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La sensibilidad progresista y las redes del nuevo hombre fuerte de la reforma educacional

por 3 julio, 2014

La sensibilidad progresista y las  redes del nuevo hombre fuerte de la reforma educacional
Se equivocan aquellos que creen que Palma ha sido la última imposición de los partidos que concluye con el copamiento definitivo del Mineduc por parte de éstos o su intervención definitiva, como pretende hacernos creer Interior en su guerra comunicacional con Eyzaguirre. Da la impresión de que su llegada al edifico de la Alameda se aproxima más a una acertada jugada política del ministro para descomprimir la presión DC y del partido del orden, que desde hace semanas venía pidiendo un rostro falangista en el equipo de la reforma.

El 18 de febrero de 1986, el juez Sergio Mery ordenó, ante un requerimiento del Ministerio del Interior (el cargo fue infracción a la Ley de Seguridad Interior por “incitar a la subversión y el derrocamiento del gobierno”), la prisión, entre otros, del entonces presidente de la Juventud Demócrata Cristiana (JDC), Andrés Palma, debido a unas declaraciones que enfurecieron a Pinochet hechas a la Revista Análisis (pidió el retorno lo más rápido posible a un régimen democrático). Andrés Palma ha contado en alguna ocasión que mientras estuvo detenido lo visitó su abuela, matriarca de la familia y de mucha ascendencia sobre el líder chascón. Ella era parte del núcleo conservador desde donde se desprendió la Democracia Cristiana. Al encontrarse con ella el joven dirigente le señaló: “Abuela, no te preocupes. No he hecho nada malo. Estoy detenido por mis ideas”. A lo que su abuela respondió: “Ese es el problema, mijito, ese es precisamente el problema”.

El nuevo flamante secretario ejecutivo de la reforma, hijo de uno de los fundadores del PDC (el ex senador José Ignacio Palma), lleva la actividad política en su ADN, a la que ingresó tempranamente abrazando las ideas reformistas de Frei Montalva y su Revolución en Libertad, que implicó profundas transformaciones en el Chile de los 60 (Reforma Educativa, Chilenización del Cobre, Reforma Agraria y Promoción Popular), que marcaron a fuego su doctrina y su carácter. Una prueba de ello es que en 1998, contra la opinión del PDC, encabezó a un grupo de diputados falangistas que presentaron una acusación para inhabilitar el ingreso del ex dictador Pinochet al Senado. Dicha votación se perdió estrechamente, pero puso nuevamente en evidencia las convicciones del personaje. Luego que perdió su escaño en 2001, Lagos lo nombró a cargo de un programa que estaba literalmente en el suelo – ChileBarrio–; lo rescató, mejoró y fue el motivo por el cual fue ascendido luego a ministro de Planificación y Cooperación. Con posterioridad a su paso por el aparato público, trabajó en una empresa de servicios a la minería, a la cual renunció para aceptar un cargo intermedio en la Facultad de Economía de la Usach –Director del Centro de Políticas para el Desarrollo–, donde además ejercía la docencia y la investigación. En un trabajo aparecido en el último número de la Revista de Políticas Públicas de esa casa de estudios –Estudio de Valores Sociales de la Universidad de Santiago: análisis de desigualdad y educación (pp. 69-76)– concluye que “el estudio nos refleja este problema… señalando que la educación es la primera preocupación individual, la desigualdad es el principal problema social, y que la educación es la solución a la desigualdad, pero no el actual modelo educativo”. De allí que no sólo comparte profundamente el espíritu de los cambios propuestos en el área sino que ello también explica que su primera declaración, una vez asumido el cargo, haya sido “la reforma educacional es la más importante de las tres reformas impulsadas por el actual gobierno, y la que más perdurará”.

Es notoriamente manifiesto que su pasión por lo público nunca fue un tema de ingresos ni de reconocimiento, como últimamente se ha hecho costumbre, sino de convicciones, las que, probablemente, lo llevaron a aceptar una nominación en un área que se ha transformado en una bomba de tiempo para el actual gobierno y donde, seguramente, se jugará su destino.

Palma viene a reforzar la articulación política con esos mundos donde tiene un vínculo privilegiado: con el conjunto de la DC (ni Walker pudo vetarlo), con una buena relación con la Iglesia (no es casual que cuando estuvo detenido en 1986 hasta los obispos Fernando Ariztía y Sergio Contreras dieran testimonio de “su buena conducta” para lograr su libertad), con el Parlamento (fue diputado por tres periodos) y con los partidos políticos (fue vicepresidente del PDC).

