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¿Quién dijo que las AFPs son un buen sistema?

por 16 junio, 2014

¿Quién dijo que las AFPs son un buen sistema?

Usted, estimado lector, es una persona ilustrada. Sabe, por consiguiente, que en este complejo mundo donde vivimos, los absolutos son muy escasos, por no decir que no existen. Así, conceptos como la belleza y la fealdad, la bondad y la maldad, el egoísmo y la solidaridad, y tantos otros, nacen de la comparación. Usted no es bonito o feo por definición. Lo es en relación con otro ser humano o con algún patrón promedio de belleza, ya sea explícita o implícitamente aceptado por la mayoría. El dicho popular “cuestión de gustos” sintetiza esa realidad: las características, los adjetivos, no son categóricos e irrefutables; dependen del parangón que utilicemos para asignarlos.

Nuestro sistema de fondos de pensiones no escapa a esa realidad. Para saber si es bueno o malo, no son suficientes las declaraciones ni los artículos publicados por la asociación gremial que agrupa a las AFPs. ¿Se imagina al gerente de esta institución declarando que el sistema perjudica al afiliado? Sería como si los presidentes de Colo Colo o de la U manifestaran que los equipos que dirigen son malos; o como si el presidente de la asociación de farmacias saliera a denunciar la colusión de sus asociados. Las alabanzas que provienen de las partes más interesadas, no son elementos de juicio.

Tampoco lo son, desafortunadamente, los informes de la Superintendencia de Pensiones, institución que, por si usted no lo sabe, no tiene por función defender los intereses del afiliado, sino sólo controlar que la legislación pertinente se cumpla. Por cierto, si ésta es inadecuada y perjudica al cotizante, dicha situación no variará por muy bueno que sea el desempeño de de dicho organismo, ni tampoco será denunciada por éste. Y no porque la Superintendencia no esté cumpliendo con sus funciones, sino porque tal propósito excede su competencia. De manera que para saber si el sistema es bueno o malo, tenemos que compararlo, enfrentarlo, con otras alternativas.

Le propongo tres: (1) confrontarlo con el mismo sistema, con iguales rentabilidades y montos pagados en comisiones, pero con éstas calculadas y pagadas sobre el fondo administrado; (2) compararlo con el mismo sistema, con iguales rentabilidades, pero considerando las menores comisiones históricas de administración; (3) cotejar los resultados del mismo sistema, pero sólo para el fondo A, en relación con la rentabilidad generada por el IGPA y el IPSA.

Vamos con la primera. Lo invito a revisar el siguiente cuadro, donde se comparan los resultados obtenidos por un afiliado cuya renta real es de $ 500.000 mensuales, en el fondo C, considerando los promedios anuales de rentabilidad y comisiones porcentuales registrados por el sistema desde que rige el actual mecanismo de comisiones (1989), con los que obtiene en un sistema con iguales tasas de rentabilidad e igual monto final de comisiones, pero con estas últimas pagadas sobre el total del fondo administrado. Los datos utilizados son anuales, y se ha supuesto que los aportes se efectúan al comienzo, y las comisiones y rentabilidades se pagan y cobran, respectivamente, al final de cada año (cifras en $ reales).

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Los resultados son lapidarios: en el lapso indicado, con un sistema de comisión sobre el fondo usted habría ganado $ 3,5 millones más, con las mismas tasas de rentabilidad y con las mismas comisiones, que con el aberrante sistema actual, donde las AFPs cobran, por cada cotización, la comisión de administración anticipada por ¡35 años! ¿Se imagina? 35 años de comisiones cobradas de golpe en forma anticipada (como si usted pagara toda la luz de las próximas tres décadas en la cuenta del mes que viene). La razón de tal resultado es que en un sistema de comisión sobre el fondo, los montos que hoy pagamos por dicho concepto, y que las AFPs se embolsan directamente, van a parar al fondo, participando de la rentabilidad de éste. En otras palabras, al obligarnos a pagar comisiones anticipadas, el sistema vigente nos cercena toda la rentabilidad que podríamos obtener si ellas ingresaran al fondo antes de efectuar el pago correspondiente.

