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El Mundial de Fútbol para la izquierda

por 24 junio, 2014

En el socialismo, Vidal sería capitán de Colo-Colo, Medel sería el corazón de la Católica y Marcelo Díaz el cerebro de la U. En el norte, Alexis, Aránguiz y Vargas habrían llevado a Cobreloa a su tercera final de Libertadores. Ahí, nos daría terror enfrentar a Nacional de Uruguay porque vendrían con Luisito Suárez, al Santos de Neymar o, incluso –de la mano de Falcao–, al discreto Lanceros Boyacá.

El gran esfuerzo cotidiano para la izquierda es hacerles sentido a nuestros pares sobre lo diferente que puede y debe ser nuestro país. Más difícil se torna cuando el objetivo es mostrar lo necesario que es una Latinoamérica firme y unida para afrontar esos cambios como región. En muchas ocasiones generar aquella sintonía no se puede lograr con cifras macroeconómicas o estándares de vida. Tiene más que ver con generar esperanza, con apasionar, con conectar con las alegrías.

El Mundial para la gente de izquierda es un periodo de interrogantes y contradicciones. Existe el desdén intelectual que lo ha tildado de opio y la dictadura asceta que prohíbe todo placer funcional al capital. Hay también de lo otro: alegría. Alegría por la celebración popular; por la apariencia de igualdad que se produce, sean grandes potencias europeas o pequeños países del Caribe, en la cancha serán once contra once; y, finalmente, por la revindicación simbólica que genera que el hijo de Renca deje gateando al hijo ilustre de la Corona. Aquella imagen de él al celebrar el gol, mientras íconos del club de la Monarquía española muerden el pasto.

En el socialismo, Vidal sería capitán de Colo-Colo, Medel sería el corazón de la Católica y Marcelo Díaz el cerebro de la U. En el norte, Alexis, Aránguiz y Vargas habrían llevado a Cobreloa a su tercera final de Libertadores. Ahí, nos daría terror enfrentar a Nacional de Uruguay porque vendrían con Luisito Suárez, al Santos de Neymar o, incluso –de la mano de Falcao–, al discreto Lanceros Boyacá.

Para nosotros, latinoamericanos, aquellas alegrías son a cuentagotas y la revindicación simbólica no es más que eso: un símbolo, una imagen. Porque durante el resto del año –o cuatro años o casi siempre– nuestros campeonatos son a medias tintas, con lo que va saliendo de la cantera y lo que va volviendo de la trilla internacional. Nuestra Libertadores es más pasión que buen fútbol y nuestros ídolos se vuelven ajenos tras un buen campeonato. La fortuna Europea, cimentada en la explotación de las riquezas de nuestro suelo, se ha llevado ahora la de nuestras canchas.

En el socialismo, Vidal sería capitán de Colo-Colo, Medel sería el corazón de la Católica y Marcelo Díaz el cerebro de la U. En el norte, Alexis, Aránguiz y Vargas habrían llevado a Cobreloa a su tercera final de Libertadores. Ahí, nos daría terror enfrentar a Nacional de Uruguay porque vendrían con Luisito Suárez, al Santos de Neymar o, incluso –de la mano de Falcao–, al discreto Lanceros Boyacá. El Kun no habría dejado que Independiente bajara a segunda y quizás Bielsa le habría enseñado a Messi a jugar de wing izquierdo, siendo su primer técnico en Newell's. Se jugaría por lo que se juegan los partidos importantes: por la familia, por la gente de tu país, por tu pueblo. Por darles una alegría. Todos los estadios de América estarían llenos de pasión sudamericana. Mientras, en los bares de Europa, se juntarían a ver la final de la Libertadores: el mejor fútbol del mundo.

El Mundial para la izquierda, para los socialistas, es un cúmulo de interrogantes, contradicciones, culpas y alegrías. También puede ser una fuente de esperanzas y convicciones: tenemos todo por transformar, para que la alegría sea completamente nuestra.

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