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Aborto: pensar en la realidad de todos

por 2 junio 2014

Todo lo anterior lleva a concluir que el aborto también puede tener consecuencias muy severas para la salud de la madre: si es que acaso resuelve un problema de salud mental –nadie ha explicado muy bien cómo–, lo hace reemplazándolo por otro que bien podría ser mucho peor. Por lo mismo, no se visualizan argumentos que respalden la idea de que el aborto representa un medio eficaz para ayudar a las mujeres. Ello nos obliga a buscar otro tipo de soluciones, no sólo por el bien de los niños, sino también por el de las madres. Como dijo Michelle Bachelet, estamos llamados a pensar en la realidad de todos los involucrados, y por tanto no podemos quedarnos en miradas simplistas. No son pocos quienes han presentado al aborto como una solución que mejora la situación de las mujeres, pero eso al menos resulta altamente discutible, tal como puede advertir cualquier visión elaborada de los intereses en juego.

Pensar en la realidad de todos. Para Michelle Bachelet este debiera ser el criterio rector al momento de votar una ley y, en particular, a la hora de decidir respecto del aborto. Es difícil no estar de acuerdo con la Presidenta en este punto, porque cualquier otra actitud implicaría una discriminación injusta: al discutir sobre el aborto efectivamente debemos considerar la dignidad de todos los involucrados. Por lo pronto, éstos son al menos dos: la madre enfrentada a una situación en extremo difícil, y el niño o niña que está por nacer. Una solución justa, entonces, debe considerar la integridad de ambos.

¿Cumple el aborto con ese estándar? ¿Es el aborto una solución que respete la dignidad tanto de las madres como de los niños que están en el vientre materno?

En el caso de los niños o niñas que aún no nacen, el aborto implica derechamente acabar con su vida, y por tanto no se ve cómo podría respetar su dignidad. Hay pocas convicciones tan compartidas como la ilicitud del asesinato de un ser humano inocente, y el niño que está por nacer es precisamente eso: un ser humano más pequeño y totalmente inocente, cuya única diferencia con nosotros es su menor grado de desarrollo. De hecho, basta mirarlo a las pocas semanas de haber sido concebido para comprender que estamos en presencia de la misma guagua que todos fuimos alguna vez. No estamos hablando de algo sino que de alguien, de un miembro más pequeño de nuestra misma especie (por lo demás, el gobierno nos ha dicho que aquí no hay una estrategia velada para promover el aborto a secas, sino que solamente se trata de buscar la manera adecuada de enfrentar ciertos casos difíciles).

Es indiscutible que los supuestos de aborto contemplados en el anuncio de Michelle Bachelet aluden a casos dramáticos, y tanto la sociedad civil como el Estado deben ofrecer alternativas e instancias de apoyo eficaces y al alcance de todos –la cultura de la vida debe traducirse en proyectos y propuestas concretos–. La pregunta relevante es si esas alternativas e instancias pueden llevarnos a disponer del niño o niña que está en el vientre materno como si fuera una cosa. ¿Hay aquí motivos suficientemente poderosos como para hacer una excepción al principio antes descrito, es decir, para justificar una acción cuyo objeto es terminar con la vida de otro ser humano?

Todo lo anterior lleva a concluir que el aborto también puede tener consecuencias muy severas para la salud de la madre: si es que acaso resuelve un problema de salud mental –nadie ha explicado muy bien cómo–, lo hace reemplazándolo por otro que bien podría ser mucho peor. Por lo mismo, no se visualizan argumentos que respalden la idea de que el aborto representa un medio eficaz para ayudar a las mujeres. Ello nos obliga a buscar otro tipo de soluciones, no sólo por el bien de los niños, sino también por el de las madres. Como dijo Michelle Bachelet, estamos llamados a pensar en la realidad de todos los involucrados, y por tanto no podemos quedarnos en miradas simplistas. No son pocos quienes han presentado al aborto como una solución que mejora la situación de las mujeres, pero eso al menos resulta altamente discutible, tal como puede advertir cualquier visión elaborada de los intereses en juego.