Ahora, como usted habrá notado, las rentabilidades anuales promedio son sustancialmente menores que las informadas por la Superintendencia de Pensiones. Qué raro, ¿verdad? Déjeme recordarle una frase referida a las estadísticas que anda dando vueltas por ahí: “las estadísticas son como la minifalda; lo que muestran es muy atractivo, pero siempre ocultan lo vital”. Le detallo posibles razones que podrían explicar la diferencia:

La rentabilidad informada por la Superintendencia no es real, ya que no considera en su cálculo el costo que paga el afiliado para lograrla. Esto, considerar sólo los beneficios de una inversión y no los costos, es claramente una novedad teórica, destinada a revolucionar el monótono mundo de las finanzas.

La rentabilidad informada es un promedio y como tal, posee todos los inconvenientes de los promedios, que se ven afectados por factores tales como las distintas ponderaciones de las rentabilidades obtenidas (los fondos son variables, por lo que las rentabilidades tienen distintos pesos relativos) y las diferentes antigüedades de las cuentas individuales (cada cuenta individual está afectada en forma distinta por las rentabilidades mensuales de los fondos; en este caso, lo correcto sería informar la rentabilidad de cada cuenta individual, cosa que no se hace, ya que el sistema está enfocado justamente a ocultarla).

La sensibilización del sistema actual al porcentaje de comisión pagado, produce resultados casi tan abismantes como los señalados más arriba. Por ejemplo, si durante los últimos 25 años un afiliado con un sueldo real de $ 500.000 mensuales hubiese estado afecto a la comisión que hoy cobra la AFP Modelo en lugar de las que efectivamente debió pagar, se habría ahorrado $ 2,4 millones por este concepto, y su rentabilidad real anual (la que se obtiene una vez descontado el costo, no ésa tan sui géneris que calcula la Superintendencia) habría aumentado de un 2,55% promedio anual a un 3,3%.

Le detallo algunas de las preguntas que cabe hacerse en este caso: ¿por qué no se utilizaron desde la partida mecanismos tendientes a rebajar los costos de administración, y se permitió que las AFPs obtuviesen rentabilidades abusivas por tantos años?; ¿por qué tal mecanismo de competencia se introdujo recién en el gobierno de Piñera, y no en los 20 años de gobiernos concertacionistas? ¿Qué pasó? ¿No entendían el tema? ¿O lo entendían y no les importaba? Y, ¿por qué hoy, cuando es evidente que la menor comisión produce un efecto brutal tanto en el bolsillo como en la rentabilidad real de sus cotizaciones para los afiliados, ninguna autoridad les informa acerca de la conveniencia de cambiarse inmediatamente de AFP? Porque, amigo lector, si usted no está en la AFP Modelo hoy, está haciendo un muy mal negocio. Debería considerar, de manera urgente, cambiarse a ella.

Y, finalmente, comparemos la rentabilidad obtenida por el fondo A, renta variable, con la rentabilidad promedio del IGPA o en el IPSA, por todo el plazo en que dicha comparación puede efectuarse, vale decir, desde que están vigentes los multifondos (desde el 2003). El cuadro siguiente muestra dichos datos:

2Otra vez nuestras AFPs pierden por paliza. Nótese que tanto el IPSA como el IGPA son promedios, por lo que las rentabilidades obtenidas por inversionistas profesionales como nuestras AFPs deberían ser superiores a las que ellos generan. Sin embargo, son bastante inferiores: apenas alcanzan los dos tercios de ellas. ¿Por qué? ¿Es tan malo el sistema que no es capaz de llegar ni siquiera a los promedios de rentabilidad de las acciones? ¿O hay en él otros costos involucrados que desconocemos? ¿Costos asociados a las transacciones, por ejemplo? Y si así fuese, ¿qué otros costos hay que desconocemos? ¿Y por qué los desconocemos? ¿No deberíamos conocerlos todos? ¿Y quiénes se benefician con ellos?
Un sistema que pierde en cada comparación que hacemos y que tiene tantas preguntas sin respuesta no es, estimado lector, un buen sistema. Es, permítame decirlo, malo de frentón. La última pregunta, pero no por ello la menos importante, es, ¿por qué entonces se ha mantenido por tantos años? Le encargo la respuesta. Yo, al menos, no la conozco.

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