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El discurso de la derecha en educación

por 6 mayo 2014

El discurso de la derecha en educación
No me parece que se divise nada parecido por el lado de la derecha. Sus parlamentarios se limitan a repetir las mismas monsergas sesgadas o simplemente falsas, de que se quiere estatizar la educación o de que se van a cerrar los colegios particular subvencionados, u otras más. Pero no hay ninguna palabra respecto del tipo de sociedad que se quiere construir a través del sistema educacional.

No cabe duda de que el peor fallo político del gobierno de Piñera fue el manejo del llamado “conflicto estudiantil”. Ante la demanda que levantaron los estudiantes por una reforma estructural al sistema educacional, el Ejecutivo simplemente no supo (o, quizás más probable, no quiso) ofrecer un camino efectivo de diálogo político. Adoptó en cambio la más irresponsable de las actitudes que pueda tomar un gobierno: responder a una demanda social masiva y legítima, simplemente con represión y autoritarismo.

Los estudiantes, en contrapartida, levantaron un discurso extremadamente sólido y consistente en materia educacional que, de hecho, fue recogido en buena parte por el programa de Bachelet. Este se basaba en el fortalecimiento de la educación pública, la garantía estatal por la calidad de la educación, la eliminación de barreras económicas de acceso y, en general, un sistema educacional que propiciara una sociedad más integrada y equitativa (y no precisamente lo contrario, como parece ocurrir en la actualidad).

No hubiera sido tanto problema si, frente a esto, el gobierno hubiera presentado sus propias ideas, aunque fueran minoritarias, o incluso impopulares (esto es completamente legítimo). El problema fue que el gobierno simplemente se negó a poner sus ideas sobre la mesa, al menos en la forma de un discurso político articulado en torno al tema. En cambio, optó por el silenciamiento (primero), la descalificación (después) y, cuando estas estrategias fallaron, el intento de dar por terminada la discusión simplemente poniendo más recursos arriba de la mesa.

Cuesta creer que los estrategas de la derecha no se hayan dado cuenta de que este camino iba a ser absolutamente inefectivo, aún desde la lógica más cruda del cumplimiento de sus propios objetivos. Lo único que iba a conseguir era ampliar la base de apoyo de los estudiantes, que fue, de hecho, lo que ocurrió.

La resistencia de la derecha a articular con claridad un discurso político en educación persiste hasta el día de hoy. En vez de esto, los parlamentarios del sector siguen replicando con calco la estrategia del 2011: tergiversación de las propuestas contrarias, recurso frecuente a la desinformación, boicot y a veces derechamente política del terror.

Además de inefectiva para sus propios fines políticos, esta estrategia fue enormemente irresponsable. La incapacidad de articular un verdadero debate político en torno a ideas, discursos o ideologías divergentes, lo único que hizo fue polarizar cada vez más la situación ya compleja que vivía el país. Carente de ideas o razones, el gobierno exacerbó en cambio la represión, despertando de paso los peores fantasmas de la derecha en el poder. Era evidente que la fuerza pública contaba cada vez con más manga ancha para un uso desproporcionado de la fuerza, y aun así, en varias ocasiones, se vio claramente sobrepasada por la magnitud de las marchas. Aunque la violencia no me parece justificable en ninguna circunstancia, era obvio que la ausencia de diálogo político inflamó a grupos más radicalizados que, con o sin razones detrás, vieron la oportunidad de recurrir a una violencia contestataria, o simplemente entrópica. No contentos con este clima de tensión, algunos preclaros dignatarios de derecha sintieron que era la ocasión propicia para ensayar declaraciones incendiarias, del tipo “manga de inútiles subversivos” e incluso ministros de Estado se dieron el gusto de ventilar sus rabietas personales, acusando de “cobardes” a los jóvenes en huelga de hambre.

En lo personal, recuerdo haber tratado de alcanzar a cualquier persona que tuviera algún grado de responsabilidad en el gobierno, aunque fuera meramente técnica, para tratar de persuadirle de que era mejor para todos cambiar de estrategia política, dejar de criminalizar a los estudiantes y simplemente levantar un discurso propio en torno al sistema educacional, aunque fuera minoritario, aunque fuera errado. Los resultados, obviamente, fueron siempre nulos.

En mi opinión, el clima político del 2011 estuvo más cerca de salirse de madre de lo que muchas autoridades realmente aquilataron y, si no lo hizo, fue por la extraordinaria madurez y responsabilidad de los principales dirigentes estudiantiles de la época, y no por la acción del gobierno. Pero hubiera bastado uno de muchos imprevistos, que afortunadamente no se produjeron, para arrojar al país en un escenario extremadamente complejo. Por ejemplo, si alguno de los principales dirigentes estudiantiles hubiera sufrido un ataque, o una golpiza, o incluso un robo menor, o si uno de los jóvenes en huelga de hambre se hubiera descompensado, o sufrido secuelas o un desenlace fatal, o si el mismo joven trágicamente fallecido en la comuna de Peñalolén, a causa del disparo de un carabinero, hubiera pertenecido a un partido político, o incluso a alguna organización de otro tipo, como una barra de fútbol por ejemplo, quizás la situación del país podría haber alcanzado un grado de inestabilidad al que estamos poco acostumbrados en el Chile de las últimas dos décadas.

