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La revolución de la política es la revolución de las ideas

por 7 mayo 2014

Desde la definición de una nueva estrategia de Energía, hasta la propuesta para reformar la Constitución mediante una Asamblea Constituyente que estaría evaluando la Segpres, o la incorporación cuotas de género en los cambios propuestos al sistema electoral, la voz de la ciudadanía parece estar estableciendo una conexión con la burocracia.

El escenario social y político que enfrenta hoy nuestro país ha vuelto a llenar los noticieros de cosas importantes, lo que podría ser un buen indicador de cierta repolitización de la ciudadanía: en un esquema en el que el rating sigue mandando (eso no ha cambiado), cuando el alunizaje que abre las entregas informativas es el del Gobierno en el Parlamento, sin duda es una señal de que la expectativa o interés ciudadano ha llegado a niveles que los medios no pueden pasar por alto.

Sería razonable, sin embargo, cuestionarse por qué esa expectativa no se plasma también en otros ámbitos. Si se ha vitalizado el interés, ¿por qué, por ejemplo, no vota la gente? La respuesta puede ser chocante, justamente porque carece de la complejidad que uno esperaría: no ha encontrado ahí en qué creer. Que no es lo mismo que no le interese.

Para la Concertación, la elección del año 2009 fue sobre todo un duro golpe a su credibilidad. Más que un triunfo de la derecha, fue la derrota de su propio proyecto tal y como venía decantando después de casi veinte años. Un voto de rechazo, exacerbado por sentimientos de mucha frustración, no sólo por parte de las capas más líquidas del electorado, sino también desde una sensibilidad más progresista en sectores de centro-izquierda, que tiraron del mantel con más o menos conciencia de que significaría el triunfo de la Alianza.

Probablemente también con muchas incertezas respecto a lo que iría decantando finalmente –y cuán pronto– a nivel social y político en Chile. Para la derecha, en tanto, si algo había rescatado de esa pulverizada confianza, la perdió muy a poco andar por la inflación de las expectativas, el errático manejo comunicacional y frente a las crisis, y una vocación fratricida que ya es marca registrada.

Desde la definición de una nueva estrategia de Energía, hasta la propuesta para reformar la Constitución mediante una Asamblea Constituyente que estaría evaluando la Segpres, o la incorporación de cuotas de género en los cambios propuestos al sistema electoral, la voz de la ciudadanía parece estar estableciendo una conexión con la burocracia.

La importancia de la irrupción de los estudiantes y otros movimientos sociales, a poco andar del gobierno de Sebastián Piñera, es que vino a llenar el forado de expectativa y confianza en que se había ido hundiendo, por años, la escuálida oferta político-institucional. Las movilizaciones en Freirina y el extremo sur, o contra la construcción de Hidroaysén, así como las emblemáticas marchas estudiantiles, no sólo lograron remecer a la ciudadanía y su interés respecto de las grandes transformaciones para Chile: en tanto fueron capaces de forzar una reacción de la autoridad, se convirtieron en estructuras o espacios válidos para poder canalizar la expectativa ciudadana.

Lo que cambió en Chile es que la gente descubrió en la calle, en la movilización, en su propia capacidad de organizarse para empujar determinadas agendas, una alternativa eficiente; en los liderazgos y personalidades surgidos al calor de estas movilizaciones, una alternativa posible, real, de poder representar esas agendas a nivel institucional; y en la génesis de nuevos referentes políticos y sociales, una alternativa necesaria para canalizar de manera orgánica, enraizada y con una visión de largo plazo, la legítima aspiración de disputar el poder y las hegemonías ideológicas. Lo que cambió en Chile –o muestra al menos señales esperanzadoras de cambio en lo que está haciendo el nuevo gobierno– es que una parte de la clase política tradicional ha comprendido que en la conexión y convergencia con estas expresiones, así como en su propia capacidad de democratizar y ampliar sus esquemas, se juega el éxito de sus perspectivas.

La expectativa y el interés han vuelto a surgir, en definitiva, no solamente por la capacidad de los movimientos sociales de visibilizar las groseras deficiencias del modelo. Si para lograr cambios profundos hubiera bastado constatar aquello, es probable que los resultados se habrían visto mucho antes. La expectativa y el interés han vuelto a surgir porque las transformaciones que necesita el país se hicieron concretas y posibles. En gran medida por la fuerza y la convicción que tuvieron nuestros estudiantes para presionar durante meses, pero especialmente por la irrupción de las ideas; por un auténtico compromiso de los movimientos sociales y otros nuevos actores por construir y proponer, aportando al debate ideas frescas, argumentos técnicos y políticos sólidos, que permitieron desplazar definitivamente los límites de la discusión y de lo posible.

