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Calendario escolar: un monumento a lo obvio

por 7 febrero, 2015

Resulta inaceptable que en los calendarios regionales no se mencione la gratuidad de la enseñanza, que la validación de estudios, modalidad de escolarización que utilizan los más pobres, siga siendo pagada, con lo cual el Ministerio de Educación resulta absolutamente incoherente: levanta con fuerza las banderas de la educación gratuita pero a su vez quienes rinden exámenes libres, “aquellos que buscan una segunda oportunidad sobre la tierra” (García Márquez), deben pagar para asegurar su continuidad de estudios.

En esto días de profundos cambios en educación, en la imagen pública el Ministerio de Educación aparece como desenfocado en su misión esencial que es dirigir y orientar las escuelas para que mejoren los aprendizajes. Más aún, la reforma es un fantasma que recorre sus dependencias sin que las jefaturas intermedias logren reaccionar y definan su accionar en pro de potenciar este nuevo escenario.

Esta situación que contrasta el entusiasmo del ministro con la ausencia de liderazgo que se observa en algunas autoridades intermedias, me recuerda una anécdota del ámbito gremial:

En plena década del 80 la Asociación Gremial de Educadores de Chile (AGECH) convocó a un acto político con el desafío de llenar el Caupolicán, lo logramos, pero la masividad nos desbordó. Mientras en el escenario un impecable conjunto folclórico del magisterio interpretaba un baile y canto tradicional, los miles de asistentes tronaban “y va a caer y va a caer y va a caer…. “. Los llamados a la cordura no prosperaron y el acto debió darse por terminado porque los manifestantes abandonaron el recinto.

 Resulta inaceptable que en los calendarios regionales no se mencione la gratuidad de la enseñanza, que la validación de estudios, modalidad de escolarización que utilizan los más pobres, siga siendo pagada, con lo cual el Ministerio de Educación resulta absolutamente incoherente: levanta con fuerza las banderas de la educación gratuita pero a su vez quienes rinden exámenes libres, “aquellos que buscan una segunda oportunidad sobre la tierra” (García Márquez), deben pagar para asegurar su continuidad de estudios.

Corresponde a las Jefaturas de División (vaya nombre), especialmente los equipos de la División de Educación General, dar a conocer qué ha estado haciendo el Ministerio de Educación en este tiempo y cuáles son sus propuestas para el 2015, porque aparecemos como contenidos frente a la opinión pública, en una actitud de espera a que la reforma sea aprobada. Si los directivos no se constituyen en el estado mayor de la REFORMA y siguen con la tonada tradicional, el cántico “y va a caer, y va a caer” se hará cada vez más audible.

Es que la entidad rectora de la educación chilena está obligada a rendir cuenta permanente ante la opinión pública de cuánto está haciendo por el mejoramiento de la calidad educativa en las escuelas, principalmente en el sector municipal, tema por el cual la autoridad es interpelada permanentemente pero no logra invadir los medios de comunicación con una respuesta convincente.

No se necesita un nuevo proyecto de ley para implementar un aspecto del Programa de Gobierno que señala: “... en lo inmediato, se formulará un plan de acción de corto plazo orientado a recuperar los establecimientos con mayores deficiencias en materias técnico-pedagógicas y a asumir el desafío de recuperar matrícula en la educación pública”. Es una tarea inmediata para la cual existen las competencias necesarias para implementarla. ¿Por qué entonces no se formulan los planes tendientes a concretar estos contenidos programáticos?

Pero lo impúdico suele ser más real que lo real y lo he comprobado leyendo los 15 calendarios escolares regionales (www.mineduc.cl), elaborados en diciembre, publicados varias veces algunos, corregidos y aumentados otros. Es indudable que un instrumento como este debe elaborarse a partir de las peculiaridades locales, pero sus redactores no tienen ningún derecho a ignorar que en Chile estamos viviendo un proceso de reforma tan profundo que implicará la retoma de las escuelas por parte del Ministerio de Educación, hecho simbólico del cual no puede estar ajena una programación anual que pretenda imprimir un rumbo a las escuelas.

Ello ocurre porque, al carecer las regiones de una carta de navegación que defina nuestra acción para la mejora de las escuelas, el calendario escolar es concebido como una mera guía administrativa que fija fechas, propone efemérides, transcribe definiciones, reitera Decretos, y no como debiera ser formulado, es decir, como un instrumento político a través del cual el Estado de Chile proclama su soberanía sobre los establecimientos educacionales del país.

Resulta inaceptable que en los calendarios regionales no se mencione la gratuidad de la enseñanza, que la validación de estudios, modalidad de escolarización que utilizan los más pobres, siga siendo pagada, con lo cual el Ministerio de Educación resulta absolutamente incoherente: levanta con fuerza las banderas de la educación gratuita, pero a su vez quienes rinden exámenes libres, “aquellos que buscan una segunda oportunidad sobre la tierra” (García Márquez), deben pagar para asegurar su continuidad de estudios.

También preocupa que a días de haber proclamado que “esta reforma se hace con los profesores”, en muy pocas regiones se declare libre el 16 de octubre, Día del Profesor y la Profesora. Existe una postura normativa que indica majaderamente que no es posible concederlo, a pesar de que es una decisión política a resolver por la autoridad y no por la asesoría jurídica. El Ministerio de Educación propondrá un proyecto de carrera docente, anhelo histórico de los maestros y que marcará definitivamente su profesionalidad, pero si no va acompañado de un gesto tan simple como concederle libre su día, la discusión puede ponerse muy áspera, conflicto innecesario que es urgente despejar.

Queda en evidencia que la formulación de los calendarios regionales es parte de una rutina escolar ajena a los contextos históricos. Se programa igual en dictadura o en democracia, en periodos de cambios estructurales o de statu quo, y como broche de oro, dos digresiones que se permiten algunos redactores regionales del calendario:

La distinción entre colegios confesionales y no confesionales resulta impropia de un Estado laico, que no puede categorizar las escuelas a partir de la creencia religiosa de su sostenedor.

La débil regulación de los procesos escolares que tienen lugar en los recintos militares, curiosa permisividad frente a un proceso educativo excesivamente normativo para el resto de los establecimientos educacionales.

El presente año viene más duro aún para la autoridad educacional, se debatirán importantes proyectos, como la carrera docente, la desmunicipalización y probablemente la gratuidad de la educación superior; dichas iniciativas podrían provocar la movilización de sectores bien organizados y con una amplia capacidad de convocatoria. Este contexto exige readecuar el calendario escolar, colocando como hitos aquellas acciones educativo-pedagógicas con fuerte impacto  en el aula, con apoyos y asesorías que marquen una presencia permanente y definitiva del Ministerio de Educación.

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