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Jueves, 23 de noviembre de 2017 Actualizado a las 15:48

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Qué vamos a entender por calidad de la educación

por 2 julio, 2014

Todavía no hay evidencia de que se esté dando la necesaria prioridad al mejoramiento del sector municipal y a los docentes, como tampoco que exista hoy en el Mineduc la suficiente experiencia en el funcionamiento real y diario de un sistema educacional muy diverso.

En relación al debate que está teniendo lugar en Chile corresponde preguntar: ¿qué se entiende por calidad de la educación?

La verdad es que no hay una respuesta única, existiendo una variedad de acuerdos y desacuerdos, de ejemplos positivos y negativos, lo que en sí no es nada nuevo, ya que, hace más de dos milenios y medio, los griegos se plantearon la misma pregunta, fraseada como si existía una forma correcta de educar. No sólo no encontraron una respuesta única, sino que al menos nos entregaron dos modelos muy diferentes, el ateniense y el espartano.

Desde al menos esa época, en lo que se conoce hoy como “occidente” y aún antes en el tiempo sí incorporamos al oriente, con las versiones propias de cada cultura, cada generación intenta su propio ensayo, con el agregado de que lo que se busca en el siglo XXI, coincide con un cambio de enormes proporciones, a la vez cultural, histórico y tecnológico, donde el paradigma que proporcionó la revolución industrial ha sido reemplazado hace ya algunas décadas por el de la sociedad del conocimiento.

El tema no sólo es chileno, y el debate sobre la educación está presente en todo el orbe, independientemente de las diferencias en los sistemas políticos y económicos. Lo anterior es entendible, ya que no se duda que la movilidad social, la igualdad de los ciudadanos y la propia ubicación en la escala mundial de los países y sus habitantes, se vincula directamente con su nivel educacional.

Todavía no hay evidencia de que se esté dando la necesaria prioridad al mejoramiento del sector municipal y a los docentes, como tampoco que exista hoy en el Mineduc la suficiente experiencia en el funcionamiento real y diario de un sistema educacional muy diverso.

Tenemos, por lo tanto, preguntas importantes para las cuales todavía no tenemos respuesta, con lo que la propia hiperespecialización está siendo crecientemente cuestionada, desde el momento que los llamados especialistas deben competir con información que antes sólo poseían ellos, pero que ahora está al alcance de mucha gente gracias a la computación, por lo que es mejor aprender a pensar que a “googlear” datos que pasan a ser rápidamente obsoletos y aún irrelevantes.

Más aún, en un país como el nuestro, ¿podemos realmente hablar de calidad de la educación sin al mismo tiempo preocuparnos de nuestra TV abierta?, la que es un gran problema, considerando su bajo nivel y que los niños pasan muchas horas frente a ella.

Para hablar propiamente de calidad de la educación debemos empezar por los desafíos que nos plantea la era histórica que nos ha tocado vivir:

El primero es cómo lograr que seamos más creativos con la información que se nos entrega.

El segundo es obtener que el aprendizaje (lo nuevo) supere al entrenamiento (lo conocido).

Un tercer desafío para la educación es lograr que vaya más allá de la mera instrucción para proponerse formar también buenos ciudadanos. De ahí la importancia de la gran deuda de la democracia con los jóvenes chilenos: la ausencia de educación cívica, no como un simple ramo sino como un verdadero objetivo del proceso educacional a todo nivel, lo que se hace visible en tantas situaciones, incluyendo marchas y “celebraciones” deportivas, reafirmando la importancia de los hábitos en una educación que quiera considerarse medianamente buena, y reiterando la vieja verdad de que la educación es mucho más que mera instrucción.

En cuarto lugar, el siglo XXI y las tendencias mundiales, nos obligan a replantearnos qué es lo básico en la enseñanza. ¿Es una base mínima de conocimientos o ciertos principios o valores fundamentales? En otras palabras, cómo se educa mejor, ¿enseñando de todo o enseñando lo más importante? ¿Y quién define esto último? Al respecto, lo único seguro es que es mucho mejor que se ensayen distintas respuestas que una sola, es decir, la pluralidad, autonomía y diversidad de proyectos educativos superan con mucho a una sola autoridad central.

Un quinto desafío es cómo lograr integrar la cultura visual que hoy predomina a los programas educativos, es decir, cómo se la vincula a la cultura del libro y se convierte en una nueva alfabetización que no signifique un empobrecimiento banal de la mente del estudiante. O sea, todos necesitamos preguntarnos ¿qué tipo de conocimiento es significativo para educar? además de ¿cuál es la verdadera importancia de un lenguaje de imágenes cada vez más fuerte?

Esta segunda pregunta nos lleva a otras: ¿qué es más relevante desde el punto de vista de la enseñanza? ¿Qué exista este lenguaje o que se le evite cuando estas destrezas pueden ser manejadas por los alumnos mejor que sus profesores, quizás por primera vez en la historia? ¿Qué puede hacer el sistema formal? En el caso de las tecnologías de acceso a redes sociales, si el alumno sabe al menos lo mismo que el profesor, lo lógico sería dirigirse hacia donde éste lo supera con toda claridad, es decir, en la experiencia y la capacidad de orientar, para que así el aula le permita al estudiante encontrarle sentido a lo que recibe y no se sienta abrumado y confundido por la masa de datos a la que tiene acceso.

Lo anterior es una razón adicional para democratizar el acceso a las nuevas tecnologías, y para así evitar que la posesión de estos aparatos, y el apoyo que se le pueda brindar en el hogar, se transforme en una brecha de desigualdad cada vez mayor dentro del propio proceso formativo y, ante la cual, poco puede hacer el sistema escolar. He aquí un rol igualitario donde la participación del Estado es insustituible.

Aparece aquí un sexto desafío para el sistema educacional: cómo enseñar a procesar y manejar la información, no sólo a acumularla, ya que nuevas tecnologías le permiten al estudiante lo último sin intermediación, si es que tiene el acceso y el interés.

Hoy, al hablar de educación, se habla de etapas, de la preescolar a la superior, lo que puede llegar a ser arbitrario, ya que lo recomendable es apreciarla como un proceso continuo y permanente que dura toda la vida, alterando el tradicional ciclo enseñanza-trabajo, donde primero se estudiaba y después se trabajaba, lo que está quedando obsoleto, con gente ya adulta ingresando a postgrados, con lo que la educación debiera tener el rol de formadora más que uno, único y atrasado, de capacitadora laboral.

En otras palabras, para hablar de calidad, en el siglo XXI el currículo debiera proporcionar unidad, saltándose barreras que hoy son artificiales, con lo que el sistema debiera enseñar a aprender, a motivarse, a buscar los “por qué” más que los “cómo”. En otras palabras, en la era que nos ha tocado vivir, toda política educacional de un país como el nuestro debiera tener al menos dos pilares: el primero es la diversidad, abandonando toda rigidez; el segundo, es la búsqueda de la igualdad de oportunidades, ya que este es el mejor camino para superar nuestro principal pecado social, el clasismo, presente a todo nivel, incluyendo el educacional.

Las preguntas mencionadas no hacen sino actualizar la vieja pregunta de los griegos acerca de si existe una única forma correcta de educar, lo que permite enfrentar en forma adecuada el desafío que ha tenido por delante toda generación: el compromiso ético con la calidad en un contexto de cambio muy rápido que obliga a replantearse el rol del profesor y dónde se enseñará.

Al respecto, durante buena parte de la historia el profesor ha sido una especie de guardián del conocimiento, la persona que acumula y distribuye información en una sala de clases, que, en lo esencial, es semejante a la que existía hace un siglo en la forma en que se relaciona con el alumno, más propia de lo que se necesitaba en la revolución industrial que lo que está pasando hoy en el mundo.

Sin embargo, precisamente porque vivimos en un mundo globalizado, las novedades tecnológicas debieran ser vistas sólo como medios y no como fines, ya que nunca está de más insistir en que no son la meta más importante de la educación ni menos de su calidad, toda vez que existe un campo vital, sobre todo para el ser humano, donde la tecnología es de secundaria importancia: la actitud crítica, no el negativismo, sino aquella que permite el avance, el descubrimiento de nuevas ideas, toda vez que la crítica a lo existente contribuye a la aparición de nuevas soluciones.

Digo lo anterior en relación a algo que se menciona, pero no se le discute como parte de un intercambio de ideas propio de la deliberación democrática, la que debe proporcionarles a todos la posibilidad de aportar y ser escuchados. Se avanza poco cuando sólo se nombra pero no se discute el objetivo de lograr una educación de mejor calidad. Como el tema es mundial, han existido éxitos muy distintos en contextos muy diferentes, donde tanto sistemas centralizados como descentralizados, tanto públicos como privados, acumulan tanto logros como fracasos, siendo, en general, los mixtos (público-privados) los que obtienen mayor cantidad de resultados positivos.

Lo que no parece variar es lo siguiente: a) que el poder de decisión y de experimentación debe estar en la escuela; b) se debe ayudar a los alumnos con mayores problemas; c) altos estándares y exigencias para los profesores; y d) cuando una política pública ha fracasado, como es el caso de la municipalización, son mejores las soluciones que se radican a nivel regional que las que se buscan a través de una centralización radicada en un Ministerio.

La contraparte para las exigencias a los profesores es la necesaria disciplina de los alumnos, lo que pasa por el respeto personal, del núcleo familiar y de la sociedad a la persona del docente, elemento básico para que la educación tenga sentido y éxito.

Por su parte, el Estado debe asegurar un sistema democratizador, igualitario, para que efectivamente no quede ningún niño con talento fuera de la posibilidad de crecer y desarrollarse como persona, ya sea por diferencias económicas, sociales o territoriales. Así la educación cumple su cometido a través de la calidad: el mejor camino que se conoce para la movilidad social y la justica e igualdad a la que se aspira en el Chile de hoy.

El problema de fondo es que no se ha considerado lo suficiente que no habrá calidad al nivel esperado mientras no sean incorporados los profesores y las familias. Los primeros, porque se debe empezar y terminar con lo que ocurre en la sala de clases, y los segundos, por el necesario apoyo y motivación.

Todavía no hay evidencia de que se esté dando la necesaria prioridad al mejoramiento del sector municipal y a los docentes, como tampoco que exista hoy en el Mineduc la suficiente experiencia en el funcionamiento real y diario de un sistema educacional muy diverso.

Para tener un punto de llegada debemos tener un punto de partida, y éste es lo que el país ha conseguido, insuficiente según estándares de países desarrollados, pero meritorio en comparación al resto de la región, tanto en cobertura como en el resultado de pruebas internacionales comunes.

Lo público no es sinónimo de estatal. No nos desenfoquemos, ya que discusiones como la compra de infraestructura nos aleja y tiene poco que ver directamente con la calidad de la educación. En democracia, necesitamos un proceso participativo y deliberativo en el espacio público, donde todos y no sólo algunos sean escuchados. En resumen, un verdadero diálogo, hoy ausente.

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