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El control de la agenda política

por 5 mayo 2014

El control de la agenda política
La experiencia indica que moverse de manera simultánea y en forma eficiente en una agenda de muchos casilleros complejos es difícil y requiere una dirección coherente, constante y apropiada. La Presidenta se ha reservado un papel adecuado en la escena, al intervenir poco y sólo cuando parece indispensable. El ministro del Interior ha sido pragmático y decide rápido, aunque no en sentido estratégico, y los otros dos ministros políticos aparecen sólo como funcionarios. Y eso preocupa, pues la presión de la gestión diaria está en decibeles normales.

La troika política de La Moneda carece hoy del swing político necesario para llevar adelante una agenda tan apretada y compleja como la que ha levantado el gobierno. Es efectivo que ha mantenido una iniciativa permanente y una explícita voluntad de cambio,  además de un desempeño más que aceptable en su instalación. Sin embargo, se evidencia un trazo rústico, con ripios e improvisaciones, que llevan a la convicción de que requiere un esfuerzo adicional de finura política para efectivamente tomar el control.

Es evidente que entre lo principal de estos dos meses está llegar al 21 de mayo con la iniciativa política intacta, validada en el marco programático de lo que fue la promesa de campaña. El cumplimiento de ese objetivo ha sido impecable. Nadie puede negar que el gobierno le puso tarea a la oposición y a sus propios partidarios y es, para todos los efectos, el que ha marcado el ritmo. Pero en esa fecha cambia el clima y debe aparecer la carta de navegación, así como los capitanes de la travesía.

Al éxito del propósito de llegar sin mayores problemas a esa fecha, ayuda una coyuntura política que abre espacios de debate político y vocerías de las nuevas generaciones, que crean un ambiente de desafío  a los viejos poderes políticos en todos los sectores, particularmente en la derecha. Los viejos coroneles de todo signo, constituidos en torno al hito plebiscitario de 1988 y a un modo consociativo de hacer política, se esfuerzan por permanecer e incidir.

Pero resulta evidente que el gobierno de Bachelet está abriendo senderos importantes al cambio generacional de la elite. Las vocerías de la coyuntura política parecen copadas por las nuevas generaciones, con hambre de poder real, que bien puede el gobierno utilizar a su favor si se muestra diestro en su capacidad de crear interlocutores. Claro está que, para ello, se requiere de un oído fino que no se deje influir de buenas a primeras con la adrenalina y la ferocitas que los jóvenes ponen en todas sus acciones. En esta clave hay que leer tanto las declaraciones de los jóvenes de toda orientación como las tensiones que se aprecian en el oficialismo, entre ellas, la de Rodrigo Peñailillo y la dupla Escalona/Martínez.

Todas las iniciativas impulsadas por el gobierno prefiguran cambios importantes, incluso como contenido de un nuevo y legítimo pacto constitucional en el país. Pero  sus vacíos, en ciertos aspectos muy notorios, se transforman en señales negativas que llevan a interpretaciones  ambiguas  sobre lo actuado por él.

Para ejercer un oído fino y la finura del poder se requiere algo más que iniciativa y pragmatismo. El arte de manejar la escena y poner contenidos y discursos que viabilicen la flexibilidad, no es una habilidad notoria en el actual equipo político. El debate sobre la reforma tributaria –como ejemplo– se les escapó de la pauta técnica de que venía revestido a problema político mal comunicado. Y si bien su resultado final no se ha perdido, la batalla por ganarla limpiamente consume día a día demasiados esfuerzos y puede ser extenuante para el resto de la agenda.

La Presidenta ha sido explícita en señalar que los programas no son actos de fe, sino orientaciones de sentido estratégico. De ello se puede colegir que su ingeniería de detalle es un acto de creación y habilidad política cotidianas que corresponde a los ministros políticos y al sectorial respectivo. Para ello, los escenarios llenos de discursos exaltados o polares impiden el arte de la racionalidad y el convencimiento, y sólo dejan lugar al bombardeo grueso de los descontentos, los desplazados o los poderes corporativos constituidos afectados por las decisiones. El grito amedrenta la racionalidad, y los adjetivos son el peor argumento.

