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Opinión

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Eyzaguirre y su reforma desde arriba

por 16 mayo 2014

Eyzaguirre y su reforma desde arriba
Dos límites claros se colocan desde La Moneda, uno por arriba desde el cielo teórico político, y otro desde abajo, desde el diseño y la implementación práctica: la primera tesis que parece amenazar a los intereses económicos y la segunda –que es la que importa– que de verdad, lo que hace, es tranquilizarlos: es la que predominará aparentemente.

Este lunes en un acto en La Moneda se firmarán finalmente los proyectos de educación del nuevo gobierno de Michelle Bachelet, que apoyado directamente por la Nueva Mayoría (Concertación + PC) e “indirectamente” por Revolución Democrática, Educación 2020 y sectores afines a todas estas nuevas redes de poder político, marcará el inicio de un proceso en el que por fin podremos evaluar si realmente hay o no “cambio de paradigma” en el modelo educacional chileno.

No sólo se constituirá en un gran desafío para la nueva aristocracia funcionaria estatal, o para los nuevos expertos en educación que configuran la generación de recambio del club de elite que diseñó y pilotó la reformas educacionales desde los 90, o para el Colegio de Profesores más domesticado de las últimas décadas en nuestro país, o para los militantes de base de los partidos de la Concertación y el PC que hacen su trabajo de persuasión política en las organizaciones sociales más comprometidas con este proceso de reforma, en particular en las organizaciones estudiantiles y universitarias.

La reforma de baquelita

No sólo para ellos… Es decir, claro que es también un desafío político para ellos, pero sólo de segundo nivel porque están, precisamente, en ese segundo nivel de trabajo territorial y de articulación persuasiva. Más bien, es claro que en rigor será un desafío político no menor sobre todo para quienes desde La Moneda tienen que controlar, primero, la agenda comunicacional de la Presidenta (que hasta el minuto no ha tenido grandes sobresaltos) y, segundo, salvaguardar la disciplina política al interior de una coalición que, sin duda (en esto no hay novedad) se dividirá ante (1) las reacciones de los sectores estudiantiles que empujan la agenda hacia cambios reales y no meramente cosméticos, (2) las reacciones del club tradicional de expertos que favorecen los intereses de las élites económicas que controlan el negocio de la educación en nuestro país, (3) las reacciones de sectores de la Iglesia (fundamentalmente presentes en la FIDE) que no pretenden por nada terminar con el lucro y la selección en sus escuelas particulares subvencionadas, (4) las reacciones más conservadoras en los mismos partidos tradicionales de izquierda, como el PS, que con Escalona se puede transformar (pasando cuentas) en una piedra en el zapato importante, y sin contar, por cierto, (5) el archisabido discurso opositor de la derecha política que amedrentará a la opinión pública con el retorno de la ENU, el adoctrinamiento soviético o una nueva campaña que buscará gestionar el miedo mediante el recurso a fantasmas del pasado, ya, por cierto, harto mistificado en cuanto a estas materias.

Emergerá el clásico problema que está en el corazón del fracaso de la reforma educativa ya en marcha en nuestro país, que fue diseñada en los 90 por un grupo de elite, desarrollada por ese mismo grupo de élite, incluso más, evaluada por el mismo grupo y, peor aún, re-reformada por ellos mismos. Los mismos que provocaron la crisis que nos llevó al 2011, son los que de tanto en tanto nos entregaron (y nos siguen entregando) recetas sobre la base de los mismos instrumentos, para superarla.

En concreto, los problemas a gestionar serán del todo evidentes. Uno en particular. Nuevamente se tratará de proyectos que se escriben, diseñan y piensan desde arriba. La firma de ellos en La Moneda no es sino el sello de que –tal como lo hizo Sebastián Piñera en su momento– los proyectos no se gestionarán desde ningún –llamémoslo así– “desliz de creatividad procedimental”, es decir, desde una participación ciudadana masiva, convocante y vigilante, por cierto, de que lo que se prometió como cambio de paradigma, finalmente se cumplirá. Emergerá el clásico problema que está en el corazón del fracaso de la reforma educativa ya en marcha en nuestro país, que fue diseñada en los 90 por un grupo de elite, desarrollada por ese mismo grupo de élite, incluso más, evaluada por el mismo grupo y, peor aún, re-reformada por ellos mismos. Los mismos que provocaron la crisis que nos llevó al 2011, son los que de tanto en tanto nos entregaron (y nos siguen entregando) recetas sobre la base de los mismos instrumentos, para superarla.

El conflicto es evidente. Si bien es cierto, no tenemos noticias de quiénes son los que están detrás de la escritura de los nuevos proyectos, es altamente probable que sean o los mismos del grupo de siempre, o bien sus hijos putativos y bien amados que piloteados a control remoto, y de los cuales alguno perfectamente aún no ha sido capaz de matar al padre: es mucho lo que hay en juego.

La Presidenta Bachelet ha estado muy ausente del debate público, es cierto. Ha dado un par de entrevistas melifluas, pero sin entrar de lleno y en serio en ninguna controversia importante relativa a sus prometidas reformas estructurales, esas que ahora llaman simplemente “pilares”. Su ausencia es parte de un diseño –archiconocido– que le evita cualquier desgaste comunicacional ante la opinión pública. Lo que le ha rentado hasta ahora, por qué iba de ser reemplazado. Normal.

Sin embargo, la Presidenta Bachelet casi sin quererlo, mientras el ministro Eyzaguirre lo que hace es seguir la estrategia de ganar minutos por la vía de nunca quedar mal con nadie, se ha despachado dos frases fuera de cartón –esos guiones que rigurosamente sigue y lee– que llaman la atención.

La primera de ellas afirmaba que la reforma en educación implicaba un cambio paradigmático (nada más y nada menos) haciendo alusión al reemplazo de la lógica de mercado por una de derechos sociales. Y la segunda afirmación –no menor y perentoria– mandataba a que la reforma de la educación no repitiera la crisis del Transantiago, llevando más bien así agua al molino de la gradualidad, propia de un reformismo pausado que no daña a nadie, y distinta al inmediatismo de la reforma del transporte público que fracasó. En rigor, es muy plausible pensar que se trata de una tesis que tranquiliza, sin paradoja, a los mismos que tienen atrapada la educación en la lógica de mercado, buscando las mejores alternativas para ellos, so pretexto del resguardo de los derechos educativos de los niños y sus familias. Es la vuelta de tuerca que están esperando dar en el mejor momento y que veremos cómo se articula desde el lunes.

Así el escenario, la coyuntura de un par de semanas más perfectamente podría ser la siguiente: presa del marasmo de los intereses económicos de siempre, o atrapada en la red de políticos profesionales y lobistas de Estado que trabajan para las grandes, medianas y hasta pequeñas corporaciones, o controlada directamente por el club de expertos en educación, aunque podría ser también vía control remoto a través de los nuevos funcionarios de alto rango en el Mineduc, o todas las anteriores en verdad, el caso es que la tan esperada Reforma a la Educación podría resultar siendo simplemente una “reforma de baquelita”, de baquelita y desde arriba.

El espejismo neoliberal

En tanto, mientras la reforma seguirá su curso institucional, el ministro parece no percatarse de cómo es una movilización social, cómo trabaja sobre sus propias certezas históricas y cómo puede también transformarse en un flanco que, por muy poco, le puede quitar a él toda la fuerza que hasta el momento parece tener su base de flotación. Si el ministro pierde la agenda, es La Moneda la que se desestabiliza y en su línea de diseño estratégico de gestión. ¿Cómo así?

La movilización estudiantil del año 2011 operó en concreto como la expresión visible de un malestar acumulado por años de políticas neoliberales. Sin embargo, para todos fue evidente que al cuestionar los fundamentos del modelo educacional, se estaban cuestionando las bases mismas de todo el sistema en su conjunto que se replica, cual teoría fractal, a escala y con la misma lógica, en todos los pliegues sociales y casi todas las dimensiones de la vida cotidiana.

En un libro publicado el año 2012, el historiador Mario Garcés, haciendo una evaluación de la movilización del año 2011, la más grande movilización social de los últimos 20 años, afirmó lúcidamente que, en rigor, las luchas de los estudiantes adquirían un “carácter antisistémico, es decir, antimodelo neoliberal”, e incluso que podían ser entendidas como “lucha anticapitalista”.

Lo lúcido del análisis consistía en afirmar que “esta perspectiva complejiza las cosas y pone a los estudiantes ante un desafío que probablemente los supere –este es el punto que quiero destacar–, no en sus capacidades y deseos de un cambio mayor de la sociedad chilena, sino porque supone otras tareas, sumar a otros actores y movimientos sociales, que en conjunto sean capaces de producir cambios políticos mayores, pero también colaborar en el desarrollo de iniciativas que contribuyan a hacer surgir las formas de una sociedad alternativa existente” (El despertar de la sociedad, LOM, p. 139).

