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Editorial

Editorial: La sombra del tema Mapuche y el 21 de Mayo

por 12 mayo 2014

Editorial: La sombra del tema Mapuche y el 21 de Mayo
No hay cambio de ciclo político si los elementos significantes de todo el sistema no se reordenan. La representación política, los principios de orientación de la Constitución, los derechos sociales garantizados, el pacto económico, la administración del territorio y la jerarquía y reconocimiento de los actores, entre ellos, el pueblo mapuche.

En Nigeria un grupo terrorista islámico, Boko Haram, ha raptado a cientos de niñas bajo la consigna que le da nombre a su organización: “La educación no islámica es pecado”. Esa lógica básica de  violencia extremista es pariente de aquella que piensa que un buen programa de políticas públicas puede desactivar un problema que tiene profundas raíces culturales y políticas.

La violencia contra las personas no es sólo un acto físico. También es un acto simbólico, por ejemplo, de omisión cultural o política, que puede ser extraordinariamente violento. En ambos casos, el de Boko Haram o el de las políticas públicas de asimilación, se simplifica la realidad y se cae en el totalitarismo. Ellas eliminan cualquier disidencia u opinión en contrario, bajo la premisa de que el mundo carece de diversidad o que en materia de nacionalidades las emociones y los simbolismos ancestrales pueden borrarse.

El actual gobierno, inserto en su concepto de cambio de ciclo político, tiene una tarea difícil por delante en este tema, porque debe entregar un mensaje más allá de la coyuntura y los problemas que enervan el día a día de la agenda, indicando el curso político y estratégico para la solución de un problema que lleva demasiado tiempo represado y que requiere soluciones integrales.

 La eventualidad de presos mapuches, condenados con la ley antiterrorista, y que mueren en la cárcel en medio de una huelga de hambre, rondará nuevamente este 21 de mayo. Ello sólo es pasto para intereses extremistas de todo signo y no admite ya un trabajo con simples mesas de diálogo o mediaciones eclesiales.

No hay cambio de ciclo político si los elementos significantes de todo el sistema no se reordenan. La representación política, los principios de orientación de la Constitución, los derechos sociales garantizados, el pacto económico, la administración del territorio y la jerarquía y reconocimiento de los actores, entre ellos, el pueblo mapuche. Si lo que se está entendiendo por cambio de ciclo político sólo abarca la renovación generacional de las elites y los problemas siguen intactos, no hay cambio efectivo, y la prospectiva que nace es de crisis de gobernabilidad. Independientemente del tiempo que ella tome para madurar.

La gobernabilidad democrática no es un ejercicio de equilibrio institucional ni la satisfacción artificial y simultánea de todos los intereses en juego. Es un aprendizaje en proceso de los cambios necesarios y su jerarquización para introducirlos en la institucionalidad, y dar así curso pacífico y estable a las nuevas demandas sociales. La gobernabilidad democrática no elimina el conflicto, sino que lo transforma en controversia y lo orienta a la construcción de una nueva legitimidad social de forma pacífica, con la menor utilización de la fuerza.

Enfrentar el tema mapuche desde esa perspectiva implica innovar de manera honesta y clara, y afirmarse al menos en dos pilares políticos estructurales: autonomía política funcional, que incluye representación propia en el Parlamento y reconocimiento constitucional de nación; y derechos de propiedad territorial y/o participación en los negocios generados en los territorios ancestrales. Ambos aspectos que están contenidos en el Convenio 169 de la OIT, del cual nuestro país es parte.

Un enfoque de tal naturaleza, hecho desde la política y no del marketing comunicacional, permitiría manejar la agenda. Parece un enfoque dramático, pero estamos frente a una realidad cruda que ya trascendió los límites entre ciudadanos y autoridad,  con enorme connotación para la gobernabilidad y la paz social en los territorios afectados, y que tiene agotados los mecanismos tradicionales.

La sola aceptación de su debate o, incluso, su implementación en una eventual primera etapa, no acallarán ni terminarán de inmediato con la intensidad de los problemas, pero pondrían un sentido de seguridad y un horizonte estratégico que hoy no existe.

La complejidad radica en que en la república oligárquica de Chile el concepto iguales en la diversidad y con iguales derechos, no es apreciado por todos los actores políticos. Prueba de lo cual es la insatisfacción de la demanda de autonomías regionales, y que la lógica del Estado subsidiario sigue entregando al mercado el papel central en el funcionamiento del orden social. Ello afecta a todos los habitantes del país.

La eventualidad de presos mapuches, condenados con la ley antiterrorista, y que mueren en la cárcel en medio de una huelga de hambre, rondará nuevamente este 21 de mayo. Ello sólo es pasto para intereses extremistas de todo signo y no admite ya un trabajo  con simples mesas de diálogo o mediaciones eclesiales.

La política no es publicidad ni los gobiernos ideología. Las soluciones  de los grandes problemas de un país tienen que ver con valores y visiones de vida, y requieren líderes con decisión y voluntad real. Esa es la prueba.

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