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El estilo Bachelet detrás del acuerdo tributario

por 15 julio, 2014

El estilo Bachelet detrás del acuerdo tributario
Es indudable que en el gabinete actual no existe nadie capaz de advertir o contradecir, con vistas a los resultados objetivos, una decisión como la adoptada. Inevitablemente, entonces, ella debe ser atribuida a la personalidad y voluntad de la Presidenta Michelle Bachelet.

El debate ya no es técnico, es político. El giro gubernamental en el proceso legislativo de la reforma tributaria marca una orientación política hacia un caudillismo abierto en la Presidencia. Que percibe que puede usar de manera instrumental su mayoría parlamentaria, que no requiere ni comunicar ni consensuar sus tácticas y estrategias en su propia coalición, que puede usar su mayoría como quiera, y que lo importante son los resultados gruesos, en este caso, expresados en una foto transversal que sólo deja contento al gobierno.

Es impensable creer que Michelle Bachelet no estuvo al tanto de las conversaciones y decisiones avanzadas por Hacienda, y que provocaron el actual escenario. Entre ellas, aquellas en la casa del ex ministro de Piñera, Juan Andrés Fontaine.

Dada la cultura política nacional y el sistema de decisiones que impera, el problema no es que se hayan efectuado tales reuniones, ni menos que hayan arribado a buen puerto, para viabilizar un acuerdo que, tomando las propias palabras del ministro de Hacienda, deja intacto el corazón de la reforma. Al fin y al cabo, la política es dialógica e implica negociaciones y consensos en todas partes del mundo.

El problema es que realizarlas en el más completo sigilo, con actores cuya carga de representación empresarial es muy alta, y sin tomar los resguardos de un apoyo político de la propia coalición, contiene el doble error de no percibir la dignidad o humillación de los propios adherentes, y subvalorar el golpe frontal a la confianza interna de la Nueva Mayoría, que diezma su relación con el gobierno.

El problema es que realizarlas en el más completo sigilo, con actores cuya carga de representación empresarial es muy alta, y sin tomar los resguardos de un apoyo político de la propia coalición, contiene el doble error de no percibir la dignidad o humillación de los propios adherentes, y subvalorar el golpe frontal a la confianza interna de la Nueva Mayoría, que diezma su relación con el gobierno.

La dura oposición que logró levantar la derecha empresarial frente a la reforma tributaria, y que por errores en su diseño comunicacional se transformó parcialmente en oposición social, llevó a muchos dirigentes y parlamentarios de la Nueva Mayoría a hacer una defensa cerrada de su diseño y a acelerar la aprobación en la Cámara del proyecto respectivo.

Por lo mismo, no informar, en este caso bajo reserva a los aliados –algo que parece obvio y elemental–, resulta humillante para quienes han hecho el costo político de su defensa, y genera una carga emocional que resulta mala consejera ante problemas difíciles, como es la aprobación final del propio proyecto, o de la agenda educacional o de reforma política que marca el horizonte del gobierno.

Es evidente que la intención política de este fue marcar su voluntad de no usar de manera unilateral su mayoría parlamentaria, sino dar una señal de que el tema es un problema del país, dejando en claro que, si bien considera la reforma un cambio estructural, ello no lesiona su apego a los consensos transversales que en materia económica prevalecen en nuestro sistema político.

Es innegable que frente al empresariado tuvo éxito, y ello obligó a los dirigentes políticos de la UDI y RN a llegar corriendo, transpirados y con cara seria, a la foto final del Senado.

Pero es precisamente ese matiz, por cierto muy importante, en donde la finura política no existió frente a los aliados. Lo que apareció fue el denominado “talante de Palacio”, es decir, la exhibición de un secretismo autoritario que, analizado en su despliegue objetivo, resultó en una incapacidad total de comprender lo que es una mayoría política de coalición con diferentes orientaciones doctrinarias internas y que generó un problema público de cohesión política.

Es indudable que en el gabinete actual no existe nadie capaz de advertir o contradecir, con vistas a los resultados objetivos, una decisión como la adoptada. Inevitablemente, entonces, ella debe ser atribuida a la personalidad y voluntad de la Presidenta Michelle Bachelet.

La pregunta es si, producido el daño, existe alguien con la finura política suficiente para recomponer el desaguisado, llevar adelante la aprobación de la reforma con el menor costo posible para la coalición gobernante y revertir la desconfianza sembrada. Ello, sin hacer gala del poder disciplinario que significa manejar la administración del Estado.

Naturalmente, nadie puede pensar que el hecho vaya a generar una crisis mayor en la Nueva Mayoría. Lo que sí queda en evidencia, es que el talante del gobierno recién empieza a desplegarse sobre el tablero político.

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