Instituto Pedagógico y la UMCE: historia, resistencia e innovación - El Mostrador

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Instituto Pedagógico y la UMCE: historia, resistencia e innovación

por 7 junio, 2014

En la lógica de la rentabilidad a ultranza, la conservación de carreras como Pedagogía en Francés o Pedagogía en Alemán, despreciadas por los expertos del currículo nacional, parecen ser decisiones desquiciadas o desconectadas de la oferta y la demanda, sin embargo, la formación de docentes especialistas en la enseñanza de estas culturas y sus respectivas lenguas, como la mantención de un Centro de Estudios Clásicos, no hacen más que evidenciar que, luego de transcurridos 125 años de historia, se ha logrado preservar del espíritu del prestigioso Instituto Pedagógico y, al mismo tiempo, dignificar la resistencia a la concepción de educación como un bien de consumo.

Este año se cumplen 125 años de la fundación del Instituto Pedagógico, creado inicialmente al alero de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile y conocido hoy como Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, UMCE. Desde su fundación, en 1989, a la fecha, su historia ha estado sistemáticamente marcada de acontecimientos que, por una parte, han definido su devenir institucional, y por otra, han determinado la conservación  de su rol frente a una sociedad indefectiblemente cambiante.

Constituido en sus comienzos por un grupo de científicos y pedagogos, en su mayoría alemanes, su principal tarea fue la de formar a los profesores de educación secundaria de fines del siglo XIX y de inicios del XX. Curiosamente, esta fue la primera de un sinnúmero de disyunciones a las que se ha visto enfrentada esta institución, pues ya desde su fundación tuvo que transitar, y especialmente maniobrar, entre la tradición de una concepción social decimonónica y los aires frescos de una formación educativa de vanguardia y apta para el inicio de un nuevo siglo.

En la lógica de la rentabilidad a ultranza, la conservación de carreras como Pedagogía en Francés o Pedagogía en Alemán, despreciadas por los expertos del currículo nacional, parecen ser decisiones desquiciadas o desconectadas de la oferta y la demanda, sin embargo, la formación de docentes especialistas en la enseñanza de estas culturas y sus respectivas lenguas, como la mantención de un Centro de Estudios Clásicos, no hacen más que evidenciar que, luego de transcurridos 125 años de historia, se ha logrado preservar del espíritu del prestigioso Instituto Pedagógico y, al mismo tiempo, dignificar la resistencia a la concepción de educación como un bien de consumo.

En el contexto de un modelo social marcado por la hegemonía de una élite plutocrática con aires de falsa aristocracia, el predecesor de la UMCE comenzó a formar a los docentes que se distribuyeron a lo largo del país, no sólo para entregar  instrucción, sino que también para mostrar a los hijos de la clase obrera y a los de la campesina un mundo más amplio que aquel que su condición social les permitiría. Con este mismo sentido dialéctico, los estudiantes del “Pedagógico”, han ido mutando hasta el día de hoy, pues a sus aulas se han incorporado los jóvenes que fueron educados en la escuela por profesores formados en el Instituto Pedagógico, fenómeno que ha confirmado su rol social y su protagonismo en la construcción de un proyecto de país más inclusivo y justo. Sin embargo y bajo el sino trágico de un héroe de la clase emergente, su afán de hacer llegar la educación a los niños y jóvenes de lugares geográficos y simbólicos recónditos fue duramente castigado durante la Dictadura Militar; cercenado de la Universidad de Chile y condenado a la destitución del  estatus universitario que se le concedió al nacer, se lo refundó como Academia Superior de Ciencias Pedagógicas,  la que finalmente fue una  fallida y corta experiencia, casi borrada de los registros de la historia de la educación en Chile.

Cíclicamente, en 1985, al final de un siglo y en los albores de otro nuevo, surge la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, repitiendo los afanes de su predecesor en el contexto de un modelo social que nuevamente deja a un lado a los más vulnerables. En esta segunda disyunción histórica el “Pedagógico” ha sabido reinventarse, pues por una parte y, en el marco del cultivo de las ciencias de la educación, la UMCE ha sabido articular el saber educativo con el conocimiento disciplinar en áreas tan disímiles como las ciencias básicas, las artes y las humanidades; ciertamente en esta materia ha enfrentado prácticamente las mismas dificultades que la mayoría de las facultades de educación, pero la tradición del trabajo colaborativo y coordinado entre los especialistas disciplinares y pedagogos de alta calificación, han marcado la hoja de ruta de su tradición de 125 años. Asimismo, ha resignficado con mayor energía su rol  en la producción de bienes públicos y a disposición del conjunto de la sociedad. Los aportes en el acceso a la educación de niños, jóvenes y adultos con necesidades educativas especiales, las investigaciones en pedagogía hospitalaria, la alfabetización en ciencia integrada en el aula escolar, el trabajo interdisciplinario entre las artes y las matemáticas, las intervenciones escolares en educación en salud, son algunos de los frutos de la tradición y la innovación en la formación de profesores.

Así de contradictoria ha sido la historia del Instituto Pedagógico y su heredera legal y legítima la UMCE. Así de compleja ha sido también su supervivencia, pues torciendo el destino refundacional otorgado en tiempos de dictadura, a fines de la década de los 80,  su opción ha sido mantenerse incólume a los cantos de sirena del “prometedor modelo empresarial universitario”. En la lógica de la rentabilidad a ultranza, la conservación de carreras como Pedagogía en Francés o Pedagogía en Alemán, despreciadas por los expertos del currículo nacional, parecen ser decisiones desquiciadas o desconectadas de la oferta y la demanda, sin embargo, la formación de docentes especialistas en la enseñanza de estas culturas y sus respectivas lenguas, como la mantención de un Centro de Estudios Clásicos, no hacen más que evidenciar que, luego de transcurridos 125 años de historia, se ha logrado preservar del espíritu del prestigioso Instituto Pedagógico y, al mismo tiempo, dignificar la resistencia a la concepción de educación como un bien de consumo.

Nuevamente, como una curiosa coincidencia, cuando el país se prepara para iniciar una reforma educacional que al menos en las promesas parece ser sustanciosa, se sorprende al “Pedagógico” cumpliendo sus 125 años. Es de esperar que este marco político y social sea el presagio de lo que será el próximo siglo de historia.

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