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Valparaíso: Patrimonio nuestro de cada día

por 17 abril 2014

No es un tema de legitimar la pobreza y provocar parálisis social. El patrimonio hace mucho tiempo dejó de significar eso. Al contrario, puede ser un fuerte dinamizador de culturas y economías locales. Y ahí, desde mi perspectiva, está el centro de la cuestión. En Valparaíso se construyó un patrimonio de espaldas a la cultura de su gente. Como me decía hace un tiempo atrás un dirigente portuario: “El verdadero patrimonio de Valparaíso es su puerto, no los cerros arreglados para turistas y santiaguinos”.

Es una dura experiencia vivir desde el extranjero una tragedia que afecta a nuestro país, sobre todo a Valparaíso, una ciudad para mí llena de recuerdos, amigos, y el lugar que me cobijó para realizar una investigación conducente a obtener mi grado académico, justamente sobre patrimonio. Pero duele también que las primeras quejas sociales (no todas, pero al menos un número preocupante de las que circulan por la red) se enfoquen justamente en una mirada crítica sobre la ciudad patrimonio.

Los argumentos se centran en el hecho de que, mientras las autoridades se preocupan del patrimonio, los porteños siguen agobiados por sus preocupaciones diarias de cómo vivir y alimentar a sus familias, y concluyen que la solución sería cancelar la idea patrimonial de Valparaíso. Incluso se puede leer a personas que sostienen que mejor sería destruir las estrechas calles patrimoniales, para que avancen más rápido los vehículos. Indudablemente un poeta de la modernización.

No obstante el respeto que merece la opinión de todo ciudadano, esto sería como plantear que en Roma se debe destruir el Coliseo por los problemas de tráfico que provoca en la capital italiana.

Sé que heriré la susceptibilidad del chauvinismo al establecer comparaciones, ¿pero acaso no somos los campeones de los parámetros internacionales? (OCDE, PISA, ranking FIFA, etc.). Por eso me sigo preguntando, ya en un contexto latinoamericano, ¿alguien cree que en La Boca destruirían Caminito porque no les soluciona los problemas sociales? o ¿alguien pensaría cerrar el Museo Nacional de Antropología en México porque falta presupuesto para los bomberos? Por supuesto que no.

Y si de malgastar dinero se trata, deberíamos destruir entonces los estadios de fútbol. Porque, desde la perspectiva materialista, los clubes de este deporte son las principales máquinas imaginarias de falsos triunfos populares, mientras el hambre y la desigualdad siguen azotando los barrios de América Latina. Claro ejemplo de ello podría ser Colo-Colo, que celebraba con jolgorio su campeonato, paradójicamente frente al equipo de Valparaíso, mientras los porteños se consumían en la tragedia.

No es un tema de legitimar la pobreza y provocar parálisis social. El patrimonio hace mucho tiempo dejó de significar eso. Al contrario, puede ser un fuerte dinamizador de culturas y economías locales. Y ahí, desde mi perspectiva, está el centro de la cuestión. En Valparaíso se construyó un patrimonio de espaldas a la cultura de su gente. Como me decía hace un tiempo atrás un dirigente portuario: “El verdadero patrimonio de Valparaíso es su puerto, no los cerros arreglados para turistas y santiaguinos”.

Pero no se preocupen, mi foco no es la táctica del empate, o del tradicional especialista de la cultura que aborrece el fútbol. Por el contrario, trato de hacer ver que la vida no se agota sólo en las dimensiones económicas, que los procesos identitarios y culturales son tan fuertes como el hambre (sobre todo de justicia), y son propios de la naturaleza humana. El problema es cómo nuestras clases dirigentes nos han hecho entender la cultura y el patrimonio, porque el fútbol, la comida y nuestra memoria, también son parte de ella.

El porteño, al parecer, se ha convencido de que el patrimonio es algo que le es ajeno, cuando es todo lo contrario. Valparaíso es único por la cultura popular que le ha dado un sello original en el mundo entero. Porque si de gusto se tratara, me imagino que la mayoría de Chile hubiese postulado a Viña del Mar como patrimonio. Pero no, resulta que el mundo ha reconocido en la ciudad puerto un carácter único y distintivo. No ha sido UNESCO la que ha dicho que lo transformen en un centro turístico. Esa ha sido la opción de las autoridades nacionales, asumir que patrimonio es igual a turismo, y que para eso se necesitan (en una confusión conceptual increíble) industrias creativas que fomenten Hoteles Boutiques, tiendas de souvenirs, y gastronomía internacional. Es por eso que en los cerros acicalados ya no encontramos pescá frita, ni tampoco una pensión.

