Miércoles, 28 de septiembre de 2016Actualizado a las 22:32

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A recuperar la casa de la izquierda

El PS, que antes fuera bautizado como “la casa de la izquierda” –por acoger a todas las corrientes de izquierda no comunista–, se ha transformado en un partido homogéneo con poca capacidad de albergar a sectores disidentes y con una evidente pérdida de terreno en la representación del mundo de la izquierda. De ahí el surgimiento de otros movimientos políticos que han intentado representar esos espacios, como Revolución Democrática, Izquierda Autónoma o la propia Izquierda Ciudadana.

El Partido Socialista de Chile ha sido una institución con tendencias y corrientes desde sus inicios. Su formación estuvo marcada por la unión de diferentes organizaciones de izquierda, cada una con sus liderazgos y posiciones políticas particulares. Entre ellas había: anarquistas, trotskistas, latinoamericanistas, socialdemócratas, entre otras expresiones de la izquierda chilena no comunista.

En el desarrollo político del partido, el crecimiento y consolidación del mismo estuvo influenciado por la institucionalización de estas tendencias y, junto a esto, la configuración de dinámicas internas de competencia. Luego de la ruptura democrática, persecución, tortura y asesinato de cientos de militantes, los socialistas chilenos se reagruparon en diferentes espacios y, como es característico de la cultura organizacional del partido, cada uno de ellos tuvo un liderazgo, identidad y trabajo de base propios.

A mediados de los ochenta, las diferentes facciones socialistas habían adquirido identidades y formas organizativas diferenciadas, las cuales estaban determinadas, en parte, por el país de exilio de sus militantes, por las influencias de otros movimientos que ingresaron a sus filas y por su participación en las diferentes iniciativas para derrotar a la dictadura. Dos fueron las tendencias más importantes en ese entonces: El Almeydismo y la Renovación.

El PS, que antes fuera bautizado como “la casa de la izquierda” –por acoger a todas las corrientes de izquierda no comunista–, se ha transformado en un partido homogéneo con poca capacidad de albergar a sectores disidentes y con una evidente pérdida de terreno en la representación del mundo de la izquierda. De ahí el surgimiento de otros movimientos políticos que han intentado representar esos espacios, como Revolución Democrática, Izquierda Autónoma o la propia Izquierda Ciudadana.

En plena transición, el PS jugó un rol fundamental en forjar la alianza entre el mundo de la izquierda y la DC. En esta tarea los socialistas –a pesar de sus diferencias– lograron influir de manera efectiva en la creación de una gran coalición con vocación de mayoría que logró arrasar en las elecciones presidenciales de Aylwin y Frei.

Sin embargo, a finales de los noventa –y en pleno Gobierno de Lagos– ocurre una de las grandes crisis al interior de la Concertación. La discusión entre autocomplacientes y autoflagelantes derivó en el quiebre del PS y en la posterior salida de Arrate, Ominami y Navarro de sus filas, influenciados evidentemente por los errores en la conducción del entonces presidente del PS Camilo Escalona.

Si en un principio los conflictos al interior del PS estaban condicionados por las diferentes interpretaciones acerca de la forma en que se debía llevar a cabo la transición, lo que vino después fue un escenario de disputas internas que tuvo como único motivo el control del aparato interno del partido, y así contar con posiciones de influencia para instalar militantes afines en el aparato Estatal. Las alianzas electorales internas comenzaron a tener dinámicas de construcción de mayorías, agotando el debate y transformando poco a poco al PS en un partido del orden.

El Partido Socialista como organización se encuentra hoy en una crisis orgánica y de contenidos, influenciada por la situación antes descrita, como también por las formas institucionales del Partido.

El PS, que antes fuera bautizado como “la casa de la izquierda” –por acoger a todas las corrientes de izquierda no comunista–, se ha transformado en un partido homogéneo con poca capacidad de albergar a sectores disidentes y con una evidente pérdida de terreno en la representación del mundo de la izquierda. De ahí el surgimiento de otros movimientos políticos que han intentado representar esos espacios, como Revolución Democrática, Izquierda Autónoma o la propia Izquierda Ciudadana.

Teniendo en cuenta esta situación, es necesario que el socialismo chileno recupere su rol histórico si desea seguir siendo un partido con vocación articuladora y de mayoría. Debe volver a ser el lugar de convergencia de los diferentes, de formación de cuadros intelectuales, que logren dotar de sentido y contenido a la ambiciosa agenda de reformas que quiere impulsar este nuevo gobierno de la centroizquierda.

De ahí la relevancia de generar un nuevo proceso de convergencia y reagrupación de las corrientes internas para recuperar el debate y la real competencia política en el seno del socialismo. Esto no significa traicionar el rol de lealtad que debe tener el partido con el gobierno, sino que, más bien, retomar su curso histórico en el comienzo de este nuevo ciclo: volver a ser lugar de convergencia de las izquierdas y centroizquierdas del país.

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