudad, tampoco debes invadir el espacio de los peatones, atemorizándolos, respecto de su propia seguridad.

Anhelo que, como ciudadanos, comencemos a exigirles a las autoridades que dejen de hacer la vista gorda; más ciclovías no resolverán la problemática. Urgen acciones concretas que ofrezcan una solución real a todos los actores de la ciudad. Desde mi perspectiva, una de ellas y la más impopular de todas, es reducir la velocidad urbana, al igual que reforzar la educación vial, donde el auto no continúe siendo el emperador.

El mejor ejemplo de que de nada sirve una vía ciclista por sí sola, es el lamentable accidente ocurrido hace algunas semanas en la ciclovía de Pocuro, cuando un automóvil a exceso de velocidad perdió el control y acabó atropellando a una ciclista. Las ciclovías no tienen un campo electromagnético que impida que los automóviles entren en ellas, pero accidentes como éste, sí se pueden evitar reduciendo la velocidad urbana.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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