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¿Es Chile un país de sinvergüenzas?

por 6 junio 2014

A veces es bueno partir la semana con un poco de semántica. ¿Sabe usted cuál es la palabra que designa a quienes abusan de sus posiciones de poder en beneficio propio? ¿A los que, utilizando los vericuetos que existen en las leyes, evitan cumplir con las obligaciones que éstas les imponen, en especial las tributarias? ¿A aquéllos que se apropian de los recursos públicos a precios irrisorios? ¿A los funcionarios públicos que, pese a ver cómo gente inescrupulosa se lleva el Estado para la casa, hacen la vista gorda y no toman acción alguna para impedirlo (seguramente porque no les conviene)? ¿Conoce usted el término de nuestro vocabulario con el que se denomina a tales personajes?

Le doy tres alternativas: sinvergüenzas, descarados y caraduras, y lo invito a revisar sus acepciones en la página web de la RAE. No vaya a la de la Academia Chilena de la Lengua, porque perderá lastimosamente su tiempo. Ellos piensan que esas consultas no tienen urgencia, por lo que han establecido un formulario de consulta (¿?) que hay que llenar con todos los datos personales, y cuyo tiempo de respuesta es desconocido. No puedo negar que tal procedimiento tiene su lógica. Después de todo, una persona con inquietudes idiomáticas es sospechoso per se, y debe ser plenamente identificado con el fin de poder vigilar su comportamiento futuro.

Profundicemos en el tema: los sinvergüenzas son personas que cometen actos inmorales o ilícitos en beneficio propio. ¿Como cuáles? La lista es interminable, pero detallemos algunos ejemplos:

Caen bajo esa denominación las personas que, haciendo uso de su investidura pública, aprovechan cada coyuntura que se les presenta para mejorar su posición personal (incrementar sus rentas o las asignaciones que perciben, favorecer sus negocios privados, efectuar viajes de placer con viáticos pagados por el Estado, cobrar sus remuneraciones sin cumplir con las exigencias de su trabajo, etc.).

También les es aplicable el término a quienes, mal utilizando sus cargos, sitúan a su parentela (hijos, cónyuges, hermanos, cuñados, sobrinos, padres, abuelos, yernos, nueras, etc.), a sus contactos y a los miembros de sus colectividades, en bien remunerados cargos públicos (muchas veces innecesarios), pasando a llevar con ello los derechos de todo el resto de sus compatriotas.

Por cierto, la definición les calza como anillo al dedo a los que hacen uso de recursos públicos en beneficio propio (literalmente, “meten las manos”), con acciones tales como: pasar gastos personales como gastos públicos; apropiarse de asignaciones recibidas para fines específicos; meter “cuchufletas” en las rendiciones de fondos fiscales; financiar viajes personales con cargo al erario nacional; etc.

Además, incluye a aquéllos que, con propósitos electorales, se ausentan durante meses enteros de sus labores y cobran sin arrugarse sus emolumentos; a los que llegan a su trabajo exclusivamente a marcar su asistencia y luego se retiran con destino desconocido; a los que distribuyen su carga de trabajo tratando de acomodarla a sus fines propios, sin considerar para nada el interés nacional y, no faltaba más, a los que bloquean cualquier tipo de iniciativa de interés nacional que afecte su bienestar personal.

En esta última categoría están aquéllos que se niegan a ponerle límite a la cantidad de reelecciones; los que se niegan siquiera a estudiar sus rentas excesivas (originadas, sin duda, mediante alguna de las acciones descritas en los párrafos anteriores); los que se resisten a legislar para regular el lobby; los que obstruyen normativas orientadas a suprimir algunos de sus excesivos privilegios.

También deberían incluirse bajo este título, quienes patrocinan iniciativas legales que, vestidas engañosamente de ropajes democráticos (algo así como un lobo con piel de oveja) sólo favorecen a las agrupaciones políticas, acrecentándoles el campo para ubicar a sus integrantes.

Además, desde luego, quienes contemplan cómo algunos avezados se apropian de recursos públicos o no cumplen sus obligaciones, y no mueven un dedo para corregir las normas que les permiten hacerlo (entre ellos figuran quienes promueven las franquicias tributarias, para permitir que quienes más ganan puedan minimizar los impuestos que pagan).

Y, por último, quienes promueven o defienden legislaciones injustas e inequitativas, que sólo favorecen los intereses de unos pocos (aquéllos que, por ejemplo, se niegan a que las empresas paguen tributas de beneficio fiscal, para reembolsar al Estado los cuantiosos bienes púbicos que reciben a título gratuito).

En el mundo privado, por cierto, abundan quienes disponen de mérito más que suficiente como para recibir semejante calificativo. Están los que evaden y eluden impuestos (¿o me va a decir, como algunos sugieren, que la elusión no es usar los resquicios legales de manera impropia para evadir obligaciones que, en condiciones normales, deberían cumplir?); los que se apropian, con la complicidad de las autoridades, de los recursos naturales (agua, pesca, minería, bosque nativo) que pertenecen a toda la ciudadanía; los que explotan a sus trabajadores con rentas exiguas y horarios y condiciones laborales abusivos; los que dividen sus empresas para evadir el pago de beneficios laborales; los que cobran, a vista y paciencia de las autoridades, tasas de financiamiento derechamente usureras; los que se coluden para exprimir a los consumidores; y un largo, pero largo, etcétera.

Ahora, estimado lector, lo invito, a la luz de estas descripciones, a analizar el escenario chileno. ¿Cree usted que en nuestro país se da alguna de las prácticas señaladas? ¿Piensa que existen personas, ya sean funcionarios públicos o personeros del sector privado, que reúnen los requisitos para recibir los calificativos mencionados? ¿Le parece que en nuestro Chile querido hay sinvergüenzas (o descarados o caraduras, como prefiera usted llamarlos)?

Y, finalmente, si su respuesta a lo anterior fuese afirmativa, ¿cómo cree que debería llamárseles a los otros ciudadanos, los que permiten con su apatía, su ignorancia y su inocencia, que dichas prácticas sean consumadas? ¿Se le ocurre un apelativo apropiado?

La pelota está en su campo, apreciado lector.

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