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El otoño de la masonería

por 25 junio, 2014

El otoño de la masonería
Para muchos, la Universidad de Chile fue el producto más excelso de la República. Pero justo lo opuesto es lo correcto. La República fue el producto más excelso de la Universidad. Sin el esfuerzo educacional de los casi dos siglos anteriores a 1810, como ya señalé, Chile nunca hubiera sido independiente, ni hubiera contado con “capital humano avanzado” capaz de gobernar el país.

El lunes 16 de junio de 2014, en el Palacio de la Universidad de Chile (sí, Alameda 1058), el médico cirujano Ennio Vivaldi Véjar (Concepción, 1950) asumió como rector en una ceremonia presidida por S. E., la Patrona de la corporación. El ejercicio reflejó el estado actual de la más antigua corporación de estudios superiores chilena. Ya diré por qué. Antes quiero preguntar qué tan “antigua” es la institución. Según su página web, 172 años. Es decir, tres años menos que los transcurridos desde el decreto del presidente Prieto que, en 1839, introdujo en el vocabulario jurídico el término “Universidad de Chile”. Los inicios de la institución estarían, por el contrario, en la “ley orgánica” de 1842, que fijó su nueva planta y funciones.

Entre 1839 y 1843, el gobierno dispuso que el último rector de la entonces Universidad de San Felipe del Estado de Chile, el abogado y canónigo Dr. Juan Francisco Meneses, oficiara de primer rector de la Universidad de Chile para luego, entre 1846 y 1860, desempeñarse como el segundo decano de su Facultad de Leyes y Ciencias Políticas. La reestructuración republicana de la institución universitaria chilena culminó el 17 de septiembre de 1843. Ese día se la instaló como tal, es decir, con ese nombre. Mantuvo sus cinco facultades, incluida la de Teología (que solo cerraría en 1927) y ganó una planta ampliada. El presidente Bulnes fue el primer Patrono criollo; y rector, el sabio venezolano Andrés Bello. Esa ceremonia tuvo lugar en el edificio levantado por el cabildo para la antigua Universidad de San Felipe, situado donde hoy está el Teatro Municipal.

Ahora bien, pretender ser tres años menor podría excusarse como inocente coquetería en una señora mayor. Pero la Universidad no es una señora mayor. Y esta visión le amputa no tres años, sino que dos siglos y dos décadas de historia. No es coquetería. Parece senilidad. O, más simple, una “falta de ignorancia”, como denomina el pueblo al error causado por la ignorancia. Grave problema en una institución cuyo propósito es el incremento y la conservación del saber.

¿Cuándo nació la institución universitaria chilena? El 19 de agosto de 1622. Un “breve” (documento papal de jerarquía inferior a la bula), recibido de Roma ese año, transformó en universidad a la escuela del convento de Santo Domingo, ubicada a una cuadra de la Plaza de Armas de Santiago, al otorgarle el privilegio de graduar a sus estudiantes como bachiller, licenciado, maestro y doctor en filosofía moral y, también, en teología. Poco después se sumó otra universidad conventual regentada por los jesuitas y, por unos años, aun otra en Concepción.

Múltiples desafíos aguardan al rector Vivaldi. Dos son impostergables. El primero es contar con un equipo jurídico competente, que evite a la Universidad y sus autoridades humillaciones como la recién mencionada. El segundo es reubicar lejos, muy lejos, del Palacio de la Universidad el Archivo Central “Andrés Bello”. Más nos vale que pronto los tesoros ahí custodiados estén en una bóveda segura. En la más reciente ocupación del edificio, jóvenes estudiantes exaltados asociados con vándalos exógenos, ya amenazaron con quemarlos si el Rector pedía su desalojo. Vivaldi deberá pronto, en conjunto con el gobierno y el Senado Universitario, zanjar qué relación tendrá el Estado con la Universidad que lo engendró.