Los esfuerzos para oxigenar la política, favoreciendo la proyección de nuevos liderazgos, estructuras más horizontales y dinámicas que ayuden a una mayor participación y transparencia, no son suficientes por sí solos. La idea de una nueva ética política, en tanto no sea capaz de arraigarse en una nueva visión política, resulta incluso un poco pretenciosa. La revolución de la Política debe ser también la revolución de las Ideas, de una mirada propositiva que fija un norte y es capaz de construir desde la base, para convocar y revitalizar el interés de las personas.

Lo que cambió en Chile es que la ciudanía organizada fue capaz de involucrarse en el diseño de las soluciones. Transformó la decepción en fuerza creadora. Les dio mejor insumo a las elites políticas para reaccionar; les entregó ideas frescas, las conectó con caminos que no estaban en su radar, o parecían imposibles. Eran opio.

Junto con la pataleta, el movimiento social hizo la pega. Levantó propuestas que tácitamente implican la superación de sus propios prejuicios sobre la viabilidad de los cambios a través de mecanismos institucionales, y está ocupando espacios clave para instalar e influir en el curso de las ideas. Me cuesta creer que, con el solo reclamo, con el grito, no importa cuán furioso o profundo fuese, estaríamos hoy discutiendo una verdadera refundación de las estructuras en las que se sostiene nuestra convivencia social.

Lo que cambió en Chile, a fin de cuentas, es que tenemos algo de qué hablar, y ya no sólo algo por lo que quejarnos. Hemos vuelto a interesarnos, porque existe algo concreto que discutir. Porque “el problema de la educación” se convirtió en un debate sobre el fin del lucro, la eliminación del financiamiento compartido, el término de la selección en los colegios y la redefinición de lo que entendemos por calidad. Porque “el problema de la desigualdad” ha dado paso a la discusión concreta sobre el FUT y otras aristas fundamentales para una reforma tributaria. Porque contamos con una idea concreta sobre cómo ponerle fin al binominal. Con todos los matices que puede –y debe– resistir el diseño de las políticas que le den forma definitiva a esta transformación profunda del país, ya nadie cree que no sea un debate necesario, o que no sea posible.

En ese sentido, no se puede desconocer el mérito que le corresponde también al nuevo gobierno. No era algo obvio que, en el diseño de las numerosas iniciativas con que se ha comenzado a dar cumplimiento al programa comprometido por la Nueva Mayoría –y también en el diseño del mismo–, estén incluidas las propuestas que numerosas organizaciones y movimientos sociales han puesto al servicio de la discusión, y que sus representantes hayan encontrado espacio en diversos niveles para aportar su visión a las nuevas autoridades. Desde la definición de una nueva estrategia de Energía, hasta la propuesta para reformar la Constitución mediante una Asamblea Constituyente que estaría evaluando la Segpres, o la incorporación de cuotas de género en los cambios propuestos al sistema electoral, la voz de la ciudadanía parece estar estableciendo una conexión con la burocracia.

El exitoso posicionamiento de movimientos como Revolución Democrática en este esquema, está marcado sin duda por la importancia entregada al ámbito de las ideas. Más allá de revolucionar la manera en que sus miembros y adherentes se involucran en el trabajo político, o de los esfuerzos por ir penetrando en diversas estructuras del tejido social, uno de los aspectos que destaca en la propuesta de este nuevo referente es una maciza infraestructura para la construcción colectiva, a través de espacios fuertemente orientados (algunos de ellos exclusivamente) a reflexionar y generar ideas respecto de temas clave. Espacios que además funcionan al centro del movimiento, en una conexión estrecha e igualitaria con otros espacios, y no como centros de estudio u otras estructuras externas.

La revolución de la Política es la revolución de las Ideas, y cualquier esfuerzo de crecimiento, especialmente si es que pretende abrir espacios desde el centro de la sociedad civil, desde sus organizaciones sociales, gremiales o comunitarias, debe seguir apuntando prioritariamente a que la comunidad se involucre en el proceso de construcción de esas ideas. Para repolitizar, para que siga creciendo el interés de la ciudadanía, debemos ser capaces de fortalecer y continuar reinventando las estructuras que hacen posibles esos procesos. Descuidar aquello sería subestimar el peso que han tenido esas ideas para viabilizar un proceso de transformaciones.

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