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Lloremos por Conicyt, lloremos por la educación

por 7 enero 2016

Lloremos por Conicyt, lloremos por la educación
Elegir no debatir de educación es una opción. Elegir no impulsar el desarrollo científico, también, puesto que uno deviene del otro. No podemos esperar notorios avances científicos para nuestro país si desde la más tierna infancia no se promueve la curiosidad y la capacidad creativa para resolver problemas, así como tampoco se puede avanzar todo lo deseado cuando las condiciones materiales, las políticas de Estado, no están en la misma dirección que las puras y simples ganas de la comunidad científica.

Dos meses aguantó Bernabé Santelices, Premio Nacional de Ciencias Naturales el año 2012, y recientemente asumido Presidente de la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica, Conicyt. Y no resulta ser una exageración el decir “aguantó”, porque difícilmente podría calificarse de otra manera el intentar sacar a flote un barco que hace agua hace años ante la falta de política estatal y qué decir de este Gobierno.

La falta de contenido educativo, de materia curricular, de sustancia, al fin y al cabo, en los debates públicos que se han enarbolado en los últimos años, no deja de ser un fiel reflejo del problema que tenemos al frente. No es solamente que quienes asuman la Conicyt renuncien superados porque, como bien dijo Santelices, “la falta de conocimientos es desde los ministros para abajo”. No, el problema es que nadie está pensando en qué aporta hoy la educación y las ciencias a la conformación y desarrollo de nuestra sociedad.

Nadie ha dicho nada, por ejemplo, en el debate de la Reforma a la Educación Superior, sobre la mal llamada “calidad educativa”, más allá de mencionar que con 4 años de acreditación de la CNA (que por lo demás ha estado involucrada en escándalos y corrupción por certificar universidades que hoy están cerradas) ya certificamos satisfechos tamaña muestra de excelencia educativa. O que la discusión que ha tratado el problema de las abismales diferencias entre un niño que se educa en Las Condes y uno que lo hace en Tirúa depende no solo de considerar el colegio al que entran, sino también de que hasta los contenidos que se les transmiten a dichos niños son diferentes y contra eso no hay ley de acceso que pueda remediarlo. Mucho menos se ha dicho respecto a que los trabajadores de la Dirección de Archivos, Bibliotecas y Museos, DIBAM, llevan semanas en paro en busca de mejoras para todos quienes nos vemos beneficiados con estos servicios, y a nadie más que a los estudiantes, que no pueden hacer sus trabajos e informes, parece importarle… ¿No estaremos frente a un problema más profundo? ¿No será entonces que estos son solo los síntomas de una sociedad que prefiere discutir de “cuánto gastar” en lugar de “en qué invertir”?

Durante el 2015, los estudiantes dijimos hasta el cansancio que no queríamos discusiones presupuestarias, sino debates educativos. Pero por la forma en que se implementó la gratuidad, seguíamos hablando solo de recursos. ¿Por qué? Santelices de nuevo lo dice a propósito de por qué nunca habló con Bachelet sobre el problema de Conicyt: “[la gratuidad] les asegura las elecciones municipales, y con eso aseguran la Presidencia. Ese es el dogma, ese es el cálculo político”. Por eso, hablar solo de lo que costaba la gratuidad en lugar de acceso, marco regulatorio de existencia de instituciones, democratización, regularización de programas educativos y todo el resto de asuntos que implica reformular el sistema educativo, era engañar a la gente. Equivalía a decir “a lