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Gabo, Neruda y la acústica

por 27 abril 2014

El automóvil marca A es el mejor, argumentaba Neruda. Estás totalmente equivocado, es el automóvil marca B, contraatacaba Gabo, te lo puedo probar. Y la conversación insólita seguía. No podrías, contestaba Neruda, tú no tienes ese automóvil y no tienes como probarlo. Tampoco tú el otro, retrucaba Gabo, ni jamás lo tendrás. Y la broma seguía, eso sí, se vanagloriaban de que conocían automóviles lujosos, y muy especialmente su acústica.

Al dejar su Embajada en París y regresar a Chile, despedimos a Pablo Neruda en el aeropuerto algunos de sus funcionarios, el 20 de noviembre de 1972. Lo vimos junto a Gabriel García Márquez, alegres y que reían de buena gana. Curiosos nos acercamos y escuchamos que conversaban de acústica, y argumentaban con un conocimiento, por lo menos, raro, para dos escritores famosos. Un Premio Nóbel consagrado, y el otro mundialmente reconocido por “Cien Años de Soledad” y otras obras, que lo obtendría diez años después.

Las ondas sonoras circulan proporcionalmente y envuelven el recinto en su totalidad, sin distorsiones, argumentaba uno. Ese lugar, para mí es insuperable. Para nada, argumentaba el otro, hay que lograr el sonido perfecto, y las ondas deben rebotar y así, llegar al que escucha con la necesaria nitidez, sólo lograda en el otro diseño. Y la discusión y las risas continuaban, sobre un tema técnico, pero que para ellos, era divertido.

Por supuesto. Si se trata de un concierto o una ópera, la acústica es fundamental. Imaginé la Ópera de París, la Scala de Milán, y tantos otros recintos magníficos en Europa, donde su diseño magistral, los hace únicos y marca toda la diferencia para los intérpretes y el público. No da lo mismo donde se escucha una gran obra musical.

El automóvil marca A es el mejor, argumentaba Neruda. Estás totalmente equivocado, es el automóvil marca B, contraatacaba Gabo, te lo puedo probar. Y la conversación insólita seguía. No podrías, contestaba Neruda, tú no tienes ese automóvil y no tienes como probarlo. Tampoco tú el otro, retrucaba Gabo, ni jamás lo tendrás. Y la broma seguía, eso sí, se vanagloriaban de que conocían automóviles lujosos, y muy especialmente su acústica.

El automóvil marca A es el mejor, argumentaba Neruda. Estás totalmente equivocado, es el automóvil marca B, contraatacaba Gabo, te lo puedo probar. Y la conversación insólita seguía. No podrías, contestaba Neruda, tú no tienes ese automóvil y no tienes como probarlo. Tampoco tú el otro, retrucaba Gabo, ni jamás lo tendrás. Y la broma seguía, eso sí, se vanagloriaban de que conocían automóviles lujosos, y muy especialmente su acústica.

Un mundo propio en el que García Márquez envolvía a un Neruda que partía, superado por una enfermedad que lo había llevado al límite. Una conversación muy propia de quien es considerado el máximo exponente, del tantas veces citado, “realismo mágico” latinoamericano. Pero que en esta oportunidad ocultaba una realidad insoslayable. Ninguno sabía si se volvería a encontrar. Nada se aludió, por cierto a ello. La salud y deterioro de Neruda lo hacía sospechoso, todos lo intuíamos. No era una despedida oficial todavía, sólo un viaje más y Neruda necesitaba descansar. Había cumplido con brillo dos Embajadas, Francia y la Unesco, de un año y ocho meses, en un lugar como París, grandioso pero exigente. Al parecer, Gabo intentaba hacer intrascendente y alegre un adiós que podría ser el definitivo, y su última conversación. Un abrazo largo y en silencio marcó el momento en que se despidieron. No se vieron nuevamente.

Estos pequeños recuerdos, ahora que los dos no están, pareciera confirmar que quienes afirman que García Márquez, no sólo relataba ese ambiente especial tan suyo de manera notable, sino que podía hacerlo vivir a los demás, en la realidad, e incorporarlos a él; resulta totalmente cierto.

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