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Clasismocracia en educación

por 21 mayo 2014

Clasismocracia en educación
Cuando cambie la regulación y la lógica darwiniana de la segmentación de oportunidades, directores, docentes, autoridades y profesores universitarios ya no tendremos a un externo a quien culpar. Veremos entonces si desechamos la clasismocracia o, como actualmente sucede con la prohibición de la selección hasta 6° básico, la rescatamos mediante el conocido cinismo nacional que se basa en frases como “hecha la ley, hecha la trampa” o “se acata pero no se cumple”.

Los índices de gasto privado en educación en Chile muestran que las familias siguen con sus esperanzas puestas en la educación como una vía para la movilidad social y la mejora en la calidad de vida.

Chile, el país más desigual y uno de los más segregados de la OCDE, tiene también una de las mayores proporciones de gasto privado en educación en comparación con el gasto público entre los países de esa organización. Además, la educación superior en Chile es una de las más caras del mundo, considerando el poder adquisitivo de los países.

Con todo en contra, las familias hacen grandes esfuerzos por acceder a la educación con la expectativa de mejorar sus condiciones de vida.

Las familias, por tanto, creen en el esfuerzo y en la meritocracia, y por ello invierten en educación.

Nuestro sistema educativo, escudado en un discurso de equidad y meritocracia, les ofrece a las familias clasismocracia. La etimología de la palabra pudiera no tener sentido, pero entiéndase como el acuerdo implícito que hay en el sistema educativo y sus políticas de organización y financiamiento por legitimar como esfuerzo personal las ventajas de origen social y convertirlas en logro personal.

Operamos bajo las reglas de la clasismocracia y, a pesar de manejar conceptos como equidad e inclusión en educación, al final premiamos la ventaja social y la transmutamos en mérito académico y esfuerzo individual en una alquimia delirante de justificación de las desigualdades.

En el sistema escolar las familias pueden acceder a la educación que corresponde a su clase social. Las familias más vulnerables solamente pueden acceder a escuelas en las cercanías de su hogar, siempre y cuando estas acepten a los estudiantes. Adicionalmente, las familias solamente pueden enviar a sus hijos a establecimientos con un copago que pueda financiar su presupuesto.

El sistema escolar, por lo tanto, estratifica desde el prekínder a los niños según su origen social. Pobres sin copago en un tipo de colegio, pobres con copago de dos mil mensuales en otro tipo de colegio, y así sucesivamente hasta llegar a los ricos en colegios privados con cuotas de incorporación y pagos mensuales estratosféricos.

Se ordena a los establecimientos por resultados SIMCE, que representan mérito para algunos, pero que se explican en más de 50% por el nivel socioeconómico promedio de la escuela y el individual de los alumnos. Es decir, se ordenan por clase social.

En la educación superior se elige y financia a los estudiantes por mérito académico, entendido como resultados en la PSU. Como los resultados están determinados por el origen social, que a su vez determina el tipo de educación al que se accede, se elige y financia preferentemente la educación de los más aventajados. En este nivel educativo, también existe segregación por selectividad de universidad. Nuevamente, se elige por clase social.

Operamos bajo las reglas de la clasismocracia y, a pesar de manejar conceptos como equidad e inclusión en educación, al final premiamos la ventaja social y la transmutamos en mérito académico y esfuerzo individual en una alquimia delirante de justificación de las desigualdades.

El inminente cambio de reglas del juego en educación nos someterá a los actores educativos a un riguroso examen de ética en nuestras acciones. ¿Seguiremos actuando con la lógica de la clasismocracia que hemos internalizado después de décadas de funcionar con las reglas del sistema educativo actual?, o bien, ¿estaremos a la altura del espíritu de las leyes que prohibirán la selección?

Cuando cambie la regulación y la lógica darwiniana de la segmentación de oportunidades, directores, docentes, autoridades y profesores universitarios ya no tendremos a un externo a quien culpar. Veremos entonces si desechamos la clasismocracia o, como actualmente sucede con la prohibición de la selección hasta 6° básico, la rescatamos mediante el conocido cinismo nacional que se basa en frases como “hecha la ley, hecha la trampa” o “se acata pero no se cumple”.

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