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Ciudades abandonadas

por 17 abril 2014

Ciudades abandonadas
Nuestras ciudades no merecen ser abandonadas, ni tampoco esa mitad de chilenos y chilenas que vive en ellas. No se las debe fraccionar ni subsumir en organismos fantasmales. Hay que dotarlas de gobiernos de escala natural que garanticen a la vez los ordenamientos y equilibrios de carácter general y el libre desarrollo de las diversas comunidades locales.

Tras el atroz incendio que ha llevado el infierno y la destrucción a varios cerros de Valparaíso, los más pobres, el alcalde ha declarado que su municipalidad no tiene plata para mantención. No es sólo eso. No tiene ni el dinero ni las facultades para llevar adelante políticas integrales de seguridad, de calidad urbana, de espacios públicos, de sustentabilidad, de desarrollo económico. Por ello es que las municipalidades, finalmente, se contentan con ridículas medidas asistencialistas, que es lo que han hecho los anteriores alcaldes del puerto, llevando a la población más vulnerable a la catástrofe, en una suma de irresponsabilidades que han sido bien descritas estos días.

Las ciudades son organismos vivos. Hoy más o menos la mitad de la población prefiere habitar en aglomeraciones urbanas, son las cifras tanto de Chile como del mundo. En ellas la vida suele ser más fatigosa, pero al mismo tiempo se espera encontrar allí más oportunidades, más vida cultural, más tecnología, más compañía, más seguridad. Soñamos quizá con el campo, pero mucha gente va a las ciudades.

La ciudad como un todo llama naturalmente a la equidad y a los valores cívicos. Viviendo enfrente del vecino sentimos con más fuerza los agravios comparativos, la injusticia, la desigualdad de oportunidades y, en caso de desgracia, nos sentimos solidarios. Es por eso que el voto de las zonas urbanas suele ser casi siempre más progresista. Lo mismo ocurre con la tolerancia a las formas de vida no mayoritarias en el terreno de la sexualidad, los placeres privados, la libertad de expresión, los modos de vestir, de hacer familia, etc.

En Chile, los más poderosos, egoístas y cerrados de mollera han logrado revertir la fuerza positiva de las ciudades mediante un diseño de gobierno que las fraccione y las niegue. La regionalización y municipalización instauradas por la dictadura desconocen y desprecian la realidad urbana.

Nuestras ciudades no merecen ser abandonadas, ni tampoco esa mitad de chilenos y chilenas que vive en ellas. No se las debe fraccionar ni subsumir en organismos fantasmales. Hay que dotarlas de gobiernos de escala natural que garanticen a la vez los ordenamientos y equilibrios de carácter general y el libre desarrollo de las diversas comunidades locales.

Quizás sepan más de esto los técnicos, como geógrafos o urbanistas, o los cientistas políticos, y ellos tienen la palabra. Lo mismo puede decirse de los vecinos, de los urbanitas que habitan cada ciudad. Desde una simple mirada de sentido común parece evidente que Valparaíso no va a funcionar como ciudad amable y segura a menos que cuente con una organización política que responda a su realidad. Lo mismo vale para nuestras otras ciudades.

Santiago no es, en verdad, nada desde el punto de vista administrativo. Para enviar una carta es preciso poner en la dirección que va, por ejemplo, a la comuna de La Reina, o a la Región Metropolitana. Ninguna de estas dos entidades corresponde a lo que coloquialmente entendemos como ciudad de Santiago. En una de ellas el territorio en cuestión es demasiado grande, incluyendo también áreas rurales que llegan hasta Melipilla; en la otra, la segmentación impide cualquier política relevante.

Si revisamos la presencia de las ciudades en el Parlamento, es evidente que quedan gravemente subrrepresentadas. Con un 38% de la población, Santiago elige a un 12% de los senadores. O sea, que un voto urbano vale menos de la mitad de un voto rural. Pero ese poder que se quita a los ciudadanos urbanos no va a dar a los ciudadanos de regiones, porque en la mayor parte de los casos los candidatos de los grandes partidos son enviados desde Santiago. Peor aún, en localidades pequeñas sigue siendo fuerte el caciquismo.

La segmentación de las ciudades en comunas desiguales genera todo tipo de diferencias irritantes y malformaciones de gestión. Los barrios ricos cuentan con espacios públicos más ricos, y los barrios pobres con espacios públicos degradados, y todos los sectores sufren la ausencia de políticas de largo plazo. En Santiago se vivió la enorme dificultad de instalar el Transantiago, precisamente por esta ausencia de una estructura operativa que correspondiera a la ciudad. Aunque parezca increíble, el sistema se implementó desde el Ministerio de Transportes de todo el país y no desde la ciudad. Obsérvese además que en el diseño urbano de transporte operan conjuntamente y a menudo no tan conjuntamente el Ministerio de Obras Públicas, el Ministerio de Vivienda y Urbanismo, el Gobierno Metropolitano, las 52 municipalidades, las empresas y los ciudadanos. Enormemente criticado y padecido por sus usuarios, especialmente al principio, el Transantiago ha sido una hazaña un poco contranatura, contra el sistema, que logró coordinar a todos esos actores pagando quizá un precio demasiado alto. El saldo positivo es que hoy, en un sistema integrado buses-metro de transporte, cualquier habitante de la ciudad puede ir a cualquier punto de la ciudad pagando un solo viaje. Eso rompe los guetos, comunica a los distintos sectores y nos abre el desafío novedoso de vivir la ciudad de una manera más transversal, y de pasar a un sistema de transporte público no tercermundista. Seguramente que falta mucho por hacer.

Valparaíso, Santiago y Concepción, también Coquimbo y la Serena, son hoy conurbaciones, entidades urbanas resultantes de la agregación no planificada de ciudades aledañas, formando áreas muy extensas. Al ser segmentadas en minigobiernos municipales, estas conurbaciones no logran enfrentar con éxito ninguna de las políticas de escala macro, que son al final las que pueden dar un marco razonable para que las comunidades y las personas se desenvuelvan con éxito. El transporte, la contaminación, la equidad socioeconómica, las áreas verdes, el espacio público, los servicios básicos y asistenciales, sólo pueden funcionar de manera eficaz con gobiernos que respondan a la realidad, y no a esquemas geométricos diseñados para perpetuar el abuso y desfigurar la voluntad de las personas. En el caso de la educación ha resultado clarísimo el infinito daño que generó el sistema municipalizado. Lo mismo ocurre con todo lo demás.

Nuestras ciudades no merecen ser abandonadas, ni tampoco esa mitad de chilenos y chilenas que vive en ellas. No se las debe fraccionar ni subsumir en organismos fantasmales. Hay que dotarlas de gobiernos de escala natural que garanticen a la vez los ordenamientos y equilibrios de carácter general y el libre desarrollo de las diversas comunidades locales. Al mismo tiempo, regionalizar para descentralizar es indispensable, garantizando a cada cual lo suyo, empoderando a las personas.

Podemos y debemos sentirnos orgullosos de nuestras ciudades. La meta razonable es que cada ciudadano o ciudadana encuentre en su entorno herramientas favorables y no desfavorables para vivir su propia vida, en contacto con el medio y con los demás, no en contra ni a espaldas de ellos.

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