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La avaricia, la codicia y la reforma tributaria

por 5 mayo 2014

La avaricia,  la codicia y la reforma tributaria
Nos engañan los avaros que sostienen que subir los impuestos impedirá el crecimiento económico e incrementará el desempleo. Es justamente al revés, como lo demuestran la depresión de 1929 y los 30 gloriosos años. Atesorar es el problema y el FUT lo fomenta. Y estimular la compra de una segunda casa, el consumo de alcohol o el transporte en automóviles no tiene sentido económico si queremos de verdad desarrollarnos.

Desde afuera, según un artículo de Foreign Affairs, 'Meet the Mattes' (junio 2013), "Chile parece merecer la fama de ser la Suiza del sur. Desde adentro, el cuadro es menos alegre, la desconfianza ciudadana con el sistema político" y el gran empresariado es manifiesta. La confianza en el gobierno, por ejemplo, cayó entre 2007 y 2012 del 45 % al 33 %, según la OCDE, todo un récord, porque no sufrimos la reciente gran crisis económica gracias a China.

La creencia en la movilidad social, como consecuencia de estar al borde del desarrollo con una creciente clase media, pregonada por los círculos gobernantes, se derrumbó. No obstante, para Eliodoro Matte, uno de los multimillonarios chilenos en la lista Forbes, educado en Chicago, "el país tiene el más exitoso, progresista y justo ambiente económico en América Latina.

Esa contradicción, según Foreign Affairs, se explica porque Chile "crece pero no se desarrolla". Se suma "la economía del laissez-faire oligárquico, que impuso la brutal dictadura de Pinochet y que en gran parte conservaron los gobiernos electos" (Financial Times, 2 de mayo de 2013), debido a los candados constitucionales, que nos legó Jaime Guzmán para evitar el camino democrático del posfranquismo, más la adopción por los socialistas del orden de la tercera vía de Blair, la mejor obra de Thatcher, dicen en Inglaterra.

Durante el postpinochetismo la economía se expandió y la pobreza se redujo, pero no se superó la desigualdad. Las causas del crecimiento fueron los cambios en continuidad que lograron los concertacionistas; el Estado de derecho, que aseguró la legalidad a los inversionistas; el precio récord del cobre durante las dos últimas administraciones, y un fuerte movimiento sismológico en tierra y mar al iniciarse la de Piñera.

A las mediciones económicas sobre la base del PIB que se aplican en todo el mundo y en Chile, por desgracia, ayudan los desastres humanos y naturales, por lo cual cada día es más popular una famosa frase de Robert Kennedy: "El PIB mide todo, menos lo que sirve".

Los chilenos entretanto comenzaron a perder el miedo con la detención de Pinochet en Londres y terminaron indignados con los cuentos del tío de los de arriba: desarrollo y clases medias. Los ricos están siempre cerca de los gobiernos, pero lo están más en los países en desarrollo.

Indignados por la desigualdad

Las elecciones comenzaron a caracterizarse por la abstención, el fraccionamiento y las derrotas de la derecha. Volvimos a marchar por las anchas alamedas en protesta por la desigualdad de una sociedad que, como demostró Florencia Torche, está encabezada por una elite con acceso cerrado, el 10 % de la población más rica, y que tiene ingresos 27 veces superiores al decil más pobre.

Según recientes informes de la CEPAL y la OCDE, nuestro índice de desigualdad no es de los mejores incluso en la muy desigual América del Sur. Es mayor que los de Argentina, Perú, Venezuela y Uruguay. Y el gasto social público chileno, 10,2 % del PIB, es inferior al de países como Cuba, Venezuela, Costa Rica, Uruguay, Argentina y Brasil. Y uno de cada cuatro chilenos declara que no puede comprar suficiente comida, otro récord. Subir los impuestos directos y los servicios sociales al promedio de los países de la OCDE debería ser una primera meta. Es de esperar que en esta oportunidad la avaricia y la codicia no logren vencer de nuevo a Chile.

Según un estudio de la Universidad de Chile, la economía todavía es más concentrada, el 1 % más rico percibe el 31,1 % del ingreso nacional; el 0,1 %, el 17,2 %, y el 0,01 %, el 11,5 %; la primera cifra es récord mundial, las dos siguientes medallas de plata, después de EE.UU.

Recordemos que el 84 % de los gerentes generales de las 100 empresas más grandes provienen de colegios particulares pagados, 7 % de la población escolar, y la mitad de ellos, de sólo cinco (Verbo Divino, SS.CC. de Manquehue, Saint George, San Ignacio y Tabancura, todos católicos), según sondeo efectuado por La Tercera (30 de marzo del 2008).

A ello se suma que las 12 fortunas líquidas de los multimillonarios chilenos en la lista Forbes (desde 1.350 millones a 15.500 millones de dólares) para el año 2013, sea el 15 % del PIB, la quinta mayor concentración en el mundo, después de Rusia, Líbano, Suecia e Israel, y en empate con Ucrania. Y desde el año precrisis a hoy, 2007 al 2013, en una economía que aumentó alrededor de 60 %, la riqueza de nuestros Forbes creció algo más de 105 %.

Piketty: retrocesos y avances del capitalismo

Así batimos varias plusmarcas mundiales. Un ejemplo caricaturesco del capitalismo patrimonial de Piketty, el profesor francés calificado como el economista rock star, autor del primer libro de economía que es best-seller de Amazon y cuya conferencia, con cuatro economistas norteamericanos, dos de ellos premios Nobel, en el amplio anfiteatro de la CUNY en Manhattan, agotó las entradas rápidamente.

