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"Los pobres no elegimos donde vivir"

por 16 abril 2014

El incendio de Valparaíso, como aquel de hace algunos años en Viña del Mar, como también los recientes terremotos del norte y del centro-sur del país y las inesperadas inundaciones de la segunda mitad de los 90 en la Región Metropolitana, nos ponen en evidencia no sólo los pies de barro del desarrollo y las miserias humanas, dada la altísima desigualdad social en que vivimos, sino que también nos escudriñan en lo más íntimo de nuestro ser.

Las llamas aún ardían, las casas carbonizadas se desplomaban y más de algún cuerpo era sacado calcinado de esas viviendas inseguras, pobres, sencillas y ubicadas en lugares complicados, y allí en medio la frase de una mujer develaba lo que es nuestro país: “Los pobres no elegimos donde vivir”. Sigamos las consecuencias de ella: los pobres no eligen donde trabajar, ni lo que comer, ni donde estudiar ni atenderse en salud, son los más afectados en las crisis y además se los culpa indirectamente de los problemas económicos actuales (en Europa y Chile muchos han acuñado la idea de que la crisis mundial se debe a los ‘Estados de Bienestar’ y no a su origen real, fruto de la codicia humana, y que se inició en EE.UU.).

Algunos liberales asociados a unos cuantos capitalistas nos han tratado de convencer por décadas en el mundo de que la gente pobre sí puede elegir, luchan por privatizarlo todo, denigran a los funcionarios públicos acusándolos de flojos y corruptos, ofenden a los sindicatos como si los trabajadores no tuviesen el derecho a organizarse, descalifican a los organismos del Estado, contribuyendo con ello a que aumente la desconfianza ciudadana, y rechazan los impuestos y las regulaciones con anticipación, sin razonar y con cero empatía, pensando o imaginando que todos son como ellos, viven como ellos, viajan como ellos y comen como ellos. Creen profundamente en el ‘chorreo económico’ (aunque hoy basta escucharlos en privado cuando se refieren a los más pobres como ‘genéticamente inferiores’, a los mapuches y a los pueblos originarios de nuestro continente como ‘lo que nos tiene en el subdesarrollo’, a las personas con capacidades diferentes como un ‘lastre social’, y llegan a justificar, por ejemplo, la especulación en los precios de los alimentos luego de una catástrofe con sus teorías económicas ausentes de valores (reduccionistas del comportamiento humano, como las teorías de Pavlov surgidas de sus experimentos con ratas). Pero la verdad más profunda del ser humano no es así. El bien, la belleza y la justicia no tienen cabida en esa visión jibarizada de la persona, a quien ellos no ven como un igual, violentándolos y usurpándoles con ello su dignidad.

Esas miradas y pensamientos peyorativos, prejuicios y discriminaciones nos impiden vivir junto a los más pobres, respetarlos y proveer oportunidades igualitarias para ellos, y reconocer así sus derechos de ciudadanos. Dado este escenario, terminamos siendo unos alienados que negamos la hermandad humana que, a fin de cuentas, es el camino de la auténtica felicidad, paz y progreso social.

El incendio de Valparaíso, como aquel de hace algunos años en Viña del Mar, como también los recientes terremotos del norte y del centro-sur del país y las inesperadas inundaciones de la segunda mitad de los 90 en la Región Metropolitana, nos ponen en evidencia no sólo los pies de barro del desarrollo y las miserias humanas, dada la altísima desigualdad social en que vivimos, sino que también nos escudriñan en lo más íntimo de nuestro ser. Esas miradas y pensamientos peyorativos, prejuicios y discriminaciones nos impiden vivir junto a los más pobres, respetarlos y proveer oportunidades igualitarias para ellos, y reconocer así sus derechos de ciudadanos. Dado este escenario, terminamos siendo unos alienados que negamos la hermandad humana que, a fin de cuentas, es el camino de la auténtica felicidad, paz y progreso social.

Necesitamos con urgencia en Chile salir de nosotros mismos y vincularnos con un ‘profundo sentido social’ (Padre Hurtado) y abocarnos con inteligencia y voluntad, honesta y abnegadamente, a la ‘construcción de la comunidad humana’, ya que hoy nos cuesta ver en los otros a nuestro prójimo. Como diría Saramago: “Somos ciegos que viendo no vemos”. Abramos los ojos, el corazón, la mente y el alma para no ignorar la oportunidad que se nos brinda en medio de esta nueva tragedia nacional, sólo así, desde el sacrificio y la entrega, es posible levantar una Nación.

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