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Reforma al binominal: mucho olor a la medida de lo posible

por 29 abril 2014

Reforma al binominal: mucho olor a la medida de lo posible
Celebremos el fin al binominal, pero no nos quedemos tranquilos pensando que hemos resuelto el problema de la transformación de votos en escaños. Esto recién comienza. Los sistemas modernos no sólo se hacen cargo de los temas de género e identidades (étnicas), sino también apuntan a aspectos del desarrollo de los territorios, la geopolítica, renovación constante de autoridades y agilidad en el ejercicio legislativo.

Si tuviera que ponerle un año al modelo de esta reforma, sería del Chile del 2006 o 2007, pues contiene elementos de modernidad como las cuotas de género o de sobrerrepresentación para las zonas extremas, en perspectiva geopolítica, que lo ponen en la ruta actual de sistemas electorales. Muy bien.

Pero, en el fondo, este proyecto aún tiene aroma a “en la medida de lo posible”, en otras palabras, en la medida que los parlamentarios quieran, no se sientan tan amenazados, no sea tan caro y no ponga en riesgo la estructura de base distrital y de circunscripciones que diseñó Jaime Guzmán con los resultados en la mano del plebiscito de 1988. No hay un redistritaje: hay fusión de distritos conocidos que amplían la base de electores y, por consiguiente, el número de parlamentarios a elegir. Por eso, este proyecto no es pariente de la anhelada reforma educacional que se discute actualmente, donde se pretende cambiar de raíz la lógica de la educación en Chile. Este proyecto electoral tiene como finalidad terminar con el binominal, más que fundar una nueva lógica política y de representación. En ese sentido es un gran avance a lo que hay ahora, pero no es el sistema electoral que Chile requiere para los próximos 50 o 70 años.

Ciertamente, el sistema electoral que Chile requiere no nacerá desde los incumbentes, que en este caso son los propios parlamentarios, sino tal vez de un ejercicio constituyente u otra herramienta de soberanía popular que esté sobre cálculos circunstanciales o de corto alcance. No hay ni habrá altura de miras en nuestros legisladores para un proyecto profundo que instale un sistema electoral modelo 2014.

Ciertamente, el sistema electoral que Chile requiere no nacerá desde los incumbentes, que en este caso son los propios parlamentarios, sino tal vez de un ejercicio constituyente u otra herramienta de soberanía popular que esté sobre cálculos circunstanciales o de corto alcance. No hay ni habrá altura de miras en nuestros legisladores para un proyecto profundo que instale un sistema electoral modelo 2014.

Lo más relevante de la reforma es que se avanza en el principio de la igualdad del voto. Ya no será tan grande la desproporción del valor del sufragio, dependiendo de dónde se vote. De esta forma, hay un avance significativo en proporcionalidad en un país difícil de cuadrar, dada su alta concentración poblacional en el centro y bajísima densidad en los extremos.

Tal vez en el sistema político institucional que Chile requiera, en el Parlamento no habrá dos Cámaras que prácticamente hacen lo mismo, por lo cual no se concebirán “anormalidades” como que en ocho regiones coincidan el número de electores y extensión del territorio entre el diputado y el senador (Arica, Tarapacá, Antofagasta, Atacama, Coquimbo, Valdivia, Aysén y Magallanes), lo cual genera un sesgo de legitimidad, al tener potencialmente un diputado con más votos que el senador sobre una misma superficie política, fenómeno que sólo se daba en regiones extremas.

Nítidamente la lógica de aumentar el número de electos en los distritos y circunscripciones, va en el sentido de permitir la llegada de partidos pequeños al Parlamento y renovar moderadamente, pero algunos distritos quedaron tan extensos y populosos, que la exclusión se producirá a la hora de hacer campañas. La historia electoral senatorial es implacable con estos partidos a la hora de destinar recursos para campaña. Seguramente el que diseñó la unión de distritos nunca ha tratado de llegar de Quilicura al extremo sur de Maipú o ir de Illapel a Vicuña. Sin duda, Chile no es como se ve en el computador: hay quebradas, relieve, mala conectividad y, por sobre todo, realidades e identidades que no necesariamente se juntan en un distrito.

Un sistema electoral moderno da cuenta de estas identidades y las asume como desafíos de integración política. Ejemplo de cómo pueden cambiar cualitativamente los electorados es observar la fusión entre los ciudadanos de Ñuble y Arauco (actuales 47 y 46) o cómo ir de Lebu a Los Ángeles por tierra.

Cuando hay distritos demasiado grandes se produce un ordenamiento natural entre los diputados, con límites invisibles que les asegure la reelección. Dicho en otras palabras, se reparten las comunas y zonas, ya que no pueden todos estar en todas partes.

Finalmente, celebremos el fin al binominal, pero no nos quedemos tranquilos pensando que hemos resuelto el problema de la transformación de votos en escaños. Esto recién comienza. Los sistemas modernos no sólo se hacen cargo de los temas de género e identidades (étnicas), sino también apuntan a aspectos del desarrollo de los territorios, la geopolítica, renovación constante de autoridades y agilidad en el ejercicio legislativo.

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