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Dahendorf y Dahl: democracia conflictiva

por 23 abril 2014

La “sociedad reducida” es una sociedad empobrecida cultural y éticamente. La ofensiva neoliberal ha consistido en estos decenios, naturalmente, en la tentativa de neutralizar los conflictos orientando el empuje emotivo de la población hacia formas regresivas de identificación: el poder fuerte, la sociedad ausente, la despolitización, la clausura de lo público, los escenarios virtuales, los enemigos de turno: drogados, marginados, incapaces, emigrantes, etc.

En Chile el debate sobre los cambios asusta a un sector de la derecha que quisiera mantener el statu quo aun cuando este se remonte a las políticas y definiciones ideológicas de la dictadura o mantenga las desigualdades y las exclusiones sociales. Para impedir la discusión reviven el fantasma de Marx e intentan demostrar que cualquier conflicto daña la estabilidad y las inversiones.

Sin embargo, como lo revelan Ralf Dahrendorf y Robert Dahl, que son pensadores liberales democráticos lejanos al pensamiento del temido filósofo alemán, la democracia es por definición y esencia conflictual y contiene el debate político como la principal herramienta del pluralismo y de la participación ciudadana.

La democracia liberal y postliberal contiene valores, reglas, principios, que como lo describen, entre otros politólogos, Bobbio y Sartori, permiten realizar el derecho mínimo de cada cual a poder decidir el sentido de la propia historia.

No sólo participar en la ciudad, con el simple requisito de la titularidad de ciudadanía, sino extender la libertad al espacio de la propia autonomía.

Pero la dinámica de la democracia no es estática, es de cambio y por ello esencialmente conflictual, es inseparable del conflicto, es el retorno continuo de las contradicciones y del carácter paradójico de la política moderna.

El conflicto que estructura la democracia contiene, inevitablemente, el valor de la convivencia, ya que ella, de por sí, consiste en la posibilidad de un orden que se hace cargo de la pluralidad de las razones, de la posibilidad de que una venza y la otra pierda, sin por ello estar fuera de la ciudad.

La “sociedad reducida” es una sociedad empobrecida cultural y éticamente. La ofensiva neoliberal ha consistido en estos decenios, naturalmente, en la tentativa de neutralizar los conflictos orientando el empuje emotivo de la población hacia formas regresivas de identificación: el poder fuerte, la sociedad ausente, la despolitización, la clausura de lo público, los escenarios virtuales, los enemigos de turno: drogados, marginados, incapaces, emigrantes, etc.

La democracia se entrega, a sí misma, la decisión de dejar fuera del conflicto los puntos no negociables, aquellos que pertenecen a la sobrevivencia de las razones plurales. Por eso mismo, más y nuevos contenidos de la democracia son también un antídoto a la despolitización, a la tecnocracia, a la desafección ciudadana, que ocupan un lugar importante en la actual fase del sistema, y el único obstáculo a la teología económica del suceso y del crecimiento ilimitado casi como filosofía de vida de las personas y las sociedades.

El conflicto evoca el tema de la elección entre alternativas posibles, entre opciones diversas y abre la “cuestión democrática” en su punto más alto.

El conflicto expresa la necesidad fundamental de dar valor a las cosas que no son definitivas, reproduce, en la coyuntura histórica, la estructura contradictoria de nuestras necesidades de individualidad, de generalidad y de comunicación.

El tema de la conflictualidad democrática es esencial, sobre todo, cuando asistimos a un redimensionamiento de los espacios de la gran política, producido, entre otros, por una postmodernidad que arrasa con los sólidos pilares de la racionalidad iluminista, dejando al desnudo filosófico a la política, y por la mercantilización absoluta que invade todos los ámbitos de la vida e impone una lógica dominante.

La “sociedad reducida” es una sociedad empobrecida cultural y éticamente. La ofensiva neoliberal ha consistido en estos decenios, naturalmente, en la tentativa de neutralizar los conflictos orientando el empuje emotivo de la población hacia formas regresivas de identificación: el poder fuerte, la sociedad ausente, la despolitización, la clausura de lo público, los escenarios virtuales, los enemigos de turno: drogados, marginados, incapaces, emigrantes, etc.

