Chile 2, España 0 - El Mostrador

Lunes, 20 de noviembre de 2017 Actualizado a las 23:46

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Chile 2, España 0

por 20 junio, 2014

Le ganamos también a la tradición y a la historia. Cuando un periodista dijo la historia está en contra de Chile, creo que fue Medel quien respondió: “Pero la historia no juega”. Frase que mostró la entera disposición del equipo. Porque para ganar no solo hay que saber, hay que querer ganar. Eso significa que la historia no está dada. La historia no conoce tendencias ni leyes. La historia se hace; la hacemos. Sólo así nos explicamos la actitud casi suicida de un Arturo Vidal.

Un simple resultado, un par de números. Pero a la vez un acontecimiento: un hecho histórico en la historia del fútbol chileno. España, el gran favorito, campeón de Europa y campeón mundial, cayó derrotado y eliminado, no por casualidad ni mala suerte, frente a un equipo chileno que lo superó en todos los sentidos futbolísticos habidos y por haber.

Para muchos, una sorpresa. Por eso digo “un acontecimiento”, es decir, un hecho que altera el orden del discurso y al romper la continuidad crea un nuevo comenzar. En Chile, estoy seguro, se hablará del 18 de junio como “el día en que le ganamos a España”. Si, el día en que hicimos y cambiamos la historia (del fútbol, por supuesto).

Digo ganamos, no ganaron. Lo digo así porque esos once también fueron “un nosotros”. Mientras se desplazaban en el Maracaná, miles jugábamos junto a ellos, aplaudíamos, cruzábamos los dedos y puteábamos al parcializado árbitro (ese alargar el juego en seis minutos fue una maldad). Pero también le ganamos al árbitro y con ello a la FIFA. Es que el fútbol crea algo que ni el arte, ni la religión, mucho menos la política, pueden crear: una relación unitaria. El artista y el maestro chasquilla, el revolucionario y el momio, el intelectual y el analfabeto, el verdulero de la esquina y la vieja pituca, el de adentro y el que vive afuera, todos, estuvimos esta vez juntos. Una unidad ficticia, por supuesto; artificial, efímera si se quiere; pero, al fin, una unidad. O, por lo menos, la ilusión de una unidad

Les ganamos también a la tradición y a la historia. Cuando un periodista dijo la historia está en contra de Chile, creo que fue Medel quien respondió: “Pero la historia no juega”. Frase que mostró la entera disposición del equipo. Porque para ganar no sólo hay que saber, hay que querer ganar. Eso significa que la historia no está dada. La historia no conoce tendencias ni leyes. La historia se hace; la hacemos. Sólo así nos explicamos la actitud casi suicida de un Arturo Vidal.

Todos sabemos que para sanar de una operación a los meniscos se requiere por lo menos de tres meses de reposo. Vidal, en cambio, en una actitud más que heroica, espiritual, puso en juego su futuro futbolístico. Pues para ignorar ese dolor punzante de músculos y tendones que seguramente lo acosaba, hay que saber trascender la materia con la que nos hicieron. Así lo habría dicho Nietzsche, si es que no lo dijo.

Pero no todo fue arrojo y valentía de los chilenos, como intentó minimizarnos Del Bosque. No; mil veces no: el equipo chileno no fue un pelotón de aguerridos mapuches dedicado a detener el avance de los conquistadores. Detrás de ese 2 a 0 hay trabajo, estudio, planificación. De tal modo, al César lo que es del César y a Sampaoli lo que es de Sampaoli. Porque el casildense no sólo continuó el trabajo comenzado por Bielsa. Además, lo perfeccionó.

Bielsa enseñó a atacar, quitando a la selección, y ojalá para siempre, ese estilo arratonado que la caracterizaba. Con Sampaoli, Chile aprendió, además, a defender. Y aquí viene la gran novedad: la defensa chilena no defiende atrás, sino en todo el campo. De lo que se trata, así entiendo el discurso de Sampaoli, es de defender cada centímetro de la cancha y no sólo los que bordean el arco.

No es casualidad que ninguno de los defensas de la línea de tres, Jara, Medel y Silva, juegue como defensa en su club. Chile defiende atacando y ataca defendiendo. Esa es la razón por la cual, en analogía con “la naranja mecánica” que pusieron de moda los holandeses en el Mundial del 74, la prensa internacional ha comenzado a hablar de la “defensa dinámica” de los chilenos del 2014. Hay algo de verdad en eso: la antítesis entre defensa y ataque se convierte, de acuerdo al texto de Sampaoli, en una perfecta síntesis hegeliana.

Subyace en el estilo de Sampaoli una tesis casi filosófica que más o menos dice así: durante el juego, cualquier momento, cualquiera pelota perdida, el más diminuto error, puede ser gravitante. En ese sentido el estilo impuesto por el entrenador es –no encuentro otra palabra– existencial. Según ese estilo, hay que jugar cada segundo del partido como si este fuera el último. Inevitable pensar en la posibilidad de que, si traspasáramos esa tesis a la vida cotidiana, o si dijéramos hay que vivir cada segundo de la vida como si este fuera el último, la vida sería mucho más interesante de lo que parece ser.

Pero por mucho que Sampaoli corra a lo largo de toda la línea, él no define la narrativa del partido. Más bien ocurre al revés: el juego va creando su propia narrativa y es ahí en donde entra en acción ese elemento no computable por ningún estratega: la improvisación individual.

Chile no tiene a grandes genios en su equipo (tal vez Alexis Sánchez sea lo más parecido a esa especie), pero sí a jugadores muy inteligentes. Como conjunto es un todo actuante y pensante. Esa unidad es, a su vez, la razón sobre la cual se basa la improvisación individual. Recordemos, por ejemplo, los dos goles. Ninguno fue producto de un rebote o de una pifia. Los dos fueron “de confección”. En el primero (20') Vargas recibió el cruce, la paró con el empeine y en una fracción de segundo la metió entre un defensa y Casillas. En el otro gol, Aránguiz (43') en espacio poblado, se dio el lujo de parar la pelota pisándola, para apuntar enseguida a través de un matorral de piernas e incrustarla en el arco contrario. Goles que no fueron productos de la mano ni de los pies de Dios, como diría tal vez Maradona. Pero sí de una chispa que de pronto aparece y nadie sabe de dónde viene.

El 18 de junio, Juan Carlos abdicó de su trono. El mismo día el reinado del fútbol español fue derrocado por uno de sus hijos del sur. Lo uno no tiene nada que ver con lo otro, por supuesto. Pero quienes creen en que las casualidades no son casuales, tienen más de algún motivo para pensar en cábalas.

Al día siguiente, yo debía escribir mi artículo semanal para el periódico. Temas no me faltaban. Los chiíes y los suníes se están matando como orates en Irak. Los separatistas asolan las ciudades de Ucrania. Camiones llenos de campesinos sirios avanzan hacia Europa dejando detrás de sí a sus pobres tierras arrasadas. Mucho dolor, mucha miseria, mucha crueldad. Decidí entonces escribir sobre fútbol. Al fin y al cabo, cuando hablamos sobre fútbol –eso fue lo que me dije– no sólo hablamos sobre fútbol.

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