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Yo odio los 90

por 1 julio, 2014

Yo odio los 90
¿Cómo amar una década donde reinaba la impunidad, la apatía política, una transición que destruyó a tantos diarios y revistas –y a tantas vidas de hombres y mujeres a lo largo de todo el país y el mundo– que lucharon por la democracia, a la radio Umbral? Los Prisioneros se disolvieron, DeKiruza desapareció del mapa. Triunfaba un grupo insípido como Los Tres, cuyas letras no decían nada.

Escuché por ahí que alguien tuvo la tonta idea de filmar una serie de televisión llamada “Yo amo los 90”. Definitivamente hay gente que tiene gusanos en la cabeza. ¿Cómo alguien puede decir “amo los 90”? Qué década más horrible, más penca, más espantosa. En Argentina (las comparaciones son odiosas, pero útiles) a la década del 30 le dicen la “Década Infame”, en gran parte debido al “fraude patriótico” que cometían en aquella época sus gobernantes conservadores para perpetuarse en el poder. Creo que, por otras razones, ese término –“década infame”– sirve muy bien para nombrar la década de los 90 de Chile.

Mi odio tal vez tiene que ver con que llegué a Chile del exilio en 1990, siendo adolescente, desde la recién desaparecida República Democrática Alemana. Yo tenía 14 años y venía huyendo de la xenofobia desatada tras la caída del Muro en Dresde, mi ciudad natal, donde los neonazis bajaban a los negros de los tranvías para pegarles (incluso mataron a uno, el mozambicano Jorge Gomondai, en 1991).

En mi calidad de exiliado esperaba que me recibieran con los brazos abiertos, o al menos con un poco de comprensión. Que me dijeran “Marco, qué bueno que hayas vuelto a casa, sabemos que sufriste mucho, pero eso ya pasó”. Nada de eso ocurrió. Nadie me preguntó del exilio. Era un tema tabú. Me sentí como el hijo adoptivo que se encuentra con su familia biológica y es recibido con indiferencia. Lo único que me dieron fue un certificado que me permitía ingresar mercadería del exterior sin pagar impuestos. Nada de consuelo. Nada de empatía. Apenas una franquicia tributaria.

La homosexualidad era un delito. No existía el divorcio. En el sur, hubo gente encarcelada por izar la bandera mapuche. Y por si fuera poco, el dictador pasó del Ejército al Senado. Su detención en Londres provocó que gente como el “socialista” José Miguel Insulza, muchos de cuyos compañeros murieron a manos de este carnicero y ladrón, hiciera lo imposible por rescatarlo. Qué asco. Qué indignación. Qué rabia.

¿Con qué país me encontré a mi llegada? El gobierno estaba presidido por un hombre que había apoyado el golpe de Estado, y lideraba una coalición donde la cobardía y la traición reinaban a sus anchas. Pinochet no sólo no estaba preso, sino que seguía siendo jefe del Ejército. Muchos de sus colaboradores, que habían ayudado a torturar y a matar gente, estaban en el Parlamento, ahora jugando a ser democráticos. Nadie decía públicamente la palabra “dictadura”, excepto el Partido Comunista. El sueño del socialismo se había venido abajo y mi país se entregaba –o lo entregaban– a un mercado desatado. Los milicos no devolvieron las propiedades que les robaron tras el 73 a organizaciones, a personas, a diarios como Clarín. Los empresarios que se habían hecho ricos con la dictadura se harían aún más ricos con la democracia. Y no sé si los trabajadores pueden decir lo mismo.

¿Cómo amar una década donde reinaba la impunidad, la apatía política, una transición que destruyó a tantos diarios y revistas –y a tantas vidas de hombres y mujeres a lo largo de todo el país y el mundo– que lucharon por la democracia, a la radio Umbral? Los Prisioneros se disolvieron, De Kiruza desapareció del mapa. Triunfaba un grupo insípido como Los Tres, cuyas letras no decían nada. En la literatura aún no había llegado Bolaño, y en el cine aún no estrenaban Machuca. Un libro como Impunidad Diplomática fue prohibido y su autor, Francisco Martorell, debió salir del país. Lo mismo ocurrió con El libro negro de la justicia chilena, de Alejandra Matus.

Había una televisión cartucha y sin color, donde “El Mirador” se acababa y “Sábados Gigantes” seguía. Intentos de hacer algo diferente, como el canal Rock and Pop, naufragaron, y sus mejores talentos fueron absorbidos por los canales rivales y rápidamente se integraron al establishment.

En los 90, el presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle privatizó EMOS, a pesar de ser una empresa rentable. Antes, un siniestro acuerdo impidió investigar la privatización en dictadura de las empresas estatales cuya creación costó años de esfuerzo de generaciones de chilenos, empresas que fueron vendidas a precios de huevo y siguen sin recuperarse.

La homosexualidad era un delito. No existía el divorcio. En el sur, hubo gente encarcelada por izar la bandera mapuche. Y por si fuera poco, el dictador pasó del Ejército al Senado. Su detención en Londres provocó que gente como el “socialista” José Miguel Insulza, muchos de cuyos compañeros murieron a manos de este carnicero y ladrón, hiciera lo imposible por rescatarlo. Qué asco. Qué indignación. Qué rabia.

Los 90 fueron la década en que tuve que endeudarme para ejercer mi derecho a la educación, y tiritaba cada vez que iba a la sección de Finanzas de mi universidad (la Usach). Fue la década en que comprobé que los pacos seguían reprimiendo igual que en dictadura, con los mismos palos, gases y abusos. Fue mi década de precariedad laboral –trabajos a honorarios, nunca un contrato–, del maltrato constante que significaba viajar en unas micros sin paraderos y con música a su antojo, fue una década donde se impusieron la indiferencia, el sálvese quien pueda, el abandono, el individualismo, todos valores que recién a partir del movimiento estudiantil estamos empezando a superar.

Hubo cosas buenas, claro, pero fueron las menos. Por suerte, los 90 quedaron atrás.

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