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Qué queremos de nuestras universidades

por 7 junio, 2014

Un verdadero rol público no se reduce a la calidad de la docencia o de la investigación que generemos. El rol público abarca, también, nuestra capacidad de ser un espacio de democracia. Es decir, nuestro esfuerzo por ser un reflejo de la voluntad de las grandes mayorías y de estar al servicio de estas.

La discusión en torno a la reforma educacional ha encendido un debate relevante entre rectores de universidades estatales y no estatales. Esta discusión, en definitiva, se ha reducido a los criterios según los cuales el Estado debiese financiar proyectos educacionales universitarios.

Por un lado, ha surgido un llamado a que el Estado tenga un tratamiento preferencial con sus universidades debido al importante rol público que cumplen como garantes de un proyecto público y pluralista. Por el otro, se ha planteado que universidades no estatales (tanto dentro como fuera del CRUCH) también pueden aportar al progreso y desarrollo del país. Ocultas bajo el manto de los argumentos, se encontraban, a su vez, las diversas comunidades universitarias que veían con preocupación la forma en que se definía su futuro. Estudiantes que habían depositado sus sueños en universidades estatales o no estatales, académicos, funcionarios, todos percibían en esta discusión (liderada por los rectores) un peligro inminente. Lo que esta discusión sacó a la luz es que confrontando comunidades universitarias sólo logramos dificultar aún más la llegada de una reforma a la educación. El temor y las defensas corporativas son pésimos aliados en el avance que se requiere.

Un verdadero rol público no se reduce a la calidad de la docencia o de la investigación que generemos. El rol público abarca, también, nuestra capacidad de ser un espacio de democracia. Es decir, nuestro esfuerzo por ser un reflejo de la voluntad de las grandes mayorías y de estar al servicio de estas.

Sin embargo, existe otro camino que es el que queremos defender como voceros de los estudiantes de universidades privadas no tradicionales. Es verdad que nuestras casas de estudio generan algunos de los mejores profesionales de Chile. También es cierto que en algunas de las universidades privadas no tradicionales estudian los estudiantes más pobres de nuestro país. No obstante, en lugar de una defensa corporativa, proponemos construir en unidad. En lugar de ver con temor la reforma educacional, veamos como una oportunidad el hecho de que el Estado nos empiece a exigir más. Es hora de que busquemos no sólo formar a algunos de los mejores profesionales de Chile, sino que los mejores para Chile y en esto nuestro rol como no estatales es crucial.

Un verdadero rol público no se reduce a la calidad de la docencia o de la investigación que generemos. El rol público abarca, también, nuestra capacidad de ser un espacio de democracia. Es decir, nuestro esfuerzo por ser un reflejo de la voluntad de las grandes mayorías y de estar al servicio de estas. Que nuestras casas de estudio no persigan fin de lucro es un requisito mínimo, pero no suficiente. Por eso banderas como la derogación del DFL 2, que prohíbe la participación de la comunidad universitaria en la toma de decisiones, y avanzar en una mayor diversidad socioeconómica, cultural y religiosa, es fundamental. Las universidades no estatales aportamos una riqueza importantísima al sistema y cualquier reforma que se implemente no puede tener a los estudiantes y sus familias pagando el costo. No obstante, debemos estar dispuestos a hacer cambios y avanzar. Es más, este es un desafío común a todas las universidades, estatales o privadas, tradicionales o no tradicionales.

Así, hacemos un llamado a todos los sectores a trabajar en unidad por estos cambios sin marginar ni automarginarse.  El desafío de un país más justo pasa primordialmente por una educación a la altura. Un desafío enorme y que requiere del apoyo de todos.

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