En 1713 el cabildo de Santiago, a instancias del alcalde Ruiz de Berecedo, acordó rogar a Rey que fundara una universidad real en la capital; es decir, en la que, además de para cura, se pudiera estudiar para abogado. Este gigantesco esfuerzo educacional de la comunidad más aislada y pobre del imperio español fructificó en 1758, con el inicio de las lecciones en derecho en la entonces Real Universidad de San Felipe de Santiago de Chile. Los doctores dominicos y los de la universidad jesuita se incorporaron al claustro de la de San Felipe, como casi un siglo más tarde ocurriría con los doctores de San Felipe, que pasaron a la Universidad de Chile. La institución universitaria chilena –las universidades conventuales, la Universidad de San Felipe de Santiago de Chile y la Universidad de Chile— tiene continuidad epistemológica (la comunidad de maestros y discípulos) y jurídica hasta 1889, cuando un éxodo de profesores liderados por un decano de derecho y un miembro académico de la Facultad de Filosofía y Humanidades concluyó con la fundación de la Universidad Católica.

Medio siglo después del inicio de la formación de abogados en Chile, los abogados “filipinos” fueron actores fundamentales del proceso que, entre 1810 y 1818, forjó la independencia política definitiva. Más, hasta mediados del siglo XIX, fueron el soporte burocrático de la judicatura y, en general, de la administración del Estado. Un esfuerzo educacional de dos siglos y dos décadas, la base de la prosperidad material decimonónica y de la difusión de la libertad en estas tierras, fue olvidado por sus herederos, los profesores de la Universidad de Chile, y es desconocido hoy por sus estudiantes, que no tienen de quién aprender esta historia.

En 2022 la Universidad de Chile, en tanto comunidad de estudios y más allá de sus cambios de composición y de nombre, cumplirá cuatro siglos de actividad. ¡Así de antigua es la corporación! Oculta esta realidad el “mito Bellocéntrico”, la tesis según la cual la Universidad de Chile habría surgido de un golpe en la cabeza que se dio Andrés Bello en 1843. Parecería que el esfuerzo educacional de los 221 años anteriores no tuviera significación alguna para los actuales educadores, para qué decir entre los políticos.

Para muchos, la Universidad de Chile fue el producto más excelso de la República. Pero justo lo opuesto es lo correcto. La República fue el producto más excelso de la Universidad. Sin el esfuerzo educacional de los casi dos siglos anteriores a 1810, como ya señalé, Chile nunca hubiera sido independiente, ni hubiera contado con “capital humano avanzado” capaz de gobernar el país. Contemplada la educación desde esta atalaya se discierne con claridad su propósito último: promover el encuentro respetuoso, la prosperidad material y la ampliación de la libertad mediante el incremento así como la difusión del conocimiento.

La asunción del rector Vivaldi, aunque vibrante y empapada de emoción, fue casi un desastre completo, muy en el estilo de la Chile: delirios de grandeza en la concepción combinados con descuido en la ejecución. El programa estaba impreso en una hojita amarilla. Su título (“Entrega Cargo Rector Universidad de Chile”) mostraba dónde la administración saliente veía el foco de la ocasión. La expresión “Universidad de Chile” se repetía veintidós veces. El uso de las mayúsculas fue también descuidado. Las formas no son todo en la Universidad, pero sin formas no hay Universidad.

Los cuatro interludios musicales (Canción Nacional, música de Borodin y, luego, de Beethoven más el Himno de la Universidad) fracasaron. El audio no funcionó. La música apenas se oía al interior del salón de honor. Llegaba lejana, por la puerta al Patio de Bello, donde estaba ubicada la orquesta y el coro. Dos horas de discursos y repartos de medallas no fueron considerados suficientes. Antes del cóctel “patrimonial” (es decir, canapés de ceviche de cochayuyo, ulte y luche), el programa contemplaba además una presentación de ballet en el Patio de Domeyko; un recorrido por las dependencias del antiguo Palacio de la Universidad (que, derruidas desde el terremoto de 1985, treinta años después, por fin, comienzan a ser reconstruidas); y, por último, el descubrimiento de tres placas conmemorativas. Solo el flujo de alegría, esperanza y vitalidad que insufló el discurso del Dr. Vivaldi en el público y las palabras de S.E. mitigaron esta realidad. Al menos hasta que fue interrumpida por gritos provenientes del balcón del segundo piso. Una ciudadana joven, intoxicada con la nobleza de su causa, no titubeó en atropellar a las más de doscientas personas ahí reunidas. Lo mismo ocurrió a Piñi hace cuatro años. ¿Cómo no esperar gritos en el templo de la razón?

