La resignación aprendida y la formación de profesores en Chile - El Mostrador

Viernes, 17 de noviembre de 2017 Actualizado a las 14:50

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La resignación aprendida y la formación de profesores en Chile

por 4 julio, 2014

La escuela chilena no requiere de tecnócratas o de políticos ex candidatos que intentan “matar el tiempo entregándose a otra forma de servicio público”; hoy más que nunca se necesita formar profesores que sean capaces de borrar la mansedumbre de la resignación y contagien a sus estudiantes del desafío de desafiarse a sí mismos, de comprometerse en su propia formación como personas, en lo individual y en lo colectivo.

“Como un mocoso flacucho y afectado caminando al Liceo Industrial de Hombres donde me habían matriculado al salir de la básica, para que tuviera un oficio, de albañil, mecánico, gásfiter o dibujante técnico (si yo dibujaba tan bien). Porque en la población nadie iba a la universidad, si éramos tan repobres, y el Liceo Industrial era la única posibilidad de tener un futuro laboral” (Lemebel, 2013). Este extracto de una crónica del conocido escritor y artista visual Pedro Lemebel, en la que recuerda su experiencia en el sistema escolar, sigue siendo hoy por hoy la cotidiana y habitual resignación de un número importantes de adolescentes chilenos que, concientes de su condición social y de las oportunidades que esta les niega, miran su futuro como una narración escrita por una pluma ajena y frente a la cual no tienen otra opción más que la conformidad. La enorme brecha entre los resultados de los quintiles socioeconómicos más vulnerables y los más favorecidos en el Sistema de Medición de la Calidad de la Educación, SIMCE, confirman año a año esta realidad: la oportunidad de un futuro mejor, obtenido a través de la educación, sigue siendo el privilegio de unos pocos. Sin embargo, no basta con subrayar este hecho, por demás conocido ampliamente, sino que este exige plantearse una variedad de cuestionamientos, como, por ejemplo, ¿por qué después de haber asistido a la escuela, a lo menos 8 años, un estudiante ha aprendido una actitud de resignación frente a su futuro?, ¿qué estamos haciendo los profesores o qué estamos dejando de hacer en las escuelas para instalar tal resignación?, ¿qué se está haciendo en las instituciones formadoras de profesores para proveer a los futuros docentes de herramientas, más allá de un saber puramente técnico, para revertir una situación de inequidad que resulta insultante?, ¿cuál es la importancia que le da el Estado a los profesores y a su labor que redunda en una condescendencia ante la injusticia social que asombra?

La escuela chilena no requiere de tecnócratas o de políticos ex candidatos que intentan “matar el tiempo entregándose a otra forma de servicio público”; hoy más que nunca se necesita formar profesores que sean capaces de borrar la mansedumbre de la resignación y contagien a sus estudiantes del desafío de desafiarse a sí mismos, de comprometerse en su propia formación como personas, en lo individual y en lo colectivo.

A estas alturas, parece que las acreditaciones obligatorias de las carreras de pedagogía (si es que en la práctica realmente lo son), el ofrecimiento de becas vocacionales, el aumento de la selectividad vía PSU, o la inclusión de profesionales no pedagogos en la práctica pedagógica, entre otras estrategias, parecen ser ineficientes para entregar una educación de calidad distribuida equitativamente. Diversos estudios, entre ellos el inagotablemente citado Informe McKinsey (Barber y Mourshed, 2008), insisten en indicar que es el profesor el que hace la diferencia; sin embargo, la formación de los profesionales de la educación aún parece ser un dilema no resuelto, no sólo frente a las exigencias absurdas de formar productores de altos puntajes en el SIMCE, sino que especialmente frente al desafío de reconvertir a la educación, y a la práctica pedagógica en las escuelas, en un espacio legítimo de formación de personas diversas y de desarrollo humano equitativo.

Los modelos de formación de profesores que se han promovido en Chile en las últimas décadas parecen haber olvidado que la materia prima con que trabaja un pedagogo son las personas, por consiguiente, también parecen haberse olvidado de que la formación de profesores debe gravitar en torno a este aspecto. Ciertamente, un profesor debe conocer sobre procesos psicopedagógicos, didácticos, sobre los contenidos de las disciplinas que enseña, entre un sinnúmero de otros saberes, sería absurdo sostener lo contrario. Pero ¿por qué la formación de profesores en Chile parece haberse focalizado en la instrucción en torno a herramientas técnicas y tecnológicas ajenas al cuestionamiento ontológico de la praxis pedagógica? Parece que el sentido de la formación de profesores se ha orientado a la eficiencia en la medición y no en la efectividad y la afectividad de la formación humana. Los planes de estudio ofrecidos a los futuros docentes están sobrepoblados de actividades curriculares en formatos de “tips para pasar mejor la materia”, como sin con esto fuera suficiente para formar verdaderos maestros, parece que no se entiende cuál es la principal labor de los profesores en el inequitativo Chile de hoy, o cuál es el sentido profundo de la práctica pedagógica.

La escuela chilena no requiere de tecnócratas o de políticos ex candidatos que intentan “matar el tiempo entregándose a otra forma de servicio público”; hoy más que nunca se necesita formar profesores que sean capaces de borrar la mansedumbre de la resignación y contagien a sus estudiantes del desafío de desafiarse a sí mismos, de comprometerse en su propia formación como personas, en lo individual y en lo colectivo. Sólo si concebimos la formación de profesores como una tarea de alto interés humano y público, lograremos resignificar la educación como una manera real y justa de convivencia social.

En este sentido, los proyectos de ley referidos a la carrera docente no pueden abstraerse al hecho de cambiar el sentido de la educación y, por ende, de la formación de los profesionales de esta área, no basta con fórmulas más o menos restrictivas para habilitar a los futuros profesores, con modelos más o menos exitosos implementados en el concierto internacional; hay que concebir una formación de profesores para este Chile, para el de los adolescentes Lemebel, para los de la resignación aprendida, para los que son excluidos del sistema escolar, o para los que se autoexcluyen por la falta de pertinencia con la realidad en que habitan. El Chile del éxito macroeconómico claramente no es el Chile de todos, y reconocer este obvio hecho sería un buen paso para repensar la formación de sus docentes.

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