Ello es claro específicamente en la composición del escenario. Posiblemente el déficit se deba a una  deficiente prospectiva sobre el desarrollo y desenlace de los hechos. Si los propios adherentes le disparan al gobierno, es porque el sistema de relaciones  internas no está afinado, al menos en materia de comunicaciones y consensos básicos. Si sigue ocurriendo, el sistema de relaciones del oficialismo, anunciado en su oportunidad por el ministro Peñailillo, no está funcionando o sólo fue un juego de imagen. Esa no sería solamente una falla de él sino del equipo.

La experiencia indica que moverse de manera simultánea y en forma  eficiente en una agenda de muchos casilleros complejos es difícil y requiere una dirección coherente, constante y apropiada. La Presidenta se ha reservado un papel adecuado en la escena, al intervenir poco y sólo cuando parece indispensable. El ministro del Interior ha sido pragmático y decide rápido, aunque no en sentido estratégico, y los otros dos ministros políticos aparecen sólo como funcionarios. Y eso preocupa, pues la presión de la gestión diaria está en decibeles normales.

Para no agotar el recurso del liderazgo presidencial, la troika requiere sincronía y finura política colectiva, pues la gestión eficiente del gobierno se hace en el día a día colectivo y no en guerrillas comunicacionales o cadenas nacionales. Más aún si el sentido estratégico del gobierno está dominado por un ethos de cambio hacia una mayor igualdad, con estabilidad política y renovación de las elites.

La finura política que falta debe modelarse en las propias acciones del gobierno y no en la búsqueda de recetas de desván del viejo baúl concertacionista. Estamos frente a nuevas generaciones de ciudadanos, con una  amplia sociedad plural, desconfiada de la política y con demandas profundas de igualdad, libertad y transparencia, muy ajenas a la cultura de la medida de lo posible.

Todas las iniciativas impulsadas por el gobierno prefiguran cambios importantes, incluso como contenido de un nuevo y legítimo pacto constitucional en el país. Pero sus vacíos, en ciertos aspectos muy notorios, se transforman en señales negativas que llevan a interpretaciones ambiguas sobre lo actuado por él.

En materia tributaria, la concentración de la riqueza, uno de los principales problemas del país, aparece mencionado con relevancia técnica, no política. Este está en la base de la desigualdad y lesiona a la sociedad no sólo en su moral colectiva, sino que le hace mal a la distribución equitativa de los bienes y al funcionamiento de mercados eficientes y transparentes, considerados pilares de nuestra economía. El destilado de poder político que filtra la concentración económica es un resultado que requiere una respuesta técnica a la hora de una reforma tributaria.

El sistema electoral no tiene sólo una crisis de representación ciudadana y de discriminación de género, sino también plurinacionalidad en materia de pueblos indígenas. Si no se enfrenta ahora el tema de la representación –al menos funcional– de ellos en Chile, se estaría perdiendo una enorme oportunidad de avanzar en un tema político complejo.

Lo mismo ocurre con el tema regional. Aquí el problema es mayor porque la solución a un gobierno eficiente de los territorios regionales pasa inevitablemente por el tema de la autonomía regional y el gobierno interior de la República. Lo he repetido mil veces: la gradiente estratégica longitudinal del país, su estrechez territorial, la amplia presencia marítima y su permanente riesgo geológico nos obligan a una mirada diferenciadora del territorio de norte a sur. No existe país alguno en el mundo con nuestras singularidades geoestratégicas, y el centralismo exacerbado es una muestra de subdesarrollo profundo.

Son muchos otros temas que no se alojan en lo puramente comunicacional sino en la finura del armado y ejecución de la agenda, que podrían hacernos pensar que no hay diseño. Pienso que ello no es así. Hay un diseño grueso, pero que debe adquirir finura y plasticidad en la ejecución coherente entre lo sectorial y la política nacional.

El gobierno, de manera acertada, ha hecho suya la tesis del cambio de ciclo político. Tiene en el Mensaje de 21 de mayo la oportunidad de decir en serio cómo lo ve en su integridad política y técnica, y cómo enfrentará el proceso, teniendo como tema de fondo la Nueva Constitución. Eso es una  carta de navegación y un examen para el equipo político.

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