Lo que vive Valparaíso es la usurpación de su patrimonio, por eso la gente lo siente extraño y lejano, porque nuestras políticas culturales han producido paradójicamente una fractura cultural. Se hermosean algunos cerros, dejando en el abandono absoluto el barrio Puerto, El Almendral, Playa Ancha, etc., allí justamente desde donde ha emergido parte importante de la cultura porteña. Como asimismo de las decenas de cerros en los cuales el hombre y la mujer popular han desafiado con su ingenio la geografía, para construir su vivienda mirando con libertad el mar (al menos hasta antes de la llegada de las torres del progreso), otorgándole a esta ciudad puerto su originalidad y distinción. No se trata de sacralizar la pobreza, como señalan algunos opinólogos. Por el contrario, se trata de valorar la sabiduría de los porteños en la conformación de un paisaje urbano con viviendas de autoconstrucción. ¿Por qué sólo valorar los palacios?, ¿o es que los pobres no tienen derecho a valorar su propia obra? En Valparaíso encontramos un caso único y arquetípico, no hay declaratoria sobre una arquitectura monumental, es una ciudad sencilla en ese aspecto, lo que destaca es la manera en que conviven las edificaciones con el paisaje, y cómo la mayoría de sus habitantes les dan vida a esos laberintos inextricables y fascinantes.

No es un tema de legitimar la pobreza y provocar parálisis social. El patrimonio hace mucho tiempo dejó de significar eso. Al contrario, puede ser un fuerte dinamizador de culturas y economías locales. Y ahí, desde mi perspectiva, está el centro de la cuestión. En Valparaíso se construyó un patrimonio de espaldas a la cultura de su gente. Como me decía hace un tiempo atrás un dirigente portuario: “El verdadero patrimonio de Valparaíso es su puerto, no los cerros arreglados para turistas y santiaguinos”. Lo que me hizo ver este líder de los trabajadores, es que la afamada vida bohemia de Valparaíso se debía a que una buena parte de la gente que vivía en los cerros ganaba bien, como para alimentar a su familia y salir a divertirse.

Me parece que ahí está el punto de inflexión, el patrimonio porteño debe ser reestructurado en torno a la cultura popular, no a la industria del turismo. Si este crece, que sea como efecto concomitante de una política pública que busca el bienestar de la gente, a partir de la sana preservación de su cultura, es decir, su propia forma de vida.

Muchos critican que Valparaíso debe dejar de ser una postal. ¿Pero que ofrecen a cambio? ¿Un paisaje urbano oculto entre la contaminación industrial como Ventanas? ¿O un puerto extraviado por un Mall en San Antonio sin haber mejorado un ápice la calidad de vida de sus habitantes? Cuidado con los cantos de sirena del progreso, no siempre significa calidad de vida. Sinceramente no imagino que, porque instalen el Mall Barón, los porteños, y los que viven en los cerros olvidados, mejoren sus estándares de vida, sí en cambio su nivel de endeudamiento.

Por eso, no caigamos en maniqueísmos. No se trata de oponer el patrimonio al bienestar de la población. Por el contrario, transformemos los bienes patrimoniales y la cultura porteña en un acicate para el buen vivir. Dejemos de construir solo lofts en las zonas históricas del puerto. ¿Por qué no pensar en construir viviendas populares allí? ¿Por qué no hacer un instituto profesional gratuito en las bellas edificaciones derruidas del barrio puerto? ¿Por qué no una escuela de artes y oficios en vez de un museo aristócrata en el paseo yugoslavo?

Sería otra manera de entender el patrimonio, poniendo al porteño en el centro de sus beneficios, sería una manera de disminuir la idea contemplativa y estética del patrimonio, para permitir su uso social como proclamaba el antropólogo Néstor García Canclini.

Ese me parece es el desafío de las nuevas autoridades culturales del país. Cambiar el paradigma patrimonial, y urgentemente en Valparaíso, donde las cosas se han hecho tan mal, a tal nivel que se culpa al patrimonio por la ineptitud de la autoridad municipal. Es hora de que el Estado se haga cargo de sus bienes patrimoniales, no a través de populistas fondos concursables, sino por medio de una actitud decidida en pro de su protección, como una política integral de desarrollo. Pero con la gente y su cultura, no de espaldas a ellos.

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