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Zaldívar y la cocina en la que somos cocinados los ciudadanos

por 17 julio, 2014

Zaldívar y la cocina en la que somos cocinados los ciudadanos
En la democracia neoliberalizada la cocina ha caído en manos privadas y nadie sabe realmente quién es el chef. A Zaldívar no lo dejaban entrar a hacerse cargo del rancho militar en tiempos de la dictadura, pero sí que entra y sale de la cocinería privatizada donde se gesta aquello que se ha dado en llamar los grandes acuerdos o los consensos, que son otros de lo que la gente ha votado. El plato de fondo que se prepara hoy en esa cocina consiste en que las reformas tributaria, educacional y constitucional se sigan llamando reformas, pero que no lo sean.

En España le llaman la casta. Son los políticos que se dedican a devaluar la democracia, a secuestrar la voluntad de los ciudadanos, a cocinar a sus espaldas, a entenderse con los poderes duros en lugar de representar a la gente que los eligió, y junto a ellos están sus asesores, financistas, gente de los medios y otros corruptos, esa bruma de sonrisas, complicidades, autos oficiales, sueldos escandalosos, pasajes en primera, comitivas, cuñados, hijas, sobrinos, empresas fantasmas y cuentas en paraísos fiscales.

La casta es más que una agrupación de políticos que en lugar de hacer de portavoces de sus electores actúan como empleados o socios de los poderosos. Es un clima, un dispositivo que acompaña al neoliberalismo en su navegación de teflón por el escenario global. Sus requisitos son: sistemas bipartidistas o binominales, privilegios para los parlamentarios, cargos económicos y judiciales que no dependen de los ciudadanos, políticas económicas únicas (que aplican unos sonriendo y otros con cara de consternación), corrupción galopante, paso de los políticos importantes a directorios de grandes empresas, paso de millonarios a la política, endogamia y parentesco en cargos públicos, sostenido aumento de la desigualdad en el reparto de riqueza, medios en manos de los millonarios, paraísos fiscales que permiten a los ricos no pagar impuestos, etc.

En Chile conocemos muy bien este ambiente. Pablo Iglesias, líder del movimiento español Podemos señala que esa gente le tiene miedo a la democracia. Ellos, esos diputados y senadores y ex ministros y empresarios y dueños de grandes empresas, no creen realmente que la gente normal pueda hacerse cargo de resolver los asuntos colectivos, y prefieren construir unos conos dorados y reservados donde unos pocos deciden a escondidas lo que afecta a todos. No se trata ya de defender el interés de todos, sino los privilegios económicos y sociales de unos pocos. La democracia, señala Iglesias, es mucho más que ir a votar cada cuatro años. La política, agrega, es demasiado importante como para dejarla en manos de los políticos.

La casta es más que una agrupación de políticos que en lugar de hacer de portavoces de sus electores actúan como empleados o socios de los poderosos. Es un clima, un dispositivo que acompaña al neoliberalismo en su navegación de teflón por el escenario global. Sus requisitos son: sistemas bipartidistas o binominales, privilegios para los parlamentarios, cargos económicos y judiciales que no dependen de los ciudadanos, políticas económicas únicas (que aplican unos sonriendo y otros con cara de consternación), corrupción galopante, paso de los políticos importantes a directorios de grandes empresas, paso de millonarios a la política, endogamia y parentesco en cargos públicos, sostenido aumento de la desigualdad en el reparto de riqueza, medios en manos de los millonarios, paraísos fiscales que permiten a los ricos no pagar impuestos, etc.

En cambio, nuestro Andrés Zaldívar, que aguanta bien el paso del tiempo en su penumbroso living de ambiente colonial, refiriéndose al acuerdo que de modo tan opaco cerró el ministro de Hacienda en la casa de un hombre de la derecha, es del parecer de que “en estas cosas no todo el mundo puede estar en la cocina, ahí muchas veces está el cocinero con algunos ayudantes, pero no están todos, no pueden estar todos, es imposible”.

Para seguir con la metáfora del senador Zaldívar, habría que ver quién es el cocinero, y dónde está la cocina. En el sistema democrático el cocinero es alguien elegido por los ciudadanos, y las cocinas son los recintos públicos donde se toman las decisiones políticas, esto es el Congreso, el Palacio de Gobierno, los Ministerios, etc.

En la democracia neoliberalizada la cocina ha caído en manos privadas y nadie sabe realmente quién es el chef. A Zaldívar no lo dejaban entrar a hacerse cargo del rancho militar en tiempos de la dictadura, pero sí que entra y sale de la cocinería privatizada donde se gesta aquello que se ha dado en llamar los grandes acuerdos o los consensos, que son otros de lo que la gente ha votado. El plato de fondo que se prepara hoy en esa cocina consiste en que las reformas tributaria, educacional y constitucional se sigan llamando reformas, pero que no lo sean. Aunque hemos pedido otra cosa, nos están preparando y nos servirán muy pronto a la mesa una reforma tributaria grillé vaciada en arándanos fiscales, una reforma educacional con aderezo de sostenedores y agua bendita en un lecho de edificios por cierto concertados, y una reforma constitucional al cebollín deshidratado en espionaje digital.

Gabriel Boric, en su tono rudo pero convincente, ha exclamado: "¿Para qué sirve un Parlamento si es que es más fácil tomar los acuerdos en una casa de los amigos en Las Condes?”.

Y Carlos Peña, desde su columna mercurial, señala no menos duramente que “presentar como un logro cívico un acuerdo alcanzado por el ministro, el subsecretario y el asesor de la minoría, en la casa de este último, mientras mascaban galletas, sin el control ni la presencia de las fuerzas políticas, lejos del escrutinio ciudadano, y sin explicar por qué la mayoría renunció a serlo, es simplemente incomprensible”.

Estamos, pues, en pleno desarrollo de un cocinado más de la casta, un proceso conducido por gente misteriosa que no responde ante electores, a espaldas de los ciudadanos que serán finalmente los afectados por la reforma o no reforma que ahí se cueza.

¿Qué hacer ante esta situación? Para Pablo Iglesias, en España, la receta es: ejercer nuestros derechos, dar vida y realidad a la democracia, y no dejar la política en las manos y cucharas de palo de esos cocineros a los que nadie ha validado. Por eso es que él llama a votar, a opinar, a organizarse en las redes sociales.

Todo eso puede ser muy fatigoso y hasta peligroso para los chilenos que hemos pasado tanta tribulación popular, militar, neoliberal, laboral, educacional y de lo que venga, aunque al final tan mal, tan mal no nos está yendo.

En el sur de Europa la crisis ha empujado a cientos de miles de personas a una vida indigna, y la protesta está más en la piel.

Se trata, en nuestro caso, de un asunto de dignidad moral más que de contenido práctico. Además, nos hemos acostumbrado a nuestra casta, y a muchos realmente les gusta su estilo y su sabor. ¿Qué hacer, pues? Estamos, en verdad, indecisos.

Tal vez haya que salir nuevamente a la calle en una multitud de cientos de miles de indignados a lo largo y ancho del territorio nacional. Tuitear. Exigir democracia a todos los niveles de la vida cotidiana. Escribir alguna columna de opinión. O, si no, resignarnos a crear dos, tres, muchas cocinerías misteriosas donde el senador Zaldívar y los hermanos Fontaine citen a los ministros y les digan qué cucharones pueden meter y qué salsas deben preparar, el resto queda para los asesores de imagen.

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