Piketty demuestra, con una información económica enciclopédica, por dos siglos de Francia y más de uno en otros países, entre ellos EE.UU., que el capitalismo se transforma en patrimonial en los períodos en que el rendimiento del capital supera al crecimiento económico, un estímulo al atesoramiento. Y desemboca en una sustitución del emprendimiento personal por la herencia familiar; mírese el Chile de hoy, atascando el desarrollo.

La gran excepción son los llamados 30 años gloriosos, los que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, por los franceses; la edad de oro, por los británicos, y la sociedad opulenta, por Galbraith, el más grande economista norteamericano. Coinciden con una altísima tasa marginal máxima del impuesto a la renta, en Inglaterra, entre 90 y 100%, desde 1940 a 1980; en EE.UU., sobre 90 %, entre 1944 y 1975, y en Francia, entre 60 y 70 %, desde 1945 a 1980. Esas realidades dejan en ridículo el pensamiento reaccionario al sostener que los altos impuestos afectan negativamente a la economía.

El culto a Mamón

Mamón, el ídolo de la codicia, la avaricia y la riqueza está condenado en la Biblia nueve veces y la usura algunas menos, tanto es así que en la Edad Media se fundaron los bancos de piedad, crédito prendario, primero sin interés y después con uno bajísimo, y la usura fue sancionada como delito. Conceptos similares existen en civilizaciones con religiones no cristianas, incluidas las que no son bíblicas.

El atesoramiento fue también criticado por los economistas. Adam Smith se opuso a los tributos porque en su época eran percibidos y atesorados por reyes y nobles cuando los países y condados eran su propiedad privada. Mientras que Keynes era partidario de impuestos progresivos a la renta con el mismo fin, evitar que los ricos –la gran burguesía, durante la vida del autor– atesoraran.

EE.UU., el país capitalista por excelencia, con una religión civil individualista y antiestatista, que tiene como centro el emprendimiento personal, reaccionó sin embargo cuando el capitalismo amenazó transformarse en patrimonial. Los liberales (progresistas) inventaron las leyes antimonopólicas, más los impuestos progresivos a la renta y a la herencia, a lo que los multimillonarios le agregaron donaciones y fundaciones para ganar prestigio.

En Europa, en cambio, se impusieron la socialdemocracia y el socialcristianismo, y el énfasis se puso también en los servicios sociales a partir de la Inglaterra de Disraeli, la nobleza obliga fue el lema, y la Alemania de Bismark para alcanzar a Inglaterra. Algo similar comenzó a pasar en Chile desde Pedro Aguirre Cerda, 1938, pero muy lentamente, hasta que se aceleró en 1964 con Frei Montalva y después Allende. Mas duró poco, Pinochet y los oligarcas nos hicieron retroceder décadas al abandonar nuestro ADN estatista.

La economía volvió a estar dominada por productos primarios, las finanzas y el comercio, es decir, poco productivos. Los Luksic, por ejemplo, apenas invierten en manufacturas de cobre; a pesar de ser dueños de MADECO, prefieren la minería incluso fuera de Chile y desde empresas extranjeras. Y la compañía familiar de los Matte, la Papelera, creció y se internacionalizó con la dictadura, pero su actividad principal pasó de papeles y cartones a la forestal/celulosa, es decir, a una con menor valor agregado.

Perversiones económicas

Por ello, conceptos como que la "desigualdad es parte de la Creación" de Jaime Guzmán o que "las tendencias más perjudiciales para una buena economía, la más seductora, y en mi opinión la más venenosa, se centra en las cuestiones de distribución" de Robert Lucas, Jr., un muy influyente macroeconomista de Chicago, no sólo son una aberración sin base empírica en sentido económico, también son un grave pecado en clave religiosa e incluso un repudio a la condición humana.

Además nos engañan los avaros que sostienen que subir los impuestos impedirá el crecimiento económico e incrementará el desempleo. Es justamente al revés, como lo demuestran la depresión de 1929 y los 30 gloriosos años. Atesorar es el problema y el FUT lo fomenta. Y estimular la compra de una segunda casa, el consumo de alcohol o el transporte en automóviles no tiene sentido económico si queremos de verdad desarrollarnos.

En nuestro país hemos tenido una seguidilla de desarrollos frustrados gracias a violentas victorias de la codicia oligárquica. La última fue la dictadura de Pinochet y sus cómplices públicos y silenciosos. Y hasta hoy no podemos liberarnos totalmente de ellos.

Entramos a la OCDE, el club de los países desarrollados, sin serlo. Y prueba de ello es que, mientras el promedio del coeficiente de Gini –la medida de desigualdad– de los países de la organización baja en promedio 25 % gracias a impuestos progresivos y servicios sociales, en nuestro caso sólo disminuye un 4 %. La razón es obvia, pagamos menos impuestos progresivos y el gobierno presta a la ciudadanía menos servicios sociales, es decir, en salud, educación, previsión, transporte, etc.

Según recientes informes de la CEPAL y la OCDE, nuestro índice de desigualdad no es de los mejores incluso en la muy desigual América del Sur. Es mayor que los de Argentina, Perú, Venezuela y Uruguay. Y el gasto social público chileno, 10,2 % del PIB, es inferior al de países como Cuba, Venezuela, Costa Rica, Uruguay, Argentina y Brasil. Y uno de cada cuatro chilenos declara que no puede comprar suficiente comida, otro récord.

Subir los impuestos directos y los servicios sociales al promedio de los países de la OCDE debería ser una primera meta. Es de esperar que en esta oportunidad la avaricia y la codicia no logren vencer de nuevo a Chile.

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