Contraria a esta tendencia, típica del neoliberalismo, es la perspectiva del sociólogo liberal Alemán Ralf Dahrendorf, que parte de la base de que una sociedad que no desee precipitar en el descompromiso creciente hacia las reglas y las responsabilidades colectivas, debe asegurar que todos tengan “una apuesta en el juego de la sociedad”, es decir, que los pobres, los marginados, los excluidos del sistema, tengan algo que colocar como apuesta, como objetivo, como derecho, a cambio de la aceptación de los vínculos sociales.

En esta perspectiva, es necesaria la elaboración de una política de entendimientos fundamentales comunes para todos los ciudadanos, de una ciudadanía común contra los privilegios y los superpoderes.

Dahrendorf, autor de la Teoría del Conflicto, señala que el conflicto es el motor de la historia, es lo que mantiene el desarrollo de la sociedad. Este conflicto, para ser socialmente relevante, se manifiesta más allá de las relaciones individuales. Encuentra su ámbito de desarrollo entre los roles sociales, entre grupos sociales, entre sectores de la sociedad, entre sociedades y entre organizaciones supranacionales.

Dahrendorf centra su preocupación en el estudio de las fuentes estructurales de los conflictos y descubre que ella se encuentra no en la desigual distribución de la propiedad, como sostenía Marx, sino en la desigual distribución del poder entre personas y entre grupos. A ello lo denomina “distribución dicotómica de la autoridad”. En esta dicotomía el conflicto es inevitable entre quienes pretenden mantener el orden y quienes desean cambiarlo, y es el conflicto persistente que, a su vez, reestructura la misma sociedad de la que surgen nuevos conflictos y nuevas síntesis.

En esta perspectiva, Dahrendorf se propuso, nada menos, que disolver el matrimonio que liga capitalismo neoliberal y liberalismo. Postuló una distancia abismante entre el empuje liberal ligado a las definiciones de oportunidades nuevas para todos y la política neoconservadores de reducción de las exigencias sociales y de “proteccionismo”, verdaderamente, para los grupos más fuertes.

Sostuvo que “no puede haber un orden liberal sin democracia política, pero la democracia política por sí sola no garantiza un orden liberal". A su juicio, para alcanzar ese orden liberal democrático se deben dar condiciones básicas: la democracia requiere un Estado de derecho reconocido por todos; tiene que haber una sociedad civil fuerte y una pluralidad de asociaciones no controladas por el Estado o los partidos.

Él construye una alternativa liberal-radical apoyada en las nuevas chances de vida, exalta la movilidad de los conflictos parciales frente al circunscrito al viejo conflicto de clases, y enfatiza el rol de las agregaciones provisorias en torno a problemas específicos de la población. Ve una ciudadanía que participa sin militancia clásica, con sus propias metas sociales e inmateriales. Adelanta el carácter de los movimientos sociales autónomos, que siempre han observado estas características pero que en los años de los Indignados, como lo describe Hesse, transforman este rasgo en un dato estructural.

En una línea más ligada a la sociabilidad, el politólogo norteamericano Robert Dahl, recientemente fallecido a los 99 años de edad, señaló que era necesaria una auténtica refundación de la teoría política que reestructure las relaciones entre los medios técnicos de los procedimientos y los fines culturales de la democracia.

Dahl se propuso superar la vieja oposición entre el liberalismo y el socialismo, que nacen cuando aún no se ampliaba la parte más relevante del itinerario de la ciudadanía.

El liberalismo cultiva el culto de la propiedad y lo coloca en el centro de toda la estructura de la política. Locke lo resume: “La sociedad política fue fundada sólo para conservar, a cada privado, la propiedad de bienes, y para ningún otro fin”.

El llamado “socialismo real”, que murió con la caída del Muro de Berlín, en cambio, colocaba en cuestión la comunidad política, con ello la democracia y los derechos de libertad. Su consigna fue “expropiar a los expropiadores”, como requisito de una igualdad entre los sujetos, pero ello no iba acompañado de una sociabilidad del poder sino de una espantosa burocracia autoritaria.

Dahl afirmó que sólo la democracia es capaz de debilitar y colocar límites a la estructura de la constitución de la propiedad privada y del mercado como valor superlativo. Los derechos políticos comprenden todos los cuerpos de la propiedad y ésta deja de ser un “derecho ético fundamental”.

El valor del análisis de Dahl reside en que focalizó el paso de un régimen que presentaba al Estado como depositario de la “ratio”, a una estructura política “poliárquica” que supone la multiplicidad de los intereses y la realidad y permanencia del conflicto.

Es aquí donde se crea una simbiosis entre “pluralismo y pluralidad de los intereses”, que provoca la marginalización de las dimensiones individuales de la política y la emergencia de partidos y grupos de presión que organizan la solidaridad entre intereses homogéneos.

En esta fase, al puesto del sujeto individual, subentra el organismo colectivo que controla las redes esenciales que aseguran la relación de la sociedad con las instituciones.

Aquí se coloca el tema de la partidocracia o, lo que es lo mismo, el arrebato a la sociedad civil de espacios que le son propios. Los partidos políticos, que originalmente nacieron como instrumentos para accionar –como diría Dahl- “los criterios de igualdad del voto y de la participación efectiva”, ocuparon el espacio principal en torno al cual ha rotado todo el sistema político.

Aquí está el origen de una evidente separación entre los recursos formales que han sido predispuestos por el ordenamiento normativo y los poderes reales diseminados en la sociedad. Es, justamente, esta forma de la política, elitista y autorreferencial, la que hoy entra en crisis definitiva , la que muere, como expresión social, en prestigio y credibilidad.

El espacio de la política que sólo reconoce a los partidos y a las viejas formas organizacionales, típicas de lo que Touraine llamaría “modernidad media”, está aislado y requiere reconocer e interlocutar con actores nuevos que surgen de una diferente forma de mirar las reivindicaciones ubicadas en un arco más global, más universal, en una sociedad digital que desmaterializa el tiempo y el espacio y, con ello, las viejas formas de comunicar, entre ellas la de la propia política.

Pero como bien lo subrayan los politólogos argentinos Santiago Leiras y Andrés Malamud, hay un Dahl joven y viejo. En sus obras de los decenios de 1950 y 1960, ubican el foco en el problema de la libertad. “En contraste, los textos datados a partir de 1970 se concentran en la temática de la justicia, entendida en términos rawlsianos –señalan– como equidad. De allí que la cuestión de la viabilidad (y virtud) de las poliarquías no se centre ya, en forma determinante (...), en la cultura política, sino que pase a depender inevitablemente de la estructura económica y la distribución de la riqueza”.

Los autores citados afirman que “el valor ‘justicia’, como núcleo central del pensamiento dahliano, se constituye “en justificación, prerrequisito y resultado, a la vez, del proceso democrático; es su justificación en tanto principio razonable de ordenamiento social, su prerrequisito en cuanto un régimen democrático no puede establecerse o perdurar sobre una base social extremadamente inequitativa, y su resultado ya que produce una atribución igualitaria de facultades políticas”.

De esta forma, Dahl sostiene, que aun en la importancia extrema del sufragio universal: “El voto representa sólo un tipo de recurso político. Desde el momento que los recursos sociales son distributivos de manera desigual y dado que, muchos de ellos, pueden convertirse en recursos políticos, los recursos políticos, diversos del voto, son distribuidos de un modo desigual”

Por ello, la democracia, sea para el liberalismo democrático avanzado como para el socialismo renovado, es todavía un diseño incumplido en toda su plenitud y el paquete de valores que ella engloba no ha agotado, ciertamente, sus grandes potencialidades.

Conflictualidad e incumplibilidad como condición para que la democracia no tenga ninguna zona intransitable, ninguna “reserva” protegida, a las cuales esté prohibido el acceso de sus reglas y la hegemonía de sus valores éticos y políticos.

Ciudadanía activa como eje de una nueva estructura de poder que reemplace sea a la burocracia centralista, a la tecnocracia devenida poder por la lógica del mercado y a las elites que, debiendo representar y convocar, han ocupado lo que los italianos llaman “la stanza dei bottoni”, es decir, el lugar donde realmente se resuelven las cosas.

El reclamo, justamente, de la nueva ciudadanía es influir en colocar los temas de las agendas políticas y estar donde se toman las decisiones como condición para una democracia más horizontal y participativa.

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