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Análisis

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Arenas, el burócrata

por 18 julio, 2014

Arenas, el burócrata
Como buen chico listo se alineó tempranamente con la tesis de Peñailillo y su grupo –jubilar a los viejos– y percibió de primera fuente cómo esa frase le hacía sentido a la directora de ONU Mujeres. No fue casual entonces que, a su regreso a Chile, desempeñara un rol estratégico en su comando –Jefe Programático– y, luego de su triunfo, y contra la opinión de casi todos los expertos, Bachelet lo ratificara como su próximo ministro de Hacienda.

Se cuenta que entre las razones que tuvo la Presidenta para provocar la jubilación masiva de ex dirigentes de la Concertación estaba su sentimiento de haber sido maltratada y ninguneada por la mayoría de ellos. Es por eso que ni Lagos ni Insulza u Ominami, por nombrar algunos de los dirigentes de la época, son sus referentes. No hay que olvidar que cuando tanto ella como Soledad Alvear emergieron como los liderazgos renovadores al interior de la coalición, hubo varios que no se las tomaron jamás en serio, al punto de atribuirle a un extinto y aristocrático senador DC la famosa frase pronunciada por allá por 2004 que resumía la incertidumbre e incredulidad que provocaban ambas en el seno de esa elite concertacionista: “¿Hasta dónde llegarán estas niñitas?”. El subtexto era la idea de que en algún momento esto debía volver a su cauce normal para que entrasen en escena los jugadores de las ligas mayores en vísperas de las elecciones presidenciales de 2005. Pero no ocurrió así y más bien el destino, y la voluntad de la propia Michelle Bachelet, permitió que, por el contrario, asistiéramos al funeral, a veces sin pena ni gloria, de gran parte de esa generación. Los viejos dirigentes de la transición no son los únicos depositarios del malestar presidencial. También lo es la gente que, como Andrés Velasco, han pecado de soberbia extrema con ella. A este no le perdona su chantaje de renunciar al Ministerio de Hacienda en su periodo anterior si el gobierno insistía en avanzar en la reforma laboral que se había prometido en el programa.

Peñailillo –chico listo en saber descifrar los códigos del poder– y su equipo tomaron tempranamente nota de ese dato y le vendieron a Michelle lo que ella quería escuchar: “Que había que jubilar a ese montón de viejos…”. Por allí nació la complicidad entre ella y ese entorno al que, pronto, se aproximó Alberto Arenas, de trayectoria muy similar.

Había sido comunista en su juventud y todavía se le nota en sus frases sancionatorias: “Hemos mantenido el corazón de la reforma”, “ha sido un éxito”, sin dejar espacio a preguntas. En la revolución rusa seguramente habría sido un buen comisario. Como buen chico de clase media con aspiraciones mayores leyó tempranamente el signo de los tiempos y se reconvirtió en hombre de Estado retornada la democracia. Esta necesitaba cuadros de recambio, pues los 17 años fuera del poder hacían que aquella administración necesitara de gente que no sólo se manejara en la tradicional jerga del “yo no quiero que me den, pero pónganme donde haiga”, sino que conociera a cabalidad el entramado gubernamental que la dictadura transformó casi completamente. Y allí estuvieron los técnicos, es decir, los Arenas.

Zaldívar, con la sapiencia que lo caracteriza –la misma que lo hizo elegirse senador por Maule, en su ya casi octogenaria vida, con el apoyo cerrado de la Nueva Izquierda de Camilo Escalona en 2009– acaba de propinarle un nocaut a una de las principales promesas gubernamentales de Michelle Bachelet, sin escándalo y con mucho sigilo. Como acostumbran los políticos oligarcas: en sus casas y en torno a unas galletitas. Pero no hay que echarle la culpa exclusivamente a Arenas, pues él, como un buen burócrata, no hizo otra cosa que aceptar el criterio, como acostumbra a señalarlo Peñailillo, “de la jefa”.

A inicios de los 90 (yo también los odio) en sus constantes viajes a Antofagasta, siendo miembro del directorio de la empresa de agua potable del norte, entrabó amistad con Osvaldo Andrade, quien desempeñaba la misma función. Comenzó, entonces, su ascenso político al alero del actual presidente del PS. Paralelamente, ingresó como asesor en la Dirección de Presupuestos llegando a ser su jefe en el gobierno anterior de Bachelet. Hoy omite en su currículo su paso por el directorio de esa sanitaria y por la empresa de ferrocarriles, periodo en el cual se produjeron anomalías, así como su estadía en el Centro de Microdatos de la Universidad de Chile. Sólo se destaca en la web su paso por el Canal 13 a partir de 2010.

