Viernes, 30 de septiembre de 2016Actualizado a las 06:59

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Modernidad, neoliberalismo y el rol de las humanidades

Después un periodo álgido de movilizaciones sociales, es menester de las autoridades tener en cuenta que no hay modelo de desarrollo posible sin la integración de otras racionalidades en la interpretación de los grandes problemas por los que atraviesa el país. Las ciencias humanas, desprestigiadas por la hegemonía de la alianza técnico-económica y el modelo de producción capitalista, deben ser reintegradas en los grandes debates que se están llevando a cabo hoy.

El periodo en donde se sitúa la modernidad tiene como característica principal el poner al sujeto como protagonista del desarrollo de conocimientos. Las leyes físicas y matemáticas, lograron generar grandes modelos que intentaron explicar los fenómenos de la naturaleza, reemplazando las explicaciones mitológicas y teológicas anteriores. Esto trajo consigo un considerable avance en la técnica y la tecnología, como, también, una sensación de infinito progreso.

Sin embargo, el aumento vertiginoso de producción de bienes y servicios, en conjunto con el irrevocable valor que se le da al método científico y las formas de interacción mercantil del capitalismo como método de generación de riqueza, han generado distorsiones en el sueño de progreso y modernización. La mecanización en nuestros trabajos, el término de la relación íntima que tenían nuestros antepasados con la naturaleza, desigualdad cultural y económica, han provocado que el proyecto “modernidad” se transforme en una promesa incumplida. Marcuse, en El hombre unidimensional, hacía referencia a esta situación argumentando que situaciones como “la manipulación están soldadas en nuevas formas de control social. ¿Puede uno descansar tranquilo asumiendo que este resultado anticientífico es el producto de una aplicación social especifica de la ciencia?”.

Después un periodo álgido de movilizaciones sociales, es menester de las autoridades tener en cuenta que no hay modelo de desarrollo posible sin la integración de otras racionalidades en la interpretación de los grandes problemas por los que atraviesa el país. Las ciencias humanas, desprestigiadas por la hegemonía de la alianza técnico-económica y el modelo de producción capitalista, deben ser reintegradas en los grandes debates que se están llevando a cabo hoy.

Esta carrera de colonización, ya en un mundo globalizado, presenta efectos positivos explícitos en términos de la autoevaluación que hacen los técnicos del sistema neoliberal. Sin embargo, por otro lado se expresa lo perverso de un sistema que hace posible formas de dominación cultural que con el paso del tiempo han sido naturalizadas. Esta situación ha generado un desplazamiento y marginalidad de las disciplinas comprensivas del ser humano, las que ha sido reemplazadas por aquellas que estandarizan, procesan, e intentan hacer más eficiente la vida de los sujetos, objetivando su existencia.

Pero, el neoliberalismo y su promesa, a pesar de su avance hegemónico en el mundo –y por sobre todo en nuestro país– no ha logrado dar cuenta y responder a todos los espacios del ser humano, porque sigue existiendo y aumentando un malestar subjetivo que contradice la felicidad y la conformidad prometidas, y que a comienzos de este mes pudimos presenciar en una seguidilla de trágicos suicidios. Y justamente, en donde ocurrieron dos de ellos –el “gran Costanera Center”– se vuelve un lugar simbólico para poder comprender y representar la perversidad del sistema y la perplejidad que nos puede causar este acto en un país que se muestra tan exitoso. ¿Qué hacer entonces? Existen formas alternativas de analizar el avance de las lógicas del mercado, desde el sujeto, dejando a un lado la naturalización y objetivación de este.

La vuelta a las humanidades logra interpretar las angustias que produce el sistema actual y que, a su vez, ofrece una revisión y una propuesta alternativa. La recuperación del individuo, en tanto ser particular y heterogéneo, son hoy la alternativa y la contrarrespuesta a la mirada omnicomprensiva del método científico que ha anulado al ser humano en sus múltiples definiciones.

Si consideramos que hoy existen políticas que intentan dejar a un lado el desarrollo de lo humano –como lo intentó hacer Pablo Longueira el 2012, al promover que la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (CONICYT) pasara al Ministerio de Economía– debemos insistir en la significancia que tienen estos temas, que hoy son mirados con recelo y desconfianza por no lograr dar resultados cuantitativos, como el estudio de la felicidad, la solidaridad, la amistad, la muerte, la traición, y que son tarea de las ciencias humanas, como la filosofía, la psicología, el arte, la música, la literatura, entre otras.

Después un periodo álgido de movilizaciones sociales, es menester de las autoridades tener en cuenta que no hay modelo de desarrollo posible sin la integración de otras racionalidades en la interpretación de los grandes problemas por los que atraviesa el país. Las ciencias humanas, desprestigiadas por la hegemonía de la alianza técnico-económica y el modelo de producción capitalista, deben ser reintegradas en los grandes debates que se están llevando a cabo hoy. El nuevo ciclo de reformas no puede obviar que parte del malestar existente en nuestra sociedad es producto de la unidimensionalidad de la racionalidad de las políticas públicas y así, también, de las prioridades del país en materia de producción científica. Un nuevo modelo debe ser pensado a través de las disciplinas que estudian las dimensiones normativas e ideales que traspasan el cálculo y ponen al ser humano con su complejidad en el centro.

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