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Claudio Naranjo: lo incómodo de hablar de educación, amor y emociones

por 25 abril 2014

Claudio Naranjo: lo incómodo de hablar de educación, amor y emociones
Qué es eso de mezclar el amor con la educación, cuando estamos en plena reforma educacional y cuando las palabras son lucro, copago, accountability, evaluación docente, gratuidad, palabras serias, palabras de grandes políticas, palabras de valor técnico, porque de lo que se trata ahora, estimadas y estimados, es de hablar sobre la base de evidencias. Pues, de tanto hablar de esto, se piensa rápidamente que es lo normal, que de eso se trata la educación finalmente.

Escribir sobre Claudio Naranjo, que el próximo lunes dará una conferencia patrocinada con bombos y platillos por una minera, es escribir sobre cuestiones incómodas, por lo subversivas y sin sentido común que son. Es escribir y quedar como hippie. Qué es eso de mezclar el amor con la educación, cuando estamos en plena reforma educacional y cuando las palabras son lucro, copago, accountability, evaluación docente, gratuidad, palabras serias, palabras de grandes políticas, palabras de valor técnico, porque de lo que se trata ahora, estimadas y estimados, es de hablar sobre la base de evidencias. Pues, de tanto hablar de esto, se piensa rápidamente que es lo normal, que de eso se trata la educación finalmente. Normalizado el pensamiento, normalizadas las razones, normalizados los argumentos y más que normalizado el discurso, parece completamente cursi, esotérico, mistagógico, y absolutamente irrisorio hablar de fines, en particular de los fines de la educación para nuestros niños y niñas, máxime si uno de esos fines es el amor.

La sociedad patriarcal no da el espacio a las emociones. Bien lo sabemos. Entre nosotros y tan sólo ahí, si no queremos irnos tan lejos de nuestras fronteras o tan atrás en la tradición histórica, sólo ahí tenemos el pensamiento y las enseñanzas de la formidable Lola Hoffman o del más cercano y extraordinario Juan Casassus, qué decir de las reflexiones de Claudio Naranjo, para advertirnos que la verdadera crisis de la educación es una crisis profunda y civilizatoria, con un fuerte impacto en la vida común o esa vida normalizada de nosotros mismos. La educación no parece contemplar dentro de sí una educación emocional, sino más bien una educación (siguiendo el pesimismo más radical del viejo Freud) para ser “asesinos, parricidas y caníbales”. Metáfora brutal para una civilización que hace de su educación la puerta de entrada para la competición caníbal, la obliteración a la sanación emocional con nuestros padres, o la puerta cerrada para el abismo del amor.

Todo suena cursi, pachamámico si quiere. Pero la educación para la producción choca aquí frontalmente con una educación para el desarrollo humano. Esta tradición de pensamiento profundo bien lo sabe. No es un pensamiento militante en contra, en verdad, de nada, sino uno que busca una armonía emancipatoria, libertaria, más allá de toda neurosis, psicosis o “normosis”. Pues, insisto por tercera vez –quizás porque es la clave de esto–, lo “normótico” del discurso sobre la reforma educacional hace ver tan subversiva una reflexión sutil y simple, pero que aparece extraña e inactual. Tan cursi todo esto. Creer en el corazón. Tener fe en los impulsos y en su propia disciplina. Ver neutramente el aquí y el ahora de nuestros obstáculos para amar y ser nosotros mismos. Recobrar el espíritu nietzscheano de Dionisios, el dios primitivo. Todo parece muy cursi. Como esos papás que temen “otra” educación, la Waldorf por ejemplo, porque intuyen que los “Institutos Nacionales” sirven para mucho, para todo quizás, pero no para lo más fundamental: “¿Qué va a ser mi hija o mi hijo si no es alguien en esta sociedad, la chilena, del siglo XXI? Después tendrá tiempo para el sí mismo, las emociones y el amor. Por ahora, una buena PSU”.

