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Radiografía del gabinete: buen gobierno, mala coalición

por 7 julio, 2014

Radiografía del gabinete: buen gobierno, mala coalición
Todo ello en medio de una coalición que es más bien una carga, con una crítica abierta y sostenida de los medios tradicionales a los proyectos emblemáticos, lo que incluye espacio permanente para todos los voceros del partido del orden, con una Iglesia crítica pero muy debilitada y con una derecha que, como ya se vio a raíz de la errática inauguración de la temporada de interpelaciones, no tiene en la sociedad actual posibilidad de construir hegemonía cultural, ni de ofrecer conducción política.

Se acabó el Mundial, al menos para Chile, y se vuelve a la normalidad. La agenda lentamente retoma su relevancia. Es el momento, entonces, de evaluar la puesta en escena del Ejecutivo, en especial de sus ministros, principales responsables de operativizar las grandes promesas de campaña de Michelle Bachelet, cuando ya se inició el segundo semestre del año.

Me gusta el gobierno, pero no la Nueva Mayoría: la frase de Marco Enríquez-Ominami, hasta noviembre muy crítico de la Presidenta, quien “felicitó a Bachelet por la forma en que está llevando los temas”, es, sin duda, el mejor ejemplo del cambio de perspectiva de varios observadores sobre la puesta en escena de Bachelet 2.0, pues su actuar ha sido muy distinto a su mandato anterior: no es la Michelle tímida, insegura, zigzagueante y cuya agenda era controlada por la Junta o sus más cercanos, donde sobresalía Escalona. Por el contrario, hasta ahora, no sólo ha mantenido una independencia respecto de los caciques de la Nueva Mayoría (NM) sino que se ha mantenido fiel al camino que ella misma trazó con sus principales promesas (distinta es la discusión sobre la profundidad de las mismas). Bachelet ha comprendido el malestar ciudadano con la elite política y su mayoritaria voluntad por que se realicen transformaciones. Ella está en ese norte, y ese sello lo ha impregnado a su gabinete, hecho a su imagen y semejanza. La Presidenta ha sorprendido a muchos y, si hubiese que resumir en una frase su gobierno, habría que manifestar que ha sido más audaz de lo esperado, menos de la vieja Concertación y más de lo que está por nacer. Por cierto, también se podría retroceder –y allí están la prensa tradicional, Escalona, Martínez y Walker para recordárselo cada día–, aunque esta opción, hoy por hoy, con una ciudadanía más observante, es difícil de imponer. Los partidos que la apoyan a su vez, en especial el oficialismo DC, más que socios estratégicos en la implementación del programa, aparecen en una trifulca permanente y, debido a su creciente proceso de descomposición, preocupados sólo por su cuota en el botín fiscal (la reciente encuesta Adimark ratificó la distancia que hay entre la aprobación al gobierno, 57%, y a la NM, 42%). Para lograr sus principales promesas resultará clave el despliegue de sus ministros, los que, desde sus respectivas áreas, son los encargados de poner ejecutar su palabra, lo que lleva a repasar su performance en estos 120 días.

Peñailillo es un eficaz funcionario del aparato público que sostiene su peso sobre la incondicionalidad con la figura presidencial. No es un cuadro político, pero es un buen burócrata en el mejor sentido de esa expresión. Distintos son los casos tanto de la ministra de la Segpres, Ximena Rincón, como del vocero Álvaro Elizalde. La primera deambula entre la irrelevancia y su subvaloración. Cabe señalar que su declarada aspiración presidencial la sitúa lejos del estilo anónimo que Boeninger le impuso a esa cartera y donde hay que tener memoria de elefante y una tremenda capacidad de diálogo, que ella no exhibe ni siquiera con su partido.

