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Bachelet y el recambio: adiós a los 80

por 25 abril 2014

Para hacer honor al transcurrir de la historia, si la democracia construida los últimos 25 años tiene gusto a poco y olor a naftalina, más tiene que ver con la falta de astucia, empuje e inteligencia de los ochenteros, que con las malas prácticas, conspiraciones o muñequeos de los sesenteros. Unos simplemente hicieron lo que sabían hacer, mientras que los otros: no quisieron, no pudieron o fuimos incapaces de hacer lo que nos correspondía.

Alojados en un mismo tiempo externo y cronológico, conviven tres tiempos vitales distintos. Esto es lo que suelo llamar el anacronismo esencial de la historia. Merced a ese desequilibrio interior se mueve, cambia, rueda, fluye. Si todos los contemporáneos fuésemos coetáneos, la historia se detendría anquilosada, putrefacta, en un gesto definitivo, sin posibilidad de innovación radical ninguna”.

José Ortega y Gasset, Idea de las generaciones, 1933.

Después del triunfo en el plebiscito del NO, por allá por el año 88 del siglo pasado, una generación completa de dirigentes políticos se hizo cargo del país y se abocó a la construcción de su naciente democracia. El trauma de la trágica derrota de la Unidad Popular estuvo siempre presente, condicionando sus actos y decisiones. Por tal razón, todo lo que hicieron o dejaron de hacer, lo realizaron en similitud, contigüidad o antagonismo de su personal experiencia en el proceso de la UP, cuyo origen se remonta a los inicios de la década de los años sesenta.

Es la generación sesentera, que durante más de 50 años contribuyó, para bien o para mal, en la construcción del Chile actual, ya sea desde la utopía trágicamente derrotada, pasando por la épica y triunfante resistencia a la dictadura, para terminar gobernando con un pragmatismo utópicamente exacerbado.

Es la generación de los Aylwin, Almeyda y Briones y que se continuó con los Lagos, Frei, Martínez, Correa, Tironi o Escalona. Aquella generación que del “avanzar sin transar”, terminó penosamente “en el transar sin parar”, como muy bien lo sintetizara el historiador Alfredo Jocelyn-Holt.

Para hacer honor al transcurrir de la historia, si la democracia construida los últimos 25 años tiene gusto a poco y olor a naftalina, más tiene que ver con la falta de astucia, empuje e inteligencia de los ochenteros, que con las malas prácticas, conspiraciones o muñequeos de los sesenteros. Unos simplemente hicieron lo que sabían hacer, mientras que los otros: no quisieron, no pudieron o fuimos incapaces de hacer lo que nos correspondía.

Y es esa misma generación, con sus tremendas virtudes sólo comparables a la magnitud de sus propios defectos, la que abortó la consolidación de esa otra generación que estaba llamada a sucederla. Me refiero a la generación que se conoció como la voz de los 80: la de los Ljubetic, Quintana o Rovira y que terminó pasmada entre la burocracia y los negociados de la insípida democracia recuperada o, en el mejor de los casos, en una intrascendental gerencia de ONG o empresa privada.

Pasó que los ochenteros, quienes eran los llamados a construir la nueva democracia, no se atrevieron o no fuimos capaces de asumir el rol de agentes de cambio que nos correspondía. Y aquellos que lo intentaron, finalmente terminaron adoptando las peores prácticas de la generación que los antecedía, transformándose en irreconocibles agentes retardatarios.

Para hacer honor al transcurrir de la historia, si la democracia construida los últimos 25 años tiene gusto a poco y olor a naftalina, más tiene que ver con la falta de astucia, empuje e inteligencia de los ochenteros, que con las malas prácticas, conspiraciones o muñequeos de los sesenteros. Unos simplemente hicieron lo que sabían hacer, mientras que los otros: no quisieron, no pudieron o fuimos incapaces de hacer lo que nos correspondía.

El nombramiento de Peñailillo en el Ministerio del Interior, no sólo simboliza la jubilación de la generación sesentera, de lo que mucho se ha hablado, también representa el ocaso definitivo de los ochenteros, aquellos que, como cantábamos en esos años, “tuvieron ocasión de romper el estancamiento” pero que, al igual que la canción de Los Prisioneros, “en las garras de la comercialización murió toda buena intención”.

Y aunque Peñailillo fracase, lo que todavía no es posible de descartar, lo cierto es que ya no es posible la vuelta atrás: el movimiento estudiantil del 2011 logró destrabar la rueda de la dialéctica generacional que estuvo 25 largos años atascada, y el gran acierto de Bachelet es que logra atisbarlo y reflejarlo en su gabinete inicial, acierto que la izquierda extraduopolio no puede ni debe soslayar, de lo contrario arriesga otros 25 años de marginalidad.

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