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Necesitamos volver a soñar

por 3 enero 2016

El Siglo XX fue el siglo de los sueños. Comenzó con el surgimiento de grandes ideas, anarquistas, socialista-utópicas, marxistas, que proponían crear una sociedad sin clases, sin explotación, donde el ser humano pudiera libremente dar rienda suelta a todas sus potencialidades, a su sabiduría, amor, conocimiento y humanidad, entregando a la sociedad el fruto de su trabajo y recibiendo de ella lo que necesitaba. Así se sentaban las bases para que naciera el Hombre Nuevo.

Irrumpía en el Palacio de Invierno Alejandra Kolontai dirigiendo a las mujeres textiles, comenzando así un proceso revolucionario que llenaría de ilusiones a media humanidad. Surgía en el mundo, un movimiento obrero, digno, orgulloso, dispuesto a luchar por sus derechos, pero al mismo tiempo organizándose, dando lo mejor de cada uno en sus comunidades, partidos, sindicatos, sociedades de ayuda mutua. Educándose a sí mismo en los mejores aspectos del ser humano, especialmente en la solidaridad, como lo hicieran en Chile los trabajadores del salitre, produciendo ejemplos como los de Luis Emilio Recabarren y Clotario Blest, quienes dedicaron su vida a la organización de los trabajadores sin exigir nada a cambio y muriendo tan pobres como el día en que comenzaron sus luchas.

Las guerras, pese a su crueldad intrínseca, se emprendían en nombre de la libertad, con ejércitos regulares que creían defender ideales con honor, logrando victorias que generaron optimismo, resistencias heroicas y enseñanzas, como las de la Segunda Guerra Mundial. Se valoraba el triunfo del débil sobre el fuerte y la victoria de un pequeño pueblo campesino sobre el poderío yanki con sus hordas llenas de napalm, nos convenció a los más jóvenes que podríamos ganar cualquier batalla. Solo bastaba quererlo, ser consecuente y un buen ser humano.

Después de un Papa frío, que no ocultó sus simpatías por Hitler, asume un Papa inolvidable que enamora a moros y cristianos con su compromiso con los pobres y desvalidos, inspirando a miles de cristianos a dar su vida por la Teología de la Liberación, especialmente en nuestro continente. Mientras tanto, los jóvenes franceses pedían lo imposible, otros echaban a Batista, nosotros en Chile, con nuestro estilo menos estridente, nos preparábamos para construir una sociedad más justa a través de las urnas.

La palabra solidaridad desapareció del lenguaje. Los actuales líderes ganan elecciones con fotos retocadas y la mayoría enfrenta la tarea de representación política cobrando caro y defendiendo al que les paga.

Hacia fines del siglo todo se derrumba. Mueren las esperanzas. Nada era posible nunca más. No apareció en ninguna parte la sociedad sin clases. Ni en sueños existió el Hombre Nuevo. Ya no se fingía que las guerras fueran por la Libertad. El Honor desapareció del lenguaje de los soldados. Sin mayores explicaciones, con impudicia, obstinación y drogas cumplían sus objetivos reales: extraer diamantes, petróleo, coltan, o simplemente activar la industria armamentista, creando falsos esquemas comunicacionales de supuestos ataques terroristas. Los ejércitos heroicos fueron reemplazados por empresas privadas de mercenarios subcontratados. Los modelos de sociedad no capitalista eran tanto o más crueles que esta, con extremos violentos como los de Pol Pot, Kim Il Sung y otros. Los vietnamitas comenzaron a fabricar la marca Nike para el mismo país que los había masacrado. Los chinos decidieron explotar a sus trabajadores para ser los más eficientes en la producción de manufactura barata para el capitalismo y con ello incorporaron a sus ricos a los records de Forbes, sin recordar ni en broma la famosa sociedad comunista ideal. Las mafias rusas y ucranianas se destacaron en el mundo por su crueldad, dejando a la Cosa Nostra como niños de pecho. Ya no solo se traficaba con personas y almas, sino con órganos.

En Chile, los poderes fácticos, como los llamó Allamand cuando usaba la medicina cubana, se aburrieron del discurso contra la explotación y arremetieron con todo contra líderes, sindicatos o cualquier tipo de organización de los soliviantados. ¡Qué se habían creído! Destruyeron física y moralmente a una generación completa. La clase obrera, por el desarrollo tecnológico comenzó a desaparecer y la precariedad laboral se extendió, tanto porque cambió la estructura económica del planeta, como porque se esfumaron las leyes laborales logradas durante un siglo. Como los chinos, el país logró meter a unas diez familias a los records de Forbes de los más billonarios del mundo.

Nunca más se vio en el siglo XXI dirigentes, políticos, o aún activistas, que pretendieran terminar con la injusticia y dar su vida por los más pobres. La palabra solidaridad desapareció del lenguaje. Los actuales líderes ganan elecciones con fotos retocadas y la mayoría enfrenta la tarea de representación política cobrando caro y defendiendo al que les paga. Sacerdotes abnegados como Felipe Berríos, o todos los curas que defendieron a los chilenos durante la dictadura, son escasos, o se sabe poco de ellos, porque los dueños de los medios de comunicación eligen cuidadosamente la parrilla majadera con la que inundan los hogares para formar el pensamiento nacional. No han podido impedir sin embargo, que sucesos tan aberrantes como los desarrollados por los Karadima de la Iglesia Católica lleguen a nuestro conocimiento, lo que solo sirve para frustrar las esperanzas puestas en la religión y el paraíso.

Con el masivo ingreso de la mujer al mercado de trabajo, desapareció el esposo proveedor y predominan las familias con mujeres como Jefas de Hogar con hijos de distintos padres, que en su mayoría han sido también abandonados monetaria y afectivamente. El hombre no acepta los nuevos roles y se convierte en femicida. Ya nadie cree en el amor eterno. La TV, con su publicidad obsesiva a favor del consumismo, erige a la farándula como ideal al cual aspirar, constituyendo el modelo de felicidad para los jóvenes, donde la eternidad es lo menos importante.

Lo más triste fue que en la debacle desaparecieron los modelos de un mundo mejor. No existe una sociedad que nos inspire. Hasta las economías socialdemócratas escandinavas que por algún tiempo sirvieron de tímido paradigma, han sacado a la luz su neoliberalismo, sus desigualdades e injusticias.

Nos hemos enfrascado en la virtualidad, en los juegos de azar, en los amores vía Internet, en la entretención, las drogas y el alcohol que nos lleva por momentos a mejores lugares.

Pero, no nos rindamos, no lloremos sobre la leche derramada, sentémonos a pensar como podemos lograr un mundo mejor aquí en la tierra.

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