En el espacio de aquello que los superaba, se materializó un discurso político que poco a poco lo que fue haciendo fue cooptar su sentido (el sentido de la movilización social) para reorientarlo hacia una discusión reformista del modelo (el otro modelo) y para finalmente petrificarlo en un programa de gobierno que fue el que efectivamente triunfó con el arribo al poder de la Nueva Mayoría. Las respuestas de los gobiernos de Piñera y de Bachelet, más las de todo el sistema político han estado, no obstante, amarradas a las dinámicas que el mismo modelo neoliberal le ha otorgado al Estado, al gobierno y al diseño binominal de orden político (y no sólo al orden económico financiero). La puerta giratoria del Ministerio de Educación, con ministros que se sucedían el uno al otro desde el 2011, no es más que un juego de máscaras a la hora de evaluar el verdadero impacto de la movilización estudiantil.

Hoy, por ejemplo, si evaluamos con los mismos criterios institucionales que provocaron la destitución de Harald Beyer por su inoperancia en materia de cumplimiento de funciones, esos criterios podrían servir para evaluar cómo no ha estado el ministro Eyzaguirre a la altura de las circunstancias, y lo más grave, cómo el gobierno de Michel Bachelet y su coalición de la Nueva Mayoría no han hecho nada de significativo en lo que se prometió como un “cambio de paradigma”.

En efecto, considerando la información pública relativa a las posibles irregularidades que se han advertido en las universidades del Grupo Laureate, las universidades de las Américas, Andrés Bello y de Viña del Mar; considerando, además, la información pública respecto a las posibles irregularidades de la Universidad Gabriela Mistral; y más aún, considerando la información pública respecto a las posibles irregularidades de la Universidad ARCIS, ¿qué de relevante y en concreto han hecho el ministro Eyzaguirre y el gobierno de Michelle Bachelet ante esta información pública? Pues, enviar un proyecto (el del interventor) que perfectamente puede de ser catalogado de “proyecto de baquelita” también, pues no toca en nada al modelo de mercado de la educación superior, y simplemente augura una institucionalidad nueva e intermedia antes de la posible quiebra o cese de alguna universidad. La Concertación o Nueva Mayoría reinaugurando su particular “neoliberalismo con rostro humano”.

La pregunta la hicieron los estudiantes el día después de la primera manifestación en las calles este año: ¿qué sucedería si analizamos la misma legislación vigente que provocó la caída de Beyer, ahora, en la perspectiva de Eyzaguirre? Es decir, qué ha hecho este ministro en materia de fiscalización y cumplimiento de sus funciones en virtud de la Ley Orgánica Constitucional de Bases Generales de la Administración del Estado (Nº 18.575), la Ley Orgánica del Ministerio de Educación (Nº 18.956), la Ley de Bases de los Procedimientos Administrativos que rigen los actos de los órganos de la Administración del Estado (Nº 19.880), el Estatuto Administrativo (Ley Nº 18.834), el D.F.L. Nº 1 de 3 de enero de 1981 que Fija Normas sobre Universidades, el D.F.L. Nº 2 que Fija el texto refundido, coordinado y sistematizado de la Ley Nº 20.370 con las normas no derogadas del Decreto con Fuerza de Ley Nº 1 de 2005, artículo 64 de la LGE, y la Ley de Crea el Sistema Nacional de Aseguramiento de la Calidad (Nº 20.129). La respuesta podría ser una de terror para el ministro, pero no así para el modelo: ¡que pase el siguiente!

En ese sentido es muy criticable el nuevo proyecto del “interventor de universidades”, es cierto, pero no por las razones de un Carlos Peña o de la UDI, sino precisamente por las razones que el movimiento estudiantil levantó en ese extraordinario encuentro de subjetividades del año 2011.

Por otro lado, el problema que todo el mundo advierte hoy respecto a las “capacidades movimientistas” de articulación de los estudiantes es, sin duda, un problema (la presidenta de la FEUC juega un rol en ello evidentemente). No es fácil articular un movimiento que en sus bases tiene mucho de la Nueva Mayoría y de cooptación político partidista. Es un problema concreto y verdadero. Tampoco es difícil advertir que el discurso de la izquierda extra Partido Comunista tiene dificultades de configuración, propuesta y liderazgo, que además se ve mermado o por el fenómeno de los encapuchados o por el fenómeno de la burocratización estatal como forma de vida. Quizás sea el antiguo líder estudiantil Guillermo Petersen el mejor ícono de este fenómeno.

No obstante lo anterior, la pesadilla que puede provocarse por la posible catástrofe en las universidades de las Américas, Andrés Bello, de Viña del Mar, Gabriela Mistral o ARCIS, puede llevarnos de bruces nuevamente al año 2011, pues una cosa es hablar de “cambio de paradigma” o de “no hacer el Transantiago de la Educación”, como dijo la Presidenta, y otra es tropezar de nuevo con la misma piedra. Un escenario percibido así, no es sino una nueva fórmula aglutinante que, si lo pensamos bien, está ahí, al otro lado del mismísimo espejo de Eyzaguirre.

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