Los disímiles ministros políticos: luego de los desaguisados veraniegos que llevaron a algunos a sospechar sobre la capacidad de gobernar del nuevo Ejecutivo, lo cierto es que Rodrigo Peñailillo una vez investido mejoró notablemente. Sin alcanzar la estatura política de otros panzers insignes (Krauss, Figueroa o Insulza), el inquilino de Palacio cuenta a su favor con su complicidad absoluta con la Presidenta, lo que reduce enormemente sus debilidades y exhibe un diálogo bastante transversal. Allí hay fidelidad absoluta con la Presidenta. Se desempeña como un buen jefe de gabinete y ello se notó particularmente cuando se hizo acompañar por Ximena Rincón en la reunión con Ignacio Walker o la del pasado lunes, a puertas cerradas, donde se acordó respaldar la reforma educativa. Peñailillo es un eficaz funcionario del aparato público que sostiene su peso sobre la incondicionalidad con la figura presidencial. No es un cuadro político, pero es un buen burócrata en el mejor sentido de esa expresión. Distintos son los casos tanto de la ministra de la Segpres, Ximena Rincón, como del vocero Álvaro Elizalde. La primera deambula entre la irrelevancia y su subvaloración. Cabe señalar que su declarada aspiración presidencial la sitúa lejos del estilo anónimo que Boeninger le impuso a esa cartera y donde hay que tener memoria de elefante y una tremenda capacidad de diálogo, que ella no exhibe ni siquiera con su partido. Habrá que esperar el desarrollo del tema constitucional y la agenda larga para observar con más profundidad a una ministra que, hoy por hoy, resulta irrelevante. Algo similar ocurre con Álvaro Elizalde, quien, más allá de sus debilidades, tiene la difícil misión de vocear a una figura presidencial que, dadas las características de su liderazgo, es habitualmente vocera de sí misma. El ex secretario general del PS no ha podido transformarse en un portavoz eficaz y se limita al comentario de la agenda gubernamental que, hasta hoy, controla la Presidenta o los propios ministros sectoriales, los que no siempre comparten sus intervenciones en los consejos de gabinete. No extrañaría que, en un eventual cambio, el vocero aspire a desempeñar un rol relevante en el PS, o mude de cartera.

Los Ministerios emblemáticos: por primera vez desde la transición, la cartera de Hacienda ha vuelto a jugar el rol tradicional que desempeña en cualquier democracia normal: el ministro que se encarga de ponerles sustento presupuestario a las promesas de campaña y no es el vicepresidente de facto, con derecho a veto, al que estuvimos acostumbrados durante 25 años. A ello ha ayudado mucho que el eje articulador del gobierno –como no lo fue anteriormente con la Concertación– sea precisamente el cumplimiento del programa. Arenas, otro cómplice de la Presidenta, juega al bajo perfil, y ya cuenta a su haber con la aprobación de la reforma en la Cámara, aunque no sin problemas. Habrá que ver su resultado en el Senado para hacer una evaluación más consistente de esta cartera. Por ahora, se le crítica su falta de piernas y la deficiente comunicación de la reforma en su primera fase, lo que ha intentado subsanar, en el Senado, bajando el tono y mostrándose más dispuesto al dialogo. La Cancillería, en tanto, y pese a la gran experiencia de Heraldo Muñoz, ha sido objeto también de crítica por la forma en que se ha manejado con Bolivia y su actitud permanente de pautear a la Presidenta, lo que se evidenció en el almuerzo con Evo Morales. Para otros, el militante PPD está en la primera línea y es difícil que un canciller haga una cosa distinta que defender nuestra soberanía (siempre son los mejores evaluados por la gente por su no participación en la contingencia y la defensa del interés nacional). Por de pronto, ese cargo no ofrece ninguna novedad distinta a la tradición.

Siempre se supo que Educación iba a ser desde su inicio una cartera muy relevante en este gobierno y el ministro partió como caballo inglés. Sin embargo, a poco andar vinieron las dificultades, no sólo desde el partido transversal del orden sino desde el propio movimiento estudiantil y el profesorado, los que reprochan la magnitud de los anuncios y su nula participación en las principales propuestas legislativas. El apoyo transversal del gobierno, el reforzamiento de su equipo –eso sí, con nombres como Montt y Veas que, según la misma Presidenta, “la mal asesoraron” en la LGE, que fue tal cual como ella se los señaló a los dirigentes estudiantiles comunistas, incluida Camila Vallejo, cuando hicieron público su apoyo en 2013–, los anuncios sobre el fortalecimiento de la educación pública, y la llegada de Palma, dan muestra de la complicada situación de Eyzaguirre –bajó su aprobación en 10 puntos entre abril y junio–, quien está inmerso en una bomba de tiempo que, a estas alturas, no sabe si podrá desactivar. Se valora su actitud de no retroceder un paso en los anuncios sobre cambios en educación, insuficientes, pero necesarios para transformar el paradigma vigente desde 1981.