Como buen chico listo se alineó tempranamente con la tesis de Peñailillo y su grupo –jubilar a los viejos– y percibió de primera fuente cómo esa frase le hacía sentido a la directora de ONU Mujeres. No fue casual entonces que, a su regreso a Chile, desempeñara un rol estratégico en su comando –Jefe Programático– y, luego de su triunfo, y contra la opinión de casi todos los expertos, Bachelet lo ratificara como su próximo ministro de Hacienda.

Vino, luego, el inicio de la reforma tributaria aprobada sin discusión en la Cámara pero que significó, de ahí en adelante, una presión mediática que el gobierno no fue capaz de soportar. Esto, pese a que en la gira a Estados Unidos los empresarios le manifestaron a la Presidenta que se habían abierto a “apoyar un alza en la tasa de impuesto a las empresas”. El 21 de mayo, Zaldívar decidió entrar a escena con su comentada entrevista en El Mercurio, donde anunciaba que sí se podía tocar el corazón de la reforma. Lo hacía el mismo día del mensaje Presidencial y fue comentario obligado en los círculos políticos la oportunidad elegida.

Entonces no sólo se generaron las condiciones para el encuentro en casa de Fontaine, sino también la reunión secreta con la bancada de senadores del PDC, un domingo por la noche, en uno de los departamentos de Zaldívar (el mismo que cuatro meses antes de la elección dijo que Peñailillo sería el Ministro del Interior, aunque sin nombrarlo: “Debe ser un hombre cercano a la Presidenta y con absoluta complicidad”). En la cita, Arenas fue prácticamente asaltado, obteniendo los parlamentarios DC garantías que alcanzaron hasta para el gremio de los camioneros, del cual proviene el senador Jorge Pizarro. De paso, por obra y gracia de la impericia del ministro y de quienes lo respaldaron en tal acción, el gobierno logró algo que, hasta allí, era imposible: provocar la unidad de la tensionada bancada de senadores democratacristianos. Los más críticos del secretario de Estado señalan que no debió haber asistido a esa sesión, y desaprueban la forma y el fondo de la misma, menos aún si en esta participaban hombres de la experiencia de Zaldívar que están en la cosa pública desde antes de que muchos de nosotros llegáramos a este mundo. Él es nuestro Fouché: un sobreviviente de los últimos 50 convulsionados años. Para Zaldívar, Arenas fue una presa fácil: organizó y dirigió la encerrona que acabó con el alma de la reforma tributaria, lo que coincidió con la asistencia de Lagos Weber a la reunión de la comisión política del PPD, donde los notificó de su negativa a aprobar el proyecto tal como estaba, pues “lo habían convencido de que era deficiente”. La Presidenta ya sabía eso. La presión ambiente sobre Hacienda hizo el resto.

Zaldívar y su entorno sabían de buena fuente las debilidades del ministro, mismas que Juan Andrés Fontaine explicitaría públicamente más tarde, en lo que pareció una muestra de desatino rayando en la deslealtad. Habían olfateado su inseguridad que no lograban disimular ni su alto cargo ni su elegante terno gris, ni su pomposo doctorado en Pittsburgh ni sus sentencias implacables.

Arenas, entremedio, había desoído y desahuciado la opinión de economistas expertos de la NM, como Manuel Marfán –el mismo que advirtió tempranamente el error de que la tributación a empresas de distinto tamaño no debía ser la misma y que a éstas había que dejarlas respirar, para que pudieran reinvertir sus utilidades y no tener que acudir al endeudamiento bancario, en particular si se trataba de las Pymes–, quien ha dicho privadamente que le solicitó al ministro una reunión unas 20 veces, pero que éste nunca le contestó. Es el sino de la nueva burguesía fiscal que no oye razones, sólo voces poderosas.

Zaldívar, con la sapiencia que lo caracteriza –la misma que lo hizo elegirse senador por Maule, en su ya casi octogenaria vida, con el apoyo cerrado de la Nueva Izquierda de Camilo Escalona en 2009– acaba de propinarle un nocaut a una de las principales promesas gubernamentales de Michelle Bachelet, sin escándalo y con mucho sigilo. Como acostumbran los políticos oligarcas: en sus casas y en torno a unas galletitas. Pero no hay que echarle la culpa exclusivamente a Arenas, pues él, como un buen burócrata, no hizo otra cosa que aceptar el criterio, como acostumbra a señalarlo Peñailillo, “de la jefa”.

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