Sábado, 23 de septiembre de 2017 Actualizado a las 06:22

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El mapuche tiene la culpa…

Cuando nos liberemos de estos prejuicios que personifican la violencia en un solo actor, en el mapuche como un “enemigo interno”, nunca más veremos, como en el último mes, a un Gobernador de la zona y un ex Vicepresidente de la República culpando sin mayores antecedentes a organizaciones mapuche de actos que nunca cometieron (como el asesinato del cabo Gutiérrez), tampoco veremos a uniformados haciendo alarde en Facebook de su animadversión contra los mapuche (cabo Esteban Encina Castillo), tampoco veremos a niños mapuche esposados, maltratados y luego liberados sin pruebas, ni mucho menos veremos a un parcelero (Domingo Flores) asesinando a un carabinero creyendo que era un mapuche.

Los apresurados comentarios antimapuche que aparecieron en las redes sociales y bajo notas de prensa el día de la muerte del cabo Álex Gutiérrez en Arauco, se asemejaron mucho a los odiosos comentarios que festejaban la muerte del "terrorista" Sergio Landskron. Sorpresivamente para gran parte de la prensa y sobre todo para estos violentos aficionados al análisis político virtual, ni los mapuche fueron los asesinos del carabinero, ni el joven en situación de calle que portaba una bomba en el barrio Yungay era un terrorista.

Es que resulta muy fácil culpar de todos los males de la sociedad a los grupos más excluidos. El pensamiento conservador que ve en la cultura popular y en los sectores desventajados los mayores vicios e impulsos sociales, parece atribuirles a estos –sin mediar argumentos ni pruebas– toda criminalidad. Este pensamiento unilateral niega y simplifica al “otro desconocido” como un todo homogéneo y rudimentario. El pobre y excluido es un desconocido que amenaza, un otro que hay que negar y caricaturizar, un simple “viejo del saco”, “borracho”, “delincuente” o “terrorista”.

Toda esta caricatura descrita no es baladí, sobre todo cuando incluso nuestras autoridades y la prensa parecen desconocer profundamente quiénes son los actores sociales “imputados”. Hubiese bastado con plantearse preguntas básicas para reconocer que estos lamentables hechos no se reducían a los “vicios” de los excluidos de nuestra sociedad, pero no lo hicieron. Antes de recabar antecedentes lo más rápido y cómodo fue recurrir a los chivos expiatorios de siempre, nuestros supuestos “enemigos internos”.

Cuando nos liberemos de estos prejuicios que personifican la violencia en un solo actor, en el mapuche como un “enemigo interno”, nunca más veremos, como en el último mes, a un Gobernador de la zona y un ex Vicepresidente de la República culpando sin mayores antecedentes a organizaciones mapuche de actos que nunca cometieron (como el asesinato del cabo Gutiérrez), tampoco veremos a uniformados haciendo alarde en Facebook de su animadversión contra los mapuche (cabo Esteban Encina Castillo), tampoco veremos a niños mapuche esposados, maltratados y luego liberados sin pruebas, ni mucho menos veremos a un parcelero (Domingo Flores) asesinando a un carabinero creyendo que era un mapuche.

Es de esperar que las paradojas de estos tristes sucesos, nos alerten del daño que representa para nuestra sociedad el prejuicio y la animadversión frente a los excluidos. Desprendernos de estas anteojeras y odiosidades, nos ayudará, por ejemplo, a juzgar el conflicto en territorio mapuche en su cabal dimensión. Los caminos de paz comienzan por entender este conflicto como una disputa histórica que involucra al Estado y a actores diversos (por un lado, no sólo a latifundistas, sino también al gran capital y las forestales y, del otro, no sólo a organizaciones mapuche radicalizadas, sino también muchas abiertas al diálogo democrático) en una espiral de violencia fundamentada en la propia historia de sus interacciones. Para que la sociedad en su conjunto –y en particular el Estado– se comprometa con la paz, ayudará entender este conflicto como una relación histórica de negación del otro, y la espiral de violencia colectiva como una respuesta a la violencia estructural, cultural y simbólica impuesta en la zona. Con particular dramatismo la historia de este territorio nos enseña que es la negación del otro –y la represión, como su peor faceta– el más efectivo fertilizante de la violencia y el conflicto. La violencia colectiva, ciertamente, es condenada en las sociedades modernas, pero también puede ser prevenida modificando las relaciones sociales que la sustentan.

Cuando nos liberemos de estos prejuicios que personifican la violencia en un solo actor, en el mapuche como un “enemigo interno”, nunca más veremos, como en el último mes, a un Gobernador de la zona y un ex Vicepresidente de la República culpando sin mayores antecedentes a organizaciones mapuche de actos que nunca cometieron (como el asesinato del cabo Gutiérrez), tampoco veremos a uniformados haciendo alarde en Facebook de su animadversión contra los mapuche (cabo Esteban Encina Castillo), tampoco veremos a niños mapuche esposados, maltratados y luego liberados sin pruebas, ni mucho menos veremos a un parcelero (Domingo Flores) asesinando a un carabinero creyendo que era un mapuche.

La espiral de violencia en territorio mapuche alcanzó su peak bajo medidas de mano dura y negación política del pueblo mapuche durante el último gobierno de la Alianza. Actualmente la situación no mejora y lamentamos profundamente el fallecimiento en los últimos meses del cabo Álex Gutiérrez en Cañete y de los comuneros José Quintriqueo Huaiquimil en Galvarino y Víctor Mendoza Collío en Ercilla. Enviamos nuestras condolencias a sus familiares y por su parte, a las autoridades, un llamado de atención. Estas alertas de crisis, por cierto, van de la mano de oportunidades para el cambio y hoy como sociedad estamos comenzando a reconocer que las soluciones son políticas y radican en la transformación de las relaciones de negación en relaciones de reconocimiento. Si el actual gobierno quiere simplemente administrar el conflicto con la gran capacidad de maniobra política que demostró en la década anterior, posiblemente veremos buenos resultados, pero momentáneos. Bastaría que llegue otro gobierno con menos inserción en las comunidades y con políticas represivas para que la violencia nuevamente escale, como ocurrió en el gobierno anterior.

Hoy se necesita una solución de fondo, que haga sustentable la paz y la convivencia. Partamos por dejar de negar, excluir y caricaturizar al “otro” indígena y –como han planteado históricamente muchas organizaciones mapuche y recientemente la Comisión de Descentralización– reconozcamos al pueblo mapuche como sujeto, como titular de derechos colectivos y protagonista de su autodeterminación.

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