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Bernardo Fontaine: pagar por gritar

por 9 julio, 2014

Bernardo Fontaine: pagar por gritar
Los sin voz son aquellos que deben ocupar carreteras para exigir atención por parte de las autoridades. Ocasionalmente, los sin voz están dispuestos a quemarse vivos por las malas condiciones de trabajo y la indefensión en que se encuentran. No creo que Fontaine esté hablando en nombre de ellos.

Bernardo Fontaine Talavera, director de varias empresas cuyo perfil profesional figura en el sitio web de Forbes, ha publicado tres insertos contra la Reforma Tributaria cuyo costo total ha sido estimado en una cifra no menor a 44 millones de pesos. Interrogado sobre sus motivaciones, ha señalado que su intención es “contribuir a generar ese diálogo que en su momento no existía sobre la Reforma Tributaria. Ser un poco la voz de los que no tienen voz”.

La capacidad de desembolsar esa cifra, evidentemente, no está al alcance de todos, mucho menos de quienes efectivamente “no tienen voz”. Eso es un hecho evidente, que de por sí ameritaría una discusión atenta sobre los vínculos entre dinero y expresión política. Pero me interesa escarbar un poco más detrás de la superficialidad de este hecho para tratar de entender las implicancias de que una persona pretenda forzar un diálogo que, a su juicio, no existía. Para ello, voy a contar brevemente una historia.

El año pasado, un grupo de profesores de derecho decidimos llamar a marcar AC (esto es, “Asamblea Constituyente”) en la papeleta de las elecciones presidenciales, a fin de reivindicar la legalidad y la conveniencia de dicha forma de acción política. Esto supuso varios desafíos. Primero, ponernos de acuerdo sobre qué decir; a través de un proceso de discusión, llegamos a concordar un texto que satisfacía a todos. Segundo, ponernos de acuerdo sobre dónde decirlo; surgió un consenso de que esto merecía, más que una carta o columna en algún medio, un inserto en un diario de circulación nacional. Tercero, dado que habíamos tomado esa decisión, debimos enfrentarnos a la recaudación de dinero; hicimos una colecta entre todos, logramos que alguien negociara en nuestro nombre una rebaja en el precio del inserto. Por último, debido a la conjunción de todos estos objetivos, llegamos a la conclusión de que debíamos alcanzar un número de firmantes (y de financistas) inusitadamente alto: a través de nuestras redes académicas y profesionales llegamos a convocar a más de cien profesores de prácticamente todas las facultades de derecho del país (salvo, curiosamente, de la Universidad Católica).

En esta materia, el signo de los tiempos neoliberales en los que vivimos es que parece razonable que quien paga más pueda hablar más fuerte. Fontaine pudo pagar tres insertos multimillonarios, entonces tiene derecho a hablar, aunque lo que diga distorsione la opinión de otros y les haga decir cosas que no necesariamente han querido decir. Esto significa que, en una distribución neoliberal de los turnos de hablar, no todos tienen derecho a igual consideración y respeto: tal derecho se compra, y se obtiene tan sólo aquello por lo cual hemos pagado. El neoliberalismo genera mucho dinero para algunos, pero su bancarrota moral es innegable.

El resultado fue que logramos publicar nuestro inserto, en un proceso de persuasión y organización colectiva que encarnó el mensaje mismo que queríamos transmitir. Comprender esto requiere entender las implicancias de caracterizar algo como político. Como observara Hannah Arendt en su libro Sobre la Violencia, la política es una dimensión de la vida humana que existe en el plano de la acción colectiva reflexiva. Desde esta perspectiva, no todo es política. Por ejemplo, la violencia, que Arendt define como la multiplicación de la potencia individual a través de instrumentos y otras tecnologías, no es política en un sentido arendtiano.

Esto no significa que, a la luz de los conceptos arendtianos, haya un abismo infranqueable entre política y violencia. La violencia, por ejemplo, puede motivar acciones propiamente políticas. Así, por ejemplo, el golpe militar de 1973 es un acto de pura violencia: es un acto de multiplicación, a través de las armas, de la fuerza de unos pocos individuos que no deliberan. Ahora bien, el golpe militar desencadena acciones propiamente políticas en la élite civil, que delibera consigo misma y se organiza colectivamente para empujar adelante un proyecto de refundación neoliberal.

