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Feliz año nuevo

por 1 enero 2016

El curso que ha tomado la discusión sobre la llamada gratuidad en el sistema de educación superior hace, al menos, evidente lo que sabemos a medias: el modelo de “desarrollo” en nuestro país no es solamente una burda –pero eficiente– ideología basada en un individualismo extremo, en la competencia de todo contra todo, en una constricción progresiva del Estado a favor de la empresa privada y de los sectores que controlan la mayor parte de nuestra economía y, valga la contradicción en los términos, de nuestra cultura. Es también un modo de vivir, un modo de actuar, un modo de (no) sentir; determina creencias tomadas como datos ciertos, inyecta en nuestras subjetividades un sentido común cercano a la alienación total. Produce un estado de cosas admitido como natural, cuando en verdad ha sido construido políticamente, colonizando nuestra experiencia como sujetos y como ciudadanos.

Por qué. Para muestra un botón.

Primero, porque a propósito de la llamada “gratuidad” de la educación superior se borra de un plumazo una distinción que suponíamos obvia, nuestros emprendedores dirían: una “discriminación arbitraria” entre lo público y lo privado. Basta con declararse público para acceder a recursos… públicos; basta con recibir recursos a partir del expediente aparentemente obvio de la condición de estudiantes “vulnerables” para que de la noche a la mañana las instituciones que obtienen sus ganancias a partir del mercado se vuelvan garantes de un derecho de pretensión universal y, con ello, aumenten sus recursos ahora con el favor del Estado. Basta declarar que los beneficios deben ser asignados sin discriminación a los estudiantes para que, sin discriminación alguna –porque sería “arbitrario” – se asignen a las empresas. Mala cosa.

Segundo, porque frente a esta burda –pero, hay que reconocerlo, muy eficiente– estratagema la ciudadanía, el (sin) sentido común, la academia, para qué decir el gobierno permanecen en una inercia zombi, sonámbula, actuando a tientas en un escenario que ha sido preparado por 40 años y que nos mantiene sin palabras ni pensamiento. Es necesario que ocurra algo tan extremo como decidir que algunas instituciones del Estado queden fuera de los recursos … del Estado para que nos demos cuenta, mínimamente, de que la trampa ha sido eficaz y en ella hemos caído todos. Sólo entonces –y digamos, afortunadamente– el Rector de la Universidad de Chile, principal institución de educación superior del Estado de Chile, puede decir: “Esto es realismo mágico, esto es una locura completa”.

Tercero, porque el realismo mágico produce efectos del todo… reales. Produce efectos que no son imaginarios solamente, sino… reales. De ahí su violencia y su poder. En realidad, no es magia, no es puro imaginario ideológico; es el poder del dinero, es el poder del lobby, es el poder del poder. Nada más real.

Es más: un sector tan importante como es el “movimiento” estudiantil, ha caído también en la trampa de neoliberalizar sus propias demandas; la gratuidad ha sido el caballo de Troya para que exigieran lo que ahora se vuelve en su contra. Propósito noble, el de la gratuidad, pero no a costa de financiar el mercado.

Por cierto, finalmente, tal realidad… real no debiera hacernos desconocer, todo lo contrario, que funciona a nivel de nuestras subjetividades. Sería necesario un largo programa de investigación multidisciplinaria –como la que emprendiera Adorno con la Escuela de Frankfurt cuando abordaba la pregunta por la personalidad autoritaria– para demostrar que los efectos del llamado neoliberalismo (véase: Los Chicago Boys, el tristemente feliz documental sobre la historia de lo que hemos llegado a ser después de más de 40 años) no sólo conciernen a un “modelo” económico sino que, más radicalmente, ha producido subjetividades alienadas absolutamente; aquellas que, por ejemplo, con la misma fuerza defienden la segregación en las escuelas –porque el pago garantiza aparentemente que no se mezcle la chusma “flaite” con los niños y las familias “bien” – y la asignación de recursos del Estado para que el negocio siga funcionando privadamente. Es más: un sector tan importante como es el “movimiento” estudiantil, ha caído también en la trampa de neoliberalizar sus propias demandas; la gratuidad ha sido el caballo de Troya para que exigieran lo que ahora se vuelve en su contra. Propósito noble, el de la gratuidad, pero no a costa de financiar el mercado.

Uno de los problemas de todo esto es que quienes, en el mejor de los casos, podrían poner en evidencia este programa inconsciente –pero no por ello menos exento de responsabilidades– de crear en nuestras subjetividades estas ilusiones sobre el poder de la economía a expensas de la política y de la cultura –los estudiantes más lúcidos, los académicos ahora dormidos, los intelectuales que saben mucho pero piensan poco– se encuentran (nos encontramos) como atados de manos, asistiendo al triste escenario de una política pública secuestrada, sin oponer más resistencia que la queja muda de un malestar sin nombre.

Haría falta una “ardiente paciencia”, un trabajo paso a paso, una discusión con los argumentos de la razón, una política impregnada de cultura para que poco a poco ayudáramos a desmontar los enclaves individuales y colectivos de un totalitarismo soft, donde la sinrazón se vuelve la razón del poder económico. Mucho pasa, en este posible y necesario intento, por un trabajo con menos ruido y más voluntad; mucho de esto pasa por volver a reencontrarnos –al menos algunos, si no muchos– en la tarea cotidiana de recuperar un sentido común –Gramsci lo llamaba hegemonía, pero hay que buscar otras palabras– secuestrado por la ignorancia y el emprendimiento que no tiene más deseo que ganar más. Recuperar el valor de la solidaridad en las cosas buenas, sin temor a quedar diagnosticados como ingenuos militantes de una moral que se piensa ajena a la vida política.

Cuando las cosas de la política se vuelven reveladas, al menos para algunos, en su extrema impudicia (la situación que comentamos de la llamada “reforma” no es sino la guinda de la torta de un sistema desacreditado absolutamente: 2015 es el año de la suma de bochornos); cuando ya no es necesario interpretar mucho, porque la realidad aparece en su modo más… real, entonces se abre un espacio donde la crítica puede admitir un mínimo y necesario despertar.

El año próximo nos encontraremos, a propósito de una futura Ley de Educación Superior en Chile, en un escenario si no propicio, al menos, posible para restituir un espíritu que critique para construir. Que sea colectivo, ojalá. Esperamos con una ardiente paciencia que, con motivo de estas y otras discusiones, avancemos en restituir el valor de una cultura hasta ahora secuestrada por un poder ignorante y cruel. Sería la ocasión de volver a reencontrarnos con esa solidaridad creativa, critica, sabiendo que no todo es pura codicia, sino genuino amor por las cosas buenas.

Todo esto estará por verse.

Por ahora, la invitación a criticar para construir podría ser nuestro desafío y nuestro deseo de un…

¡Feliz año nuevo!

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