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Martes, 21 de noviembre de 2017 Actualizado a las 03:38

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Una Izquierda trasformadora para una democracia profunda

por 8 julio, 2014

Una izquierda transformadora debe estar profundamente ligada a valores de justicia social, de sexo, de raza, género, etnia, etc., atravesando todas las dimensiones sociales y personales. Implica reconocer e implementar nuevas subjetividades menos antropocéntricas y sí más en conexión con otras dinámicas interpersonales, donde la dimensión política de lo personal y las subjetividades se incorporen al horizonte democrático, a una verdadera democracia profunda y radical, donde, en palabras de Rosa Luxemburgo, “seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”.

Desde los inicios del siglo XXI estamos viviendo un momento histórico que a la vez torna incierto el escenario. La pobreza, la mercantilización de la vida, el impacto del neoliberalismo, las repercusiones negativas de la globalización y más, expresan los dramas que estamos viviendo y que a la vez han significado que las y los nuevos sujetos que no estaban antes visibilizados y activos lo estén ahora.

Estas diversas crisis: alimentaria, energética, política, económica, cultural, etc., que son de carácter civilizatorio porque ponen en cuestión los fundamentos mismos de una economía sustentada en un patrón de acumulación y en un tipo de desarrollo “sin fin” que consagra formas de vida inviables para el conjunto de la humanidad, donde una de las manifestaciones del actual momento histórico son las expresiones del profundo malestar frente a las dramáticas exclusiones socioeconómicas de etnias, culturales, sexuales, subjetivas, que ha producido el proceso de globalización bajo esta hegemonía capitalista neoliberal y su consiguiente lógica de acumulación, los diversos sujetos y actores sociales han evidenciado en su multiplicidad que la dinámica de producción de riqueza y explotación junto con la dinámica de reproducción y discriminación sexual, racial, generacional, etc., no son expresiones aisladas sino que parte fundante y fundamental del carácter de la dominación.

De esta manera, podemos ver que las luchas de diversos actores y actoras contra este orden hegemónico-global, desde los movimientos sociales, han aportado en hacer visibles los dilemas fundamentales de nuestra sociedad, abriendo nuevas perspectivas. Al hacerlo han roto en cierta forma la expresión monolítica y abren la imaginación a las posibilidades de otras prácticas contraculturales y contrahegemónicas en relación a las existentes, generando fisuras en la subjetividad dominante y alimentando otros imaginarios.

Una izquierda transformadora debe estar profundamente ligada a valores de justicia social, de sexo, de raza, género, etnia, etc., atravesando todas las dimensiones sociales y personales. Implica reconocer e implementar nuevas subjetividades menos antropocéntricas y sí más en conexión con otras dinámicas interpersonales, donde la dimensión política de lo personal y las subjetividades se incorporen al horizonte democrático, a una verdadera democracia profunda y radical, donde, en palabras de Rosa Luxemburgo, “seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”.

Estos nuevos marcos de sentido que comienzan a desarrollarse vienen de estas “nuevas formas”, cuyas prácticas nos están llevando a nuevas maneras de interrogar la realidad. Estos y estas sujetos nuevos perfilan nuevas reflexiones, nuevos tipos de derechos que no pueden ser capturados por las viejas luchas de igualdad y libertad, menos capturar la enorme diversidad de sensibilidades emancipatorias. Esto reafirma la idea de que no hay un solo principio organizativo de la lucha en la actualidad. No hay un sujeto único de transformación, no hay luchas principales y secundarias, porque no hay una sola contradicción. En este contexto la diversidad juega un rol principal.

Las contradicciones de género, de raza, de etnia, de sexualidad, son todas variables que impactan las estructuras de clase y de poder de las sociedades multirraciales de América Latina. Para ello se requiere una concepción de diversidad que no apunte a respetar opresiones o diferencias que permanezcan compartimentadas sino que desafíe la expresión monolítica conjuntamente con todas las formas de opresión mediante prácticas contraculturales y contrahegemónicas a la subjetividad dominante actual.

En este orden de ideas, la igualdad en sí misma concebida en términos clásicos no es suficiente mientras no reconozca la diversidad, ya que nos condena a un modelo jerárquico de igualdad que no corresponde a la enorme diversidad que aportan las y los nuevos sujetos. Y esto nos lleva a un concepto de democracia mucho más profundo y radical que habla de hacer política desde otros espacios. Para ello necesitamos una política que no sólo se haga cargo de las objetividades de la vida cotidiana sino que de sus subjetividades también, de que lo personal también es político, ya que hoy una política y en especial una izquierda que no sepan acercarse a estas nuevas realidades se vuelven una política y una izquierda insignificantes; por ello es tan relevante la lucha de volver significante la política desde la subjetividad también.

No sólo requerimos de una política que explique los fundamentos de la realidad sino que también pueda ser una gran orientadora de la acción transformadora en su totalidad, si no necesariamente terminará colaborando con la conservación del privilegio. Por ello se debe cuestionar cualquier pretensión de neutralidad o de igualdad si estas no recuperan los impactos de una diversidad teñida en América Latina, y en especial en Chile, de desigualdad y de exclusión en la vida y en los imaginarios de las personas.

Una izquierda transformadora debe estar profundamente ligada a valores de justicia social, de sexo, de raza, género, etnia, etc., atravesando todas las dimensiones sociales y personales. Implica reconocer e implementar nuevas subjetividades menos antropocéntricas y sí más en conexión con otras dinámicas interpersonales, donde la dimensión política de lo personal y las subjetividades se incorporen al horizonte democrático, a una verdadera democracia profunda y radical, donde, en palabras de Rosa Luxemburgo, “seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”.

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