La utilidad aquí de los conceptos de Arendt es que ellos visibilizan que no es lo mismo actuar en la historia coordinándose con otros a los que reconozco como agentes, y por lo tanto a los que debo persuadir, que actuar en la historia imprimiendo a otros una conducción vertical. En otras palabras, no es lo mismo convencer a otros que apuntarlos con una pistola, ni tampoco que pagar un inserto millonario para obligarlos a escuchar.

Y es el contraste con una actividad arendtianamente política, como nuestra pequeña aventura por Marca tu Voto, lo que evidencia que los millonarios insertos de Fontaine constituyen un acto arendtianamente violento. Allí donde nosotros debimos reflexionar sobre un texto que nos satisficiese a todos y convencer a nuevas personas de sumarse a un texto ya existente, Fontaine decidió recortar frases de economistas y publicarlas sin haberles consultado su opinión. Y allí donde nosotros debimos coordinarnos para alcanzar una suma de dinero que excedía poco más de un millón de pesos, Fontaine pareciera haber desembolsado sin problemas más de cuarenta millones de pesos. Si lo que nosotros hicimos fue un acto de deliberación y coordinación colectiva, lo que los insertos millonarios representan es un acto de multiplicación, a través del dinero, de la voz de un sólo individuo.

Por ello resulta tan paradójico que Fontaine afirme que quiere ser “la voz de los que no tienen voz”. De partida, su afirmación contiene una premisa que no cabe sino calificar de falsa. Los que no tienen voz no están preocupados por la eliminación del Fondo de Utilidades Tributarias, ni tampoco por la renta atribuible. Esas son preocupaciones de otros sujetos que sí tienen voz, entre los cuales se encuentra el propio Fontaine, director de empresas. Esta categoría de sujetos cuenta con muchos voceros, entre los que están la UDI, El Mercurio, diversas organizaciones gremiales y centros de estudios, y varios dentro de la propia Nueva Mayoría.

En contraste con aquellos, los que no tienen voz son sujetos que necesitan recurrir a la acción colectiva precisamente porque por sí solos nadie les escuchará. Los sin voz son aquellos que han recurrido a la protesta para luchar por su derecho a recibir una educación que les permita desarrollar sus capacidades. Los sin voz son aquellos que deben ocupar carreteras para exigir atención por parte de las autoridades. Ocasionalmente, los sin voz están dispuestos a quemarse vivos por las malas condiciones de trabajo y la indefensión en que se encuentran. No creo que Fontaine esté hablando en nombre de ellos.

Volvamos a la idea que Fontaine introdujera del diálogo. De partida, no es cierto que no existiese un diálogo antes de que él pagara millonadas por publicar sus insertos. Dicho diálogo estaba radicado en el Congreso Nacional y en la opinión pública. Lo que ocurre, digamos con franqueza, es que Fontaine no era parte de él. Y con sus insertos ganó o, más bien, con sus cuarenta millones de pesos compró acceso a dicho diálogo. Ha concurrido al Senado (¿en su calidad de qué?, ¿de millonario afectado?) y ha logrado que la discusión gire en torno a sus insertos. Pero no ha creado ningún diálogo.

En efecto, si la metáfora con la que visualizamos la política es la de una conversación, lo que Fontaine ha hecho es tomar parte en ella con un megáfono. Y el efecto del megáfono es precisamente el contrario al que Fontaine pretende haber buscado: el efecto del megáfono es acallar las voces de los demás.

En esta materia, el signo de los tiempos neoliberales en los que vivimos es que parece razonable que quien paga más pueda hablar más fuerte. Fontaine pudo pagar tres insertos multimillonarios, entonces tiene derecho a hablar, aunque lo que diga distorsione la opinión de otros y les haga decir cosas que no necesariamente han querido decir. Esto significa que, en una distribución neoliberal de los turnos de hablar, no todos tienen derecho a igual consideración y respeto: tal derecho se compra, y se obtiene tan sólo aquello por lo cual hemos pagado. El neoliberalismo genera mucho dinero para algunos, pero su bancarrota moral es innegable.

 

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