En Salud, Helia Molina había desempeñado una buena performance –subió en conocimiento de un 39 a un 55%, superada sólo por los ministros políticos– aunque en un rol difuso, ya que en el debate sobre el aborto deambuló más por lo valórico que por la salud pública. Recientemente alcanzó bastante visibilidad a raíz de las enfermedades estacionales y la salud primaria y, luego, con la crítica a los hospitales concesionados, donde apareció haciendo una defensa de lo público, que la enfrentó con Alberto Undurraga. Sin embargo, las malas noticias en salud del mes de junio –el déficit de camas en hospitales, postergación de la entrada en vigencia de los etiquetados de alimentos, fin alianza público-privada del programa Elige Vivir Sano, y la alerta sanitaria por virus respiratorio–, disminuyeron su aprobación de un 60% a un 49%.

Ministros con agenda: a Paulina Saball no se le conocía mucho –sólo un 34% de los encuestados en mayo– hasta que la interpelación en la Cámara la puso como una de las mejores figuras ministeriales, subiendo su grado de conocimiento (a 43%) y aprobación (a 51%). La naturaleza con que asumió la acusación –“es parte de las reglas de la democracia”– y la fallida estrategia de la oposición logró, tempranamente, hacer visible a esta cartera y evidenciaron a una mujer muy serena y digna de su cargo. La ministra del Sernam desempeña también un rol similar y va camino de transformarse en una de las figuras del gabinete. Le encargaron el tema del aborto –con un 71% de respaldo ciudadano–, donde tuvo un buen desempeño, y eso se reflejó inmediatamente (creció de un 31 a un 46% entre abril y junio entre quienes la conocen y su nivel de aprobación se disparó a un 79%). También la del Trabajo ha desempeñado su rol, y eso se notó en el sondeo, pues creció en conocimiento de un 34 a un 42% y su nivel de aprobación se elevó a un 68%. Contra todo pronóstico, articuló un buen diálogo con las multisindicales, acompañó a la CUT en la celebración del 1 de mayo, y la semana pasada sacó exitosamente el multirut, y llegó a un acuerdo sobre salario mínimo con la CUT, aunque la difusión de la contratación de su marido por Barrick Gold –y su posterior renuncia– podrían afectarla en el futuro. De facto, ha transformado la agenda laboral en el cuarto pilar de la reformas. Podría prontamente ser designada en otra cartera. También destaca el desempeño de la ministra de Deportes, Natalia Riffo (creció en conocimiento de un 25 a un 37%), quien, pese al bajo perfil del cargo, en las pocas oportunidades en que ha aparecido se comunica bien y cuenta con una buena imagen pública, eso más el éxito de la roja, Copa América, la construcción de estadios y el Mundial Sub-20, la tendrán seguramente muy vigente.

Ministros con agendas emergentes (y a veces confusas): están aquí el ministro Pacheco, quien –pese a su pasado empresarial– desarrolló una buena performance casándose íntegra, y tempranamente, con la agenda gubernamental, aunque luego su desempeño en las explicaciones por HidroAysén (salieron cuatro ministros casi a pedir disculpas por la decisión), lo pusieron en una línea zigzagueante (creció en conocimiento, 40 a 47%, aunque bajo en aprobación). Igualmente es confuso el papel del ministro de Defensa, aunque por motivos distintos: la cartera de Burgos es de un bajo perfil permanente, aunque por las características del personaje, y del sector, siempre tiene una alta aprobación (68%).