Los ocho años del ingeniero Víctor Pérez Vera en la rectoría tuvieron de dulce y de agraz. Era que no. En el frente financiero su éxito fue rotundo. Revirtió la desastrosa situación que heredó. Pagó la deuda acumulada que, bajo su predecesor, el ahora Gran Maestro Prof. Luis Riveros Cornejo, superó los cuarenta mil millones de pesos. Mejoró las rentas de los profesores en cerca de 40%. Promovió con celo la vinculación internacional de la Universidad, empeño que lo obligó a dar la vuelta al mundo varias veces. Con inextinguible paciencia, presidió la puesta en marcha del Senado Universitario. Posicionó la exigencia de un “nuevo trato” del Estado para con la educación fiscal.

Don Víctor evitó la palabrota pinochetista “valórico”, impropia de personas educadas, y usó siempre el castizo “valorativo”. Aprendió también a hablar en progre de “ellas y ellos”. Feminizó la denominación de las profesiones. Una mujer graduada en Beauchef es ahora “ingeniera”, aunque el varón graduado en odontología no sea, todavía, “dentisto”. Su manejo pusilánime del affaire Nahum –prolongada crisis en la Facultad de Derecho detonada en 2009 por el hoy diputado Gabriel Boric Font– ganó para el rector saliente una distinción inédita. La Excelentísima Corte Suprema de Justicia condenó su desempeño como “arbitrario”. Nunca antes en la historia republicana el sumo sacerdote de la razón había sido condenado por irracional.

Múltiples desafíos aguardan al rector Vivaldi. Dos son impostergables. El primero es contar con un equipo jurídico competente, que evite a la Universidad y sus autoridades humillaciones como la recién mencionada. El segundo es reubicar lejos, muy lejos, del Palacio de la Universidad el Archivo Central “Andrés Bello”. Más nos vale que pronto los tesoros ahí custodiados estén en una bóveda segura. En la más reciente ocupación del edificio, jóvenes estudiantes exaltados asociados con vándalos exógenos, ya amenazaron con quemarlos si el Rector pedía su desalojo. Vivaldi deberá pronto, en conjunto con el gobierno y el Senado Universitario, zanjar qué relación tendrá el Estado con la Universidad que lo engendró.

¿Logrará además dotar a la Universidad con un entendimiento de su identidad y su misión que recupere para la sociedad chilena los dos siglos y dos décadas de su historia que le amputó el “mito Bellocéntrico”? Bello estaría a favor. En su “Discurso de Instalación” sostuvo que la ley de 1842 había “establecido la antigua universidad sobre nuevas bases”. Solo cuando valore sus raíces católicas, en vez de ocultarlas y avergonzarse de ellas, la Universidad de Chile cumplirá con su obligación legal de tener al pluralismo como uno de sus “principios orientadores”. Aquí, en el pluralismo, está la llave para diseñar y proyectar su contribución futura.

Si es reelegido, la Universidad cumplirá cuatro siglos de actividad con el Dr. Vivaldi de rector. Don Ennio enfrenta estos desafíos (y múltiples otros) en condiciones incomparables, no solo por la holgura de su triunfo y la calidad de su equipo. También porque sus cuatro estaciones comienzan con el otoño de la masonería, que es improbable que regrese a la rectoría de la Chile luego de tres derrotas consecutivas.

(*) M.E. Orellana Benado es consultor, profesor universitario y autor de "Enriquecerse tampoco es gratis. Educación, modernidad y mercado" (Ediciones Usach 2013).

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