Creer en el corazón. Tener fe en los impulsos y en su propia disciplina. Ver neutramente el aquí y el ahora de nuestros obstáculos para amar y ser nosotros mismos. Recobrar el espíritu nietzscheano de Dionisios, el dios primitivo. Todo parece muy cursi. Como esos papás que temen “otra” educación, la Waldorf por ejemplo, porque intuyen que los “Institutos Nacionales” sirven para mucho, para todo quizás, pero no para lo más fundamental: “¿Qué va a ser mi hija o mi hijo si no es alguien en esta sociedad, la chilena, del siglo XXI? Después tendrá tiempo para el sí mismo, las emociones y el amor. Por ahora, una buena PSU”.

Parece una caricatura, pero si lo pensamos bien, a veces la caricatura está ya ahí reemplazando la realidad. La verdadera realidad está ausente. La que percibimos y con demasiada normalidad es la creada por la mente patriarcal y normativa. Las otras dos de las que habla Claudio Naranjo, la mente maternal-empática o la mente reptiliana-espontánea, ni siquiera han alcanzado el nivel de aceptación social: nos hacen menos competitivos y más perdedores, pues ¿qué es eso de ser solidario?, ¿qué es eso de mostrar nuestras emociones? Hemos sustituido al amor a sí mismo por un pobre y triste egoísmo; el amor sano que se rebalsa a sí y es capaz de entregarse, a pesar de todo, es una experiencia extrañamente vedada: los que no saben amar (todos conocemos a alguno por ahí) conocen de esto. El egoísmo a fin de cuentas nos hace enemigos de nosotros mismos, nos ensaña con nuestros propios límites y nos impone el modelo del padre severo, del gris deber. Hoy lo que impera es la barbarie autoidealizada, lo que conocemos –dice Naranjo– como civilización: cazadores, competitivos, violentos, pero winners, demasiado winners tal vez.

Ni el amor al prójimo, ni el amor de los amantes, ni el amor a lo divino, los tres amores que tematiza Naranjo en sus escritos, ni mucho menos el equilibrio de esta tríada, nada de eso está hoy al centro de lo que hacemos cuando educamos como nos dicen los expertos que debemos educar. Demasiado centrados en el “ticket de los exámenes”, ticket para el mundo del trabajo y la producción, ticket del rendimiento en pruebas estandarizadas, ticket del sin sentido de una sociedad enferma que esconde su propia socialización uniformadora, a través de lo que debiese ser lo más noble, como lo es la educación. No es que la producción o el trabajo no sean importantes, pero entre casi una forma retórica de decir y casi sin serlo, el que sabe comprender esto, sabrá de lo que se está hablando. Los estudiantes en formación pedagógica, en todo caso, lo intuyen, saben que la educación, después de cuando se habla de fines, es precisamente eso, una cuestión de fines, pero muchas veces ellos mismos han sido víctimas de aquello que sus formadores también lo han sido. Es un círculo muy racional. Se les cambia la palabra “amor” por la de “fines” y la de fines por la de “convivencia escolar”, y la de convivencia escolar por la de “clima escolar” y la de clima escolar, al fin, como lo hemos hecho en nuestro país, por la abstracta “otros indicadores de calidad escolar”… otros, por cierto, los menos importantes.

La educación en Chile no sólo tiene un déficit en formación integral, en educación para amar o en educación de las emociones. Sabemos que aquellos saberes que nos ayudan a pensar mejor (las humanidades y la filosofía), más esos otros que nos ayudan a enjuiciar y apreciar mejor (la estética, la música, el arte), y todavía más, esos que nos ayudan a sentir y expresarnos mejor (el cuerpo), sabemos muy bien que también están mal repartidos como oportunidades de aprendizaje, también están enclavados en la coyuntura por la construcción de una nueva y verdadera democracia cognitiva, democracia emocional y democracia educacional. Ellos también son un lujo de élites.

En fin. Olvídenlo. Todo esto es de cursilería insoportable. ¡Miren que hablar de fines de educación cuando de lo que se trata es de política, de economía! Como ese amigo mío que espera todos los días que su amada (una mujer hermosa, hay que decirlo) le diga que él es un universo de agua mineral, pero ella sólo le recuerda que el costo de la vida sube otra vez y el peso que baja, ya ni se ve… Olvídenlo. Pongámonos serios. El amor, para los amantes.

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