Afortunadamente nada de eso ocurrió y, si bien se avanzó poco en materia educacional, el movimiento estudiantil puso en el tapete una demanda que caló hondo en la sociedad y el sistema político chileno.

Lamentablemente, sin embargo, la resistencia de la derecha a articular con claridad un discurso político en educación persiste hasta el día de hoy. En vez de esto, los parlamentarios del sector siguen replicando con calco la estrategia del 2011: tergiversación de las propuestas contrarias, recurso frecuente a la desinformación, boicot y a veces derechamente política del terror. A lo más se ventilan algunos datos técnicos sueltos, asociados en general a los resultados del Simce, que se asocian inmediatamente con calidad en la educación.

Gran parte de estos datos se relacionan con el “fetiche” de la investigación actual, obsesionada con determinar qué tipo de establecimientos se desempeña mejor en el Simce, si los municipales o los particulares subvencionados, como si una diferencia de unos pocos puntos en un sentido u otro pudiera determinar el rumbo de la política educativa del país.

La mayor parte de las propuestas de la derecha en materia educacional se asocian a una aplicación más o menos rígida de la lógica de mercado al sistema educacional: privatización de la oferta, subsidio a la demanda, mayor competencia entre los colegios, aumento de la información a los “consumidores”/apoderados y, en algunos casos, selección y desregulación.

A través de estas preocupaciones la derecha reclama que tiene el foco puesto en la calidad, pero le falta explicarle al país por qué estas medidas van a producir una mejora en la calidad (algo que no está para nada comprobado, de hecho, los resultados internacionales de la prueba PISA 2012 parecen sugerir lo contrario). Más aún, le falta explicarle al país qué tipo de sociedad van a producir estas medidas, cómo van a propiciar la integración, y prevenir la segregación, cómo van a permitir el acceso a una educación de calidad a personas con bajos ingresos, cómo van a producir una sociedad más equitativa (ahora que la equidad es también parte del ideario de la derecha).

El discurso que levantaron los estudiantes es ampliamente popular no sólo porque parece consistente y fundamentado, sino porque detrás de este hay una visión de sociedad, un sueño, que sin duda se conecta con las aspiraciones de la mayoría de los chilenos: la idea de una sociedad más integrada, más equitativa, con más oportunidades de acceso para todos, más justa.

No me parece que se divise nada parecido por el lado de la derecha. Sus parlamentarios se limitan a repetir las mismas monsergas sesgadas o simplemente falsas, de que se quiere estatizar la educación o de que se van a cerrar los colegios particulares subvencionados, u otras más. Pero no hay ninguna palabra respecto del tipo de sociedad que se quiere construir a través del sistema educacional.

Al igual que el 2011, esta estrategia está condenada a la inefectividad, pues debilita su impacto ante la opinión pública (lo que no me preocupa tanto, a decir verdad), pero que, en este caso, es también mala para el país. En efecto, el país se merece un discurso articulado con las ideas políticas de la derecha en torno a la educación, no el mero boicot y la desinformación. No sólo cifras y datos técnicos, sino una idea del tipo de sociedad a la que aspira a través del sistema educacional que propone.

Esto se lo merecen en primer lugar las muchas personas de carne y hueso, que legítimamente creen que un sistema educacional de tales características puede ser beneficioso para el país; se lo merecen, en particular, los muchos técnicos que trabajaron en temas de educación durante el gobierno de Piñera, y que creen sinceramente que a través de este ideario se puede hacer una contribución hacia una sociedad mejor, y trabajan por ello.

En ausencia de un discurso político que las articule, que les permita ser un aporte al debate, estas ideas quedan simplemente a merced de una tecnocracia vacía o, peor aún, de los poderes fácticos. Pierden su vinculación con el país o con un proyecto de futuro, y las personas que las sustentan quedan de alguna forma huérfanas de un proyecto que les dé sentido, simplemente a merced de ciertos grupos de poder, que defienden sus intereses o privilegios particulares.

En un sentido más profundo, el país en su conjunto requiere un discurso serio y propositivo de la derecha en materia educacional. El desafío de construir un proyecto de educación pública convocante, que esté a la altura de las aspiraciones de los chilenos, necesita de una visión constructiva de todos los sectores políticos y culturales del país, no sólo de algunos. La educación pública no es, desde luego, el reducto de una vertiente ideológica ni menos de un grupo de poder determinado. Tiene que estar por sobre esas diferencias, ser capaz de interpretar a todos los chilenos. Si es que persisten finalmente divergencias irreconciliables, es obvio que se recurrirá al procedimiento de votación democrática, eso está completamente garantizado. Pero eso no disminuye la importancia fundamental de avanzar previamente en la construcción de amplios grados de acuerdo y consenso.

Quizás el mayor desafío político que enfrentará el país en estos años será el de consolidar un sistema de educación pública de calidad, que identifique y enorgullezca a todos los chilenos. De la derecha dependerá ser un aporte constructivo en este proceso, contribuyendo desde sus legítimas diferencias, o continuar con la política del boicot y la desinformación que han escogido hasta ahora.

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