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Humanismo animalista

por 17 mayo 2014

Si hay un punto en el que el humanismo animalista sí va a contrapelo de las creencias comunes y corrientes, y de las normas morales tan inculcadas en la sociedad que se hacen invisibles, es en la negación de que cualquier vida humana siempre y sin excepciones tenga precedencia por sobre cualquier otro tipo de vida, por el solo hecho de ser eso: humana. Esto es el cuestionamiento a lo que el psicólogo Richard Ryder bautizó en 1970 como “especiecismo”: una preferencia moral injustificada por los miembros de la propia especie en desmedro de los miembros de otras. Este dogmatismo especiesista tan fanático como el que Gumucio denuncia es lo que un humanismo animalista bien entendido pone en duda.

En pleno incendio de Valparaíso, el columnista Rafael Gumucio fue objeto de las más acérrimas descalificaciones a propósito de un polémico twitteo suyo, donde calificaba de "#vergüenzaajena la conducta de 'algunos hipster' que fueron a salvar perros y gatos en lugar de compatriotas". Tanta fue la oleada de comentarios odiosos y hasta amenazantes que recibió, que Gumucio se dio el trabajo de escribir una columna defendiéndose de los ataques y lamentando que mientras “unos pocos, muy pocos discuten lealmente y no pocas de sus razones tienen lógica o demuestran al menos un buen corazón, la mayoría, una mayoría aplastante, una mayoría aterrante insulta y sigue insultando hasta que pidas disculpas por no pensar como ellos.”

Tiene razón Gumucio de que desearle la muerte a alguien por atreverse a manifestar su punto de vista no es la mejor estrategia si lo que se quiere es hacer valer las propias convicciones mediante los argumentos y no la fuerza bruta y la intimidación. Pero tanto él como sus más extremistas adversarios se equivocan al presentar la defensa de los animales como una causa mayoritariamente opuesta a la defensa de los humanos; como si los derechos humanos y los derechos animales fueran excluyentes, como si no se pudiera respetar a ambos sin contradicción.

En el caso específico del incendio de Valparaíso, si alguien merece crítica es la gran mayoría que se quedó sentada mirando las imágenes espectaculares del fuego desde su sofá y no ayudó ni a sus pares ni tampoco a perros ni gatos. La vergüenza ajena, en buenas cuentas, es para quienes se quedaron impávidos en lugar de ayudar a alguien, humano o no humano. “Claro –dirá Gumucio–, el problema con los animalistas es que, si tienen que elegir entre salvar a una guagua o a un gatito, salvarán al segundo”. Pero aquí no existió nunca esa disyuntiva, ya que había abundancia de manos para ser tendidas a quienes lo necesitaban, bípedos o cuadrúpedos.

Si hay un punto en el que el humanismo animalista sí va a contrapelo de las creencias comunes y corrientes, y de las normas morales tan inculcadas en la sociedad que se hacen invisibles, es en la negación de que cualquier vida humana siempre y sin excepciones tenga precedencia por sobre cualquier otro tipo de vida, por el solo hecho de ser eso: humana. Esto es el cuestionamiento a lo que el psicólogo Richard Ryder bautizó en 1970 como “especiecismo”: una preferencia moral injustificada por los miembros de la propia especie en desmedro de los miembros de otras. Este dogmatismo especiesista tan fanático como el que Gumucio denuncia es lo que un humanismo animalista bien entendido pone en duda.

