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Reforma electoral: a la medida de los poderosos de siempre

por 7 mayo 2014

Tengo dos razones de peso para cuestionar la reforma electoral, pero en subsidio de ellas puedo ofrecer una más, acorde al estilo del Gobierno: esta reforma ha sido hecha a la medida de los poderosos de siempre, porque esta reforma excluye de la política a todo aquel que no tenga dinero o partido.

Tengo dos razones de peso para cuestionar la reforma electoral. La primera de ellas, la principal, tiene que ver con la tranquilidad con que ese proyecto ha sido acogido por Diputados y Senadores. Y esto –permítame aclararlo– no tiene que ver con una desconfianza mía ante el mundo político, sino con una sospecha ante cualquiera que oficie de juez y de parte.

Porque la verdad es ésa: el grupo humano al que me refiero es el único de este país que puede decidir cuánto gana, en qué condiciones desarrolla su trabajo, con qué garantías se acoge a retiro, y ahora, bajo qué sistema se somete a elección. Si ésa no es una razón suficiente como para desconfiar, tengo también otra…

Ocurre que el binominal era, a juicio de sus detractores, un sistema que tenía dos grandes vicios. El primero de ellos, que no era lo suficientemente representativo porque tendía a favorecer a los dos conglomerados políticos más grandes en desmedro de minorías y de independientes. El segundo (asociado al anterior), que podía darse la situación de que una persona resultara electa teniendo menos votos que otra.

El hecho es que el proyecto del Gobierno no hace ninguna diferencia respecto de esos dos puntos. Y no exagero cuando digo ninguna.

Tengo dos razones de peso para cuestionar la reforma electoral, pero en subsidio de ellas puedo ofrecer una más, acorde al estilo del Gobierno: esta reforma ha sido hecha a la medida de los poderosos de siempre, porque esta reforma excluye de la política a todo aquel que no tenga dinero o partido.

Porque el efecto del aumento en el número de diputados y de senadores (que, en principio, favorece la representatividad del sistema), queda completamente anulado tanto por la disminución de distritos y circunscripciones, como por la posibilidad de cada lista de llevar el doble de candidatos de los que realmente pueden ser electos.

Si el hecho de que haya más cupos disponibles aumenta las posibilidades de un independiente de ser elegido, esas posibilidades disminuyen inmediatamente si el tamaño del territorio dentro del que debe hacer campaña crece. ¿Por qué? Porque obliga a disponer de más recursos económicos y humanos, recursos que por lo general obtiene con mucha mayor facilidad un partido que una persona.

Más aún. Si ese independiente quiere competir, debe hacerlo reclutando consigo a otros independientes, porque el sistema que propone el Gobierno (como el binominal), mantiene la idea de que la competencia se realiza entre listas y no entre personas. ¿Qué significa eso en la práctica? Que si usted quiere, por ejemplo, competir en Santiago contra la Nueva Mayoría o contra la Alianza, lo hará enfrentando a una lista de 14 candidatos, que eventualmente podrán traspasarse votos entre sí, de modo que incluso puede darse el caso de que una persona resulte electa con menos votos que otra.

Tengo dos razones de peso para cuestionar la reforma electoral, pero en subsidio de ellas puedo ofrecer una más, acorde al estilo del Gobierno: esta reforma ha sido hecha a la medida de los poderosos de siempre, porque esta reforma excluye de la política a todo aquel que no tenga dinero o partido.

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