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Diversidad sexual y dialéctica de normalización

por 25 mayo 2014

La mayor integración de una comunidad desplazada, silenciada, herida por la sociedad y las instituciones, nos hablan de acciones que tienden a reparar el letargo en que se han visto envueltos. Para ello es necesaria la mayor educación contra la no discriminación de las sexualidades no tradicionales e identidad de género en las escuelas, para formar una sociedad integradora, pluralista, libre y racional. De la misma manera, diferenciar las aptitudes de las personas transexuales, intersex, entre otras, no debería convertirse en una acción cotidiana que pase por su físico, como lo es hoy en día por su re significación corporal. ¿De qué sirve que una persona trans decida educarse si luego las puertas laborales se le cierran porque ven a un hombre convertido en mujer?

Manteniéndose aún fresca en la memoria la marcha por la igualdad del sábado 17 de mayo, cabe la pregunta ¿por qué un grupo de personas se siente discriminada y marcha pidiendo reconocimiento?. Si el reconocimiento parte de las capacidades que se le atribuyen socialmente a un ser humano, y se le otorga cierto nivel social a partir de ello, ¿por qué se estaría negando la capacidad del individuo para posicionarse identitariamente dentro de la sociedad? La respuesta pareciera estar en las problemáticas que establece la normalización de las conductas sexuales y el individuo. Sin embargo, la normalización no necesariamente es antagónica o niega la libertad del sujeto en la sociedad, por lo que pareciera ser que lo que restringe al individuo sería su propia lectura que haga frente a estos principios.

Si el hombre en esencia es considerado como un individuo capaz, se le debería entonces catalogar según sus propias destrezas, de la misma forma, el hombre debería reconocerse como tal en base a ello. En este sentido, la capacidad de definirse individualmente, debería responder a un proceso de autoconocimiento y desarrollo de habilidades sociales más que aceptar los postulados propios de las instituciones. Normalmente se ha visto a las instituciones médicas y psiquiátricas como el bastión de una sociedad patriarcal, que domina y realiza una violencia simbólica que estructura al sujeto. Responsables de desarrollar un discurso, de carácter científico y hasta laico, que promueve la discriminación patológica frente a actos que se disocian de las conductas normales de las relaciones entre los sexos binarios.

Sin embargo, ¿cómo podemos mantener esta serie de lecturas y juicios, respecto a una parte de la población, si las propias instituciones que avalaban estas propuestas han ido acabando con estas teorías? Cuando se hablaba de la peligrosidad del homosexual en la sociedad, dentro de un contexto dominado por la influencia de la Escuela Clásica y Positivista, además de una sociedad conservadora, se realizaba a partir de una situación puntual, el escandalo producido en la sociedad por la conmoción de la violación de menores de edad. El sujeto que cometía estos hechos era considerado por sobre todo un criminal, además de inmoral por no respetar la sana convivencia dentro de la sociedad. De la misma forma, se le enmarcaba en la figura del homosexual por su accionar, aspecto discutible ya que judicialmente sólo se condena el acto en sí mismo sin la mirada esencialista, que prodigaba el discurso médico y psiquiátrico. La punibilidad de estos actos velaba por la integridad de toda la población, de todos los individuos, para el no sometimiento a actos barbáricos, ni mucho menos el empleo de la fuerza bruta para someter a una persona a actos que atenten contra su dignidad y libertad. De la misma manera, ¿cómo hablar de hechos sociales que atentan contra el pudor y la educación inculcada hasta entonces? Sinceramente, lo que pareciera quedar de todo ese tiempo inmaculado es la escala de valores que, en alguna medida, todavía nos rige.

La mayor integración de una comunidad desplazada, silenciada, herida por la sociedad y las instituciones, nos hablan de acciones que tienden a reparar el letargo en que se han visto envueltos. Para ello es necesaria la mayor educación contra la no discriminación de las sexualidades no tradicionales e identidad de género en las escuelas, para formar una sociedad integradora, pluralista, libre y racional. De la misma manera, diferenciar las aptitudes de las personas transexuales, intersex, entre otras, no debería convertirse en una acción cotidiana que pase por su físico, como lo es hoy en día por su re significación corporal. ¿De qué sirve que una persona trans decida educarse si luego las puertas laborales se le cierran porque ven a un hombre convertido en mujer?

Somos herederos de un sistema que cataloga una serie de comportamientos sociales, y del establecimiento de reglas que dan valor a nuestras conductas. Hemos convertido la experiencia de la sexualidad en un eje de conformación del conocimiento, en donde hay que reconocer al otro, y reconocerse a sí mismo a través de las concepciones de anormalidad que existan. De esta forma, la identidad de los individuos está marcada socialmente por su historia y lo que han realizado. De forma paralela ¿cómo podemos sostener la idea de normalización sobre el individuo si el mismo sujeto puede crear su realidad? El sujeto al verse caracterizado por su capacidad para crear puede rebasar los límites teóricos que limitan su accionar según su categoría. De esta forma, una identidad de género transgresora como un transexual puede re significar su propia discriminación, y desarrollarla como material pedagógico para enseñar en las clases de sexualidad de los colegios.

Pero dado que la Escuela tiene la característica de formar ciudadanos ¿sería posible implementar un sistema de educación sexual propiciado por minorías sexuales?, ¿Atentaría ese modelo contra las cualidades del ciudadano que se está formando? Si desplazamos las consideraciones morales hacia un punto neutro, y descartamos los elementos de juicio valórico hacia la comunidad LGBIT, propiciaríamos las condiciones para que esta comunidad pueda expresarse libremente, conformando mentalidades críticas con una amplia visión de las problemáticas sociales y pluralistas en su conformación. Se conformaría un discurso coherente con las diferentes perspectivas y relatos que confluyen en su elaboración. ¿Sería malo entonces otorgarle un mayor reconocimiento a la comunidad LGBIT para entrar a los espacios académicos y de formación?

La mayor integración de una comunidad desplazada, silenciada, herida por la sociedad y las instituciones, nos hablan de acciones que tienden a reparar el letargo en que se han visto envueltos. Para ello es necesaria la mayor educación contra la no discriminación de las sexualidades no tradicionales e identidad de género en las escuelas, para formar una sociedad integradora, pluralista, libre y racional. De la misma manera, diferenciar las aptitudes de las personas transexuales, intersex, entre otras, no debería convertirse en una acción cotidiana que pase por su físico, como lo es hoy en día por su re significación corporal. ¿De qué sirve que una persona trans decida educarse si luego las puertas laborales se le cierran porque ven a un hombre convertido en mujer?

El sistema de restricciones y reglamentaciones que pareciesen manipular nuestro desempeño en la sociedad, debe verse reformulado por la propia acción del individuo para el mejor goce de las libertades del ser. Reconocer a las minorías sexuales, deshaciéndonos de los juicios valóricos, debe ser el norte de una sociedad que busca dejar tener elementos extraños. Si la heterosexualidad también es parte de la diversidad sexual, y están al mismo nivel de lesbianas, gays, bisexuales, transgeneros, transexuales, asexuales, hermafroditas e intersexos ¿Por qué no incluirlas en un mismo relato de sexualidad, que se dé desde la infancia, para realizar una lectura más completa?

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