En cuanto a los casos donde sí se presenta la disyuntiva y donde realmente nos vemos obligados a elegir entre salvar a un hombre o a cualquier otro animal no humano, ninguna de las posiciones éticas más relevantes que promueven los derechos animales favorecen necesariamente el rescate del segundo sobre el primero. Si se toma una perspectiva utilitarista a la Peter Singer, la mayor cantidad de preferencias coartadas a futuro bastan para preferir al Homo Sapiens (mientras esté en uso de sus capacidades racionales) por sobre cualquier otro animal no humano. Si se toma una perspectiva deontologista a la Tom Regan, sólo son sujetos de derecho quienes tienen algún grado de autoconciencia (y, dentro de éstos, con más razón quienes más racionalidad poseen), restringiendo de nuevo las posibilidades de optar por el no humano sobre el hombre. En cuanto a una ética de la virtud que considere a animales no humanos como sujetos morales, la complejidad psíquica y emocional mayor de los primeros por sobre los segundos también favorecería salvar a aquéllos antes que a éstos. Incluso para quienes defienden los derechos de los animales a no ser utilizados instrumentalmente (como Gary Francione), no sería obvia la elección del gato por sobre la guagua, por así decirlo: a lo más, la disyuntiva plantearía un dilema ético, una situación en la cual no hay opción moralmente correcta y hágase lo que se haga dañará los intereses fundamentales de alguien... humano o no. En resumen, preferir la salvación de un gato por sobre un hombre (porque el primero es gato y el segundo “miembro de la especie más dañina que ha pisado la Tierra” –como diría Gumucio que dirían los fanáticos–) está lejos de constituir la postura mayoritaria de quienes promueven el respeto por los animales y buscan elevar su estatus moral. Al revés, la sensibilidad por la causa de los animales va generalmente aparejada a una mayor sensibilidad hacia la causa de los derechos humanos: una postura que bien podría denominarse “humanismo animalista”. Exponente paradigmático de una posición tal fue Albert Schweitzer, médico voluntario en medio de África cuando el concepto de “Médicos sin fronteras” aún no existía, y proponente al mismo tiempo de una ética de reverencia por la vida. Ésta, en resumen, consiste en reconocer que necesitamos matar para vivir y que lo único que podemos hacer al respecto es hacernos cargo de ello, tomando decisiones responsables que minimicen el daño causado. En la práctica, esto se traduce en preferir, por ejemplo, comer legumbres que cerdos, vestir parkas de polar en lugar de abrigos de chinchilla, y no derrochar recursos que puedan servir a otros.

Ahora bien, si hay un punto en el que el humanismo animalista sí va a contrapelo de las creencias comunes y corrientes, y de las normas morales tan inculcadas en la sociedad que se hacen invisibles, es en la negación de que cualquier vida humana siempre y sin excepciones tenga precedencia por sobre cualquier otro tipo de vida, por el solo hecho de ser eso: humana. Esto es el cuestionamiento a lo que el psicólogo Richard Ryder bautizó en 1970 como “especiecismo”: una preferencia moral injustificada por los miembros de la propia especie en desmedro de los miembros de otras.

Este dogmatismo especiesista tan fanático como el que Gumucio denuncia es lo que un humanismo animalista bien entendido pone en duda, y el que ha hecho que animalistas como el propio Singer reciban (si no amenazas de muerte) insultos y escupitajos de audiencias ciegamente pro Homo Sapiens. Cuestionar las normas morales aceptadas y las creencias establecidas es así el objetivo primordial de un humanismo animalista bien concebido, y no la salvación de perros y gatos a costa de seres humanos.

Esto último es una caricaturización de dicha postura, así como también sugerir que nada bueno puede esperarse de los vegetarianos si Hitler era uno. (Con esa misma lógica, ¿qué diríamos de la brutalidad de los omnívoros, considerando que Stalin, Pol Pot, Milosevic y Atila –y prácticamente la lista completa de genocidas a lo largo de la historia– sí comían animales?).

En fin, la tónica del debate por los derechos animales en Chile ha sido hasta ahora una de extremos, y ya sería tiempo de abandonarla. Hay medidas simples y que ya se han tomado en otros países para avanzar en esta materia (principalmente regulaciones para acabar con la industrialización de la vida animal), pero no llegaremos a ellas desde las posiciones extremas que caricaturizan o criminalizan a sus oponentes. Las posturas intransigentes siempre son más fáciles que las tolerantes. Es hora de que nos movamos hacia las segundas.

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