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El monumento a Juan Pablo II: desventuras de un delirio

por 29 abril 2014

La estatua fue concebida como un “regalo” a la ciudad, instalada en pleno espacio público (el antiguo Parque Gómez Rojas), enfrentando la venerable Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, monumento histórico obra del arquitecto Juan Martínez y símbolo de la República democrática y laica. Pero en realidad la estatua intentaba distraer del negocio que la universidad pretendía bajo el espacio público con el beneplácito del municipio: un enorme estacionamiento subterráneo, arrasando de paso los centenarios árboles de la superficie. La paradoja es que los mandantes, en su ingenuidad y posible delirio místico, creyeron que una estatua al Papa Juan Pablo II, lo más grande posible, obraría el milagro del negocio infalible.

Finalmente, tras cinco años de vagancia y rechazos, la ciclópea estatua del Papa Juan Pablo II ha sido instalada en una explanada vecina al barrio Bajos de Mena, en Puente Alto. La historia de la estatua es tan penosa como la estatua misma y como la historia del lugar donde termina emplazada. Digamos, en primer lugar, que no se trata de una gran obra de arte, sino de un mamarracho mal compuesto, obra de un pariente del mandante, el entonces rector de la Universidad San Sebastián. La estatua fue la pieza clave de una intrincada trama entre la directiva de dicha universidad, el municipio de Recoleta (por entonces ideológicamente muy afín a los intereses de la mencionada casa de estudios) y el arquitecto a cargo de los ambiciosos proyectos inmobiliarios de la universidad, por entonces decano de la Facultad de Arquitectura de la misma; proyectos que son objeto de escarnio hasta este día.

La estatua fue concebida como un “regalo” a la ciudad, instalada en pleno espacio público (el antiguo Parque Gómez Rojas), enfrentando la venerable Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, monumento histórico obra del arquitecto Juan Martínez y símbolo de la República democrática y laica. Pero en realidad la estatua intentaba distraer del negocio que la universidad pretendía bajo el espacio público con el beneplácito del municipio: un enorme estacionamiento subterráneo, arrasando de paso los centenarios árboles de la superficie.

La paradoja es que los mandantes, en su ingenuidad y posible delirio místico, creyeron que una estatua al Papa Juan Pablo II, lo más grande posible, obraría el milagro del negocio infalible.

Pero la estatua fue la clave del fracaso del proyecto. Conocidos los detalles, las fotografías del monumento, su costo y aquello que pretendía ocultar bajo el suelo, ardió la polémica en la prensa, convirtiéndose en uno de los más sabrosos debates sobre diseño urbano y participación ciudadana de la época. Al poco tiempo, el caso fue dirimido por el Consejo de Monumentos Nacionales, que rechazó la instalación de tamaño objeto en ese espacio público.

La estatua fue concebida como un “regalo” a la ciudad, instalada en pleno espacio público (el antiguo Parque Gómez Rojas), enfrentando la venerable Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, monumento histórico obra del arquitecto Juan Martínez y símbolo de la República democrática y laica. Pero en realidad la estatua intentaba distraer del negocio que la universidad pretendía bajo el espacio público con el beneplácito del municipio: un enorme estacionamiento subterráneo, arrasando de paso los centenarios árboles de la superficie. La paradoja es que los mandantes, en su ingenuidad y posible delirio místico, creyeron que una estatua al Papa Juan Pablo II, lo más grande posible, obraría el milagro del negocio infalible.

Desde entonces, poco se supo del monumento hasta hoy, en que nos enteramos que finalmente fue donado al Arzobispado y que éste, a su vez, decidió instalarlo en uno de los lugares más pobres y desolados de Chile. En efecto, Bajos de Mena es un extenso barrio de vivienda social colectiva, densamente poblado y tan abandonado a su suerte, tan desprovisto de inversión pública y tan sumido en la violencia y la indignidad, que se ha convertido en sinónimo de lo que no habría que hacer jamás como diseño urbano en Chile. Incluido imponerle sin consulta una estatua colosal de bronce, de un millón de dólares y cuatro pisos de altura, habría que agregar.

Digamos, por último, que las estatuas colosales rara vez representan seres humanos, como no sean fruto del culto a la personalidad, cosa que ocurrió por ejemplo en la Roma imperial y en las dictaduras megalómanas del siglo XX. Todas terminaron derribadas.

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