Ha sido confuso, además, el rol de José Antonio Gómez, uno de los más conocidos dada su larga exposición mediática, quien incluso se ha enfrentado con otros secretarios de Estado –Rincón, por ejemplo– por el control de la agenda constitucional. El titular de Justicia es uno de los que menos encaja con el espíritu del gabinete: es más bien parte de la vieja Concertación que de la Nueva Mayoría. Aunque su nombramiento se encuadra en un guiño presidencial a aquellos actores que habían manifestado su compromiso con la asamblea constituyente. Será el año próximo, de acuerdo a lo que ha informado el Ejecutivo, un mejor momento para evaluarlo.

Medioambiente, dirigido por Pablo Badenier, es otra cartera con alguna visibilidad: ejerció vocería sobre el fin de HidroAysén y en la articulación sectorial en temas de contaminación (lo ubica ya un 30%). No obstante, ha sido criticado por el propio oficialismo por su falta de diálogo en el proyecto de Biodiversidad y áreas protegidas. La reestructuración territorial del país, la calidad del aire, o cuando cobre cuerpo el anuncio para restituir el agua como bien público, pueden ser su otra gran oportunidad. Obras Públicas, pese a su significación y al conocimiento mediático del ministro, tampoco ha tenido un desempeño destacado (bajó 10 puntos entre mayo y junio). Undurraga aparece difuso, pese a la cantidad de obras proyectadas en infraestructura, educación, deportes, etc. Por el contrario, lo más notorio fue su disputa con Helia Molina por los hospitales concesionados, donde defendió “lo privado”. Situación parecida es la del ministro Andrés Gómez-Lobo, quien debido a la mala evaluación del transporte público, en especial Transantiago, y pese a las buenas nuevas en telefonía móvil, no aparece como un ministro relevante. Lo mismo ocurre con Fernanda Villegas (sólo un 27%), en Desarrollo Social, quien, pese a la entrega de beneficios, se ubica entre los seis secretarios menos conocidos.

Los Ministros Invisibles: aquí están los ministros de siempre, vale decir, Minería (27%), con una titular de bajo perfil que se mueve en un área donde, además, el agente público es más bien Codelco; Agricultura (26%), pese a las catástrofes y la ley Monsanto; Economía (25%), quien tiene a su haber sólo un conflictivo proyecto del Sernac, que tiene en pie de guerra a las organizaciones de consumidores; Bienes Nacionales (19%), al que ahora se ha agregado Cultura (24%), con mejores perfomances en anteriores gobiernos. Es el elenco que acompaña a Bachelet, cuyos mayores desafíos de aquí al otro gran veranito –Fiestas Patrias– son lograr aprobar la reforma tributaria, lo que les permita exhibir el primer proyecto legislativo importante, así como avanzar en la reforma electoral.

Huenchumilla, el Intendente-Ministro. ha sido una verdadera sorpresa: dio un giro copernicano respecto de su participación en anteriores administraciones, ha colaborado con el gobierno para construir discurso y agenda en el tema más complejo y se la ha jugado por representar a los habitantes de su región. Eso lo pone lejos de la figura del Intendente-secretario al que estamos acostumbrados en regiones. Su dimensión pública está, incluso, por encima de la de varios ministros. Notable.

Todo ello en medio de una coalición que es más bien una carga, con una crítica abierta y sostenida de los medios tradicionales a los proyectos emblemáticos, lo que incluye espacio permanente para todos los voceros del partido del orden, con una Iglesia crítica pero muy debilitada y con una derecha que, como ya se vio a raíz de la errática inauguración de la temporada de interpelaciones, no tiene en la sociedad actual posibilidad de construir hegemonía cultural, ni de ofrecer conducción política. Y porque además saben, en especial el gran empresariado, que no se puede armar una contrarrevolución por un puñado de reformitas que no afectan en lo más mínimo el actual orden. Es más, no pocos de estos últimos, cuya sobrevivencia se juega día a día en los mercados internacionales, valoran las medidas pues, como buenos emprendedores, desprecian la acumulación de riqueza hecha sobre la base del dinero secuestrado al grueso de los chilenos vía AFP, Isapres, y subvenciones educativas.

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