Algunos responden que esos motivos estarían dados por el bien de la madre. Pero, ¿realmente es así? De las tres hipótesis de aborto que se están discutiendo –aborto terapéutico, por violación y de niños que vienen con malformaciones– sólo la primera está directamente relacionada con la salud de la madre (por algo las otras constituyen causales distintas). Con todo, es sabido que si durante un embarazo la vida de la mujer llega a estar en peligro, la lex artis médica habilita a aplicar un tratamiento o terapia que, buscando sanar a la madre, eventualmente produzca un daño colateral al niño. Se trata de un efecto dramático pero no buscado e indudablemente permitido por la actual legislación: una cosa es un acto abortivo que busca directamente terminar con la vida del niño o niña por nacer, y otra muy distinta el resultado de una determinada terapia cuyo objeto y finalidad no están en discusión. Por lo demás, si en realidad estuviéramos frente a un tema de salud pública, la legislación favorable al aborto debería tener un impacto real en los índices de mortalidad materna, pero no hay ninguna evidencia de que ello sea así. Más aún, países con legislaciones restrictivas en materia de aborto, como Polonia y Chile, presentan las menores tasas de mortalidad materna de sus respectivas regiones.

¿Y las otras causales de aborto propuestas? Quizás alguien podría afirmar que se relacionan indirectamente con la salud mental de las madres, expuestas a llevar adelante un embarazo difícil. Al respecto, no podemos olvidar la dignidad del niño no nacido: su vida no vale ni más ni menos por el hecho de estar enfermo o por haber sido concebido en una violación. De lo que se trata, hemos dicho, es de respetar la dignidad de todos los involucrados, y la dignidad es algo inconmensurable. Pero el aborto no sólo se vislumbra injusto desde la perspectiva del niño. Desde la óptica de la salud pública tampoco es claro que el aborto produzca algún tipo de resultado positivo para la madre. En efecto, no existe evidencia de eventuales beneficios para la salud de las mujeres derivados del aborto electivo. Como ha señalado en varias oportunidades Elard Koch, si algo muestra la evidencia reciente es que, a diferencia de las pérdidas espontáneas, los abortos inducidos tienden a provocar en las mujeres problemas de salud mental severos y extendidos en el tiempo, como depresión, ansiedad, Síndrome de Estrés Postraumático e incluso riesgo de suicidio.

Además, la legalización del aborto por violación está cada vez más cuestionada desde la perspectiva médica. En efecto, el riesgo de embarazo es frecuente en casos de violación reiterada, por ejemplo, abusos de niñas adolescentes al interior del grupo familiar. En este supuesto, no es imposible pensar que una vez aprobado el aborto permanezcan ocultos los abortos inducidos por coerción, es decir, aquellos en que las mujeres (en especial menores de edad) son presionadas u obligadas a abortar por quienes han abusado de ellas. Tal como constatan un estudio en Canadá otro de la OMS, la legalización del aborto en casos de violación puede aumentar los riesgos de dejar indemne al violador, y por tanto la indefensión de la mujer o niña abusada.

Todo lo anterior lleva a concluir que el aborto también puede tener consecuencias muy severas para la salud de la madre: si es que acaso resuelve un problema de salud mental –nadie ha explicado muy bien cómo–, lo hace reemplazándolo por otro que bien podría ser mucho peor. Por lo mismo, no se visualizan argumentos que respalden la idea de que el aborto representa un medio eficaz para ayudar a las mujeres. Ello nos obliga a buscar otro tipo de soluciones, no sólo por el bien de los niños, sino también por el de las madres. Como dijo Michelle Bachelet, estamos llamados a pensar en la realidad de todos los involucrados, y por tanto no podemos quedarnos en miradas simplistas. No son pocos quienes han presentado al aborto como una solución que mejora la situación de las mujeres, pero eso al menos resulta altamente discutible, tal como puede advertir cualquier visión elaborada de los intereses en juego.

Así, todo indica que el aborto no es un camino adecuado, ni desde la perspectiva del niño –que no es ni puede ser tratado como un simple instrumento– ni desde la óptica de la madre. ¿Por qué entonces, presentar este proyecto? ¿Sobre la base de qué evidencia? ¿Por qué ahora? Son preguntas que hasta ahora no han recibido una respuesta seria. En este contexto, no pocas personas han visto en este anuncio de la Presidenta una mera estrategia, cuya finalidad sería distraer a la opinión pública ante los otros grandes debates que se están dando en el país. Si así fuera, sería lamentable, porque el tema es demasiado importante como para instrumentalizarlo y someterlo al cálculo de corto plazo. Más aún cuando se trata de quien ostenta un cargo tan relevante como Presidenta de la República. Y más todavía cuando se propone pensar en la realidad de todos: nada más lejano al criterio sugerido por la propia Michelle Bachelet.

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