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La revolución marxista de Bachelet

por 24 abril 2014

Lo interesante es que Ottone habló muy en serio en la radio. En las palabras del ex asesor de Ricardo Lagos, emblema de la renovación y la “sensatez” socialista, no hubo espacio para bromas, o más bien para ese elemento de indecisión que tiene el chiste en que uno no sabe bien si es o no es. Taxativo, aunque se expresó recurriendo a la ironía, sacó a Marx de la cancha sin que pudiera defenderse, sin que sepamos si lo hizo para bajarle los humos a la UDI y hacerle ver su “falta de sentido del humor” o si lo hizo para convencernos a los que sí queremos cambios radicales en democracia de que “debemos dejar tranquilos en sus estantes” a Marx y su herencia.

Cuando, una tarde de 1938, Orson Welles decidió hacer su dramatización de La Guerra de los Mundos en la radio de la CBS, simulando una muy realista invasión extraterrestre sobre Estados Unidos, inauguró, al menos para la era de la cultura de masas, la pregunta por las consecuencias de una mala charada con publicidad. Una talla “pasada para la punta” podía tener efectos terribles (se habla de que hubo suicidios y despliegues de psicosis) si se le daba la amplitud suficiente frente a un público no suficientemente informado. Desde ese momento, los chistocitos han debido tener en cuenta su certera capacidad de dejar la embarrada si no miden bien la amplitud del impacto de sus notables ocurrencias.

Algo así le acaba de pasar al diputado PS Marcelo Schilling, quien acaba de invocar irónicamente a un supuesto revival de Marx para explicar el terror que ha desatado (en) la UDI y otros sectores ultraconservadores de la derecha frente a la propuesta de reforma tributaria que está presentando el gobierno. Su broma, de una simpleza bastante trillada, generó una reacción airada de parte del senador gremialista Víctor Pérez que, sin entender la talla o quizás aprovechándose de su indefinición, ha interpelado al gobierno de Michelle Bachelet a definir si es o no heredero de las ideas del alemán. Matías del Río, en la emisión del domingo pasado de 'Tolerancia Cero' ha suscrito la misma inquietud, pese a los infructuosos intentos de Fernando Villegas y Ricardo Lagos-Weber por convencerlo de que se trataba de una “típica” chacota de Schilling.

Más allá de las implicancias culturales que pueden extraerse de la impresionante falta de comprensión de una broma en el seno de la opinión pública conservadora –con Pérez y Del Río como los “humbertitos” de turno–, lo que más llama la atención es que de todos modos el episodio ha servido para que, efectivamente, muchos nos estemos hoy preguntando si lo que inspira al gobierno en su cruzada por dar un giro del timón al “modelo” tiene o no algo de marxista. Lo que se plantea hoy en relación a la educación y los impuestos, ¿se trata de un cambio revolucionario o simplemente de una mera reforma socialdemócrata que, sólo a la luz de la ortodoxia neoliberal en la que estamos sumidos, aparenta ser un “gran salto adelante”? De la respuesta depende a su vez la consideración que se tenga de lo que es la figura de Marx para el gobierno: si la respuesta fuera que sí se trata de un cambio revolucionario, ¿está acaso toda revolución necesariamente inspirada en las ideas de Karl Heinrich de Tréveris? Y si convenimos que se trata de una reforma radical a la luz del contexto chileno, ¿esa puede estar inspirada en los principios marxistas?

Lo interesante es que Ottone habló muy en serio en la radio. En las palabras del ex asesor de Ricardo Lagos, emblema de la renovación y la “sensatez” socialista, no hubo espacio para bromas, o más bien para ese elemento de indecisión que tiene el chiste en que uno no sabe bien si es o no es. Taxativo, aunque se expresó recurriendo a la ironía, sacó a Marx de la cancha sin que pudiera defenderse, sin que sepamos si lo hizo para bajarle los humos a la UDI y hacerle ver su “falta de sentido del humor” o si lo hizo para convencernos a los que sí queremos cambios radicales en democracia de que “debemos dejar tranquilos en sus estantes” a Marx y su herencia.

Otro insigne prohombre de la transición, Ernesto Ottone, echó más pelos a esta sopa el lunes por la mañana cuando trató a Schilling y a Pérez (del Río se salvó de su sermón sociológico) de ser una manga de “ignorantes” por citar a Marx en un contexto reformista. Dijo, suelto de cuerpo, con esa petulancia del experto que ha manejado la condición del Estado en sus manos, que Marx se reiría a carcajadas del problema de la desigualdad y la distribución del ingreso, pues a él lo único que le importaba era la revolución total y el cambio paradigmático de un sistema por otro, sin miramientos procedimentales. Con su diatriba, Ottone borraba así de un tirón toda la literatura que se ha escrito sobre la conciliación entre marxismo y democracia y sobre el gradualismo en el camino revolucionario. Chao Laclau. Adiós André Gorz.

Lo interesante es que Ottone habló muy en serio en la radio. En las palabras del ex asesor de Ricardo Lagos, emblema de la renovación y la “sensatez” socialista, no hubo espacio para bromas, o más bien para ese elemento de indecisión que tiene el chiste en que uno no sabe bien si es o no es. Taxativo, aunque se expresó recurriendo a la ironía, sacó a Marx de la cancha sin que pudiera defenderse, sin que sepamos si lo hizo para bajarle los humos a la UDI y hacerle ver su “falta de sentido del humor” o si lo hizo para convencernos a los que sí queremos cambios radicales en democracia de que “debemos dejar tranquilos en sus estantes” a Marx y su herencia.

Como militante de un movimiento que intenta reconciliar dos de estos elementos en su aparentemente contradictorio nombre, los cambios que está impulsando el gobierno me parecen bastante lejos de ser revolucionarios. Menos aún, marxistas. Pero eso no quiere decir que este ciclo político –donde el gobierno debiera ser sólo un protagonista más en medio de la organización social y la movilización ciudadana– no pueda llegar a serlo. Más allá de la actualidad de los análisis de Marx y la pertinencia de los mecanismos que viera para pavimentar el camino a la revolución –que me perdonen Lenin y los compañeros comunistas–, lo que deberíamos guardar siempre en la cabeza es que nadie antes que él demostró una capacidad de problematización de la Historia y la política de esa envergadura. Eso debiera bastar para conjurar cualquier declaración que, con o sin sorna, mal o bien entendida, intente dejar fuera de nuestra inspiración al marxismo como crítica.

Si la discusión se da en esos términos, bien podremos entender que lo que se avecina sí podría ser un cambio radical inspirado en la vocación del alemán y en la tan anticipada recuperación de su legado: poner en cuestión los puntos más naturalizados de la “realidad” que vivimos –la primacía de la responsabilidad personal, las bondades del lucro en todo ámbito, la ineficacia sistémica del Estado, etc.–, que son la mejor herramienta de sujeción y subjetivación del neoliberalismo. Cambiar ese sentido común, repolitizando el tejido social, volviendo a hacer de la crítica un ejercicio cotidiano, ciudadano, bien sería una transformación que no sólo debiésemos calificar, sin asomo de broma, de marxista, sino también de revolucionaria.

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