Es por ello que se equivocan aquellos que creen que Palma ha sido la última imposición de los partidos que concluye con el copamiento definitivo del Mineduc por parte de éstos o su intervención definitiva, como pretende hacernos creer Interior en su guerra comunicacional con Eyzaguirre. Da la impresión de que su llegada al edifico de la Alameda se aproxima más a una acertada jugada política del ministro para descomprimir la presión DC y del partido del orden, que desde hace semanas venía pidiendo un rostro falangista en el equipo de la reforma. El secretario de Estado –y también el gobierno– le dieron a Walker el gusto en el cupo, pero no en el nombre, ya que Andrés Palma es un personaje muy transversal en el PDC.

No hace mucho el ministro Eyzaguirre, ante las críticas por privilegiar el tema con los particulares subvencionados antes que partir por fortalecer la educación pública, les planteó a representantes de centros de estudios que no quiso partir por ahí, sino precisar de inmediato la forma de terminar con el lucro, el copago y la selección en el sistema escolar, medidas prometidas en el programa de Bachelet, para no conflictuar más allá de lo inevitable la relación con la Iglesia, la derecha y el mundo de la educación subvencionada. Esto habría ocurrido si se hubiese mantenido una indefinición perjudicial que aumentara la conflictividad de la reforma.

Considera el ministro que son temas que deben resolverse de manera conceptualmente clara y con cierta rapidez. Además, sostiene que inyectar recursos a la educación estatal sin esos cambios no sirve de mucho para detener la hemorragia de la matrícula municipal. Dado el mal diagnóstico que hubo respecto a la rudeza y variedad de las reacciones contrarias a la reforma, Palma viene a reforzar la articulación política con esos mundos donde tiene un vínculo privilegiado: con el conjunto de la DC (ni Walker pudo vetarlo), con una buena relación con la Iglesia (no es casual que cuando estuvo detenido en 1986 hasta los obispos Fernando Ariztía y Sergio Contreras dieran testimonio de “su buena conducta” para lograr su libertad), con el Parlamento (fue diputado por tres periodos) y con los partidos políticos (fue vicepresidente del PDC).

Y también a poner fin a dos problemas de origen que tuvo esta cartera en el actual gobierno. El primero se gatilló a raíz de que desde la propia DC emergió un nombre –Claudia Peirano– que iba a contracorriente de las propuestas de transformación que se habían anunciado y cuya nominación como subsecretaria de Educación simplemente no pudo sostenerse por sus vínculos con instituciones que lucran con la educación pública, aunque dejó al gobierno sin interlocución con la Iglesia y ese mundo político. Y, en segundo lugar, se arrastraba el problema de la vaguedad de los mecanismos trabajados previamente para alcanzar las metas de reforma educacional anunciadas. Se podrá estar de acuerdo o no con la reforma tributaria, pero ahí es evidente que hubo un equipo que estuvo preparándola con mucha antelación, que luego ocupó los cargos cruciales para ponerla en práctica. No ocurrió lo mismo en educación, donde el ministro designado, aparte de no ser un experto en la materia, tuvo que hacerse cargo de aterrizar un conjunto de ideas generales prometidas en el programa de gobierno.

Quienes defienden a Eyzaguirre creen que este pesado transatlántico gubernamental no tendrá un ministro más progresista que él: ha demostrado capacidad de diálogo y sus interlocutores resaltan su disposición a escuchar y tomar nota de los planteamientos que se le hacen desde la sociedad civil. Andrés Palma llega entonces a reforzar este trabajo bajo el mando del ministro, pero con su propia autonomía y capacidad profesional y política.

El saldo es positivo para varios actores: se refuerza la figura de Eyzaguirre como ministro, el PDC da una clara señal pro reforma, como ya lo había manifestado su voto en el último Congreso y, desde luego, gana el gobierno que apacigua su tempestad, por ahora, con la DC de Walker.

Todo esto, por cierto, en un contexto de demanda social de cambio donde el Ejecutivo entendió que ya no es posible salirse de ese marco, a diferencia de lo ocurrido en 2006. Es por eso que Eyzaguirre continúa, pues, si no soplaran vientos de cambio, Educación seguiría con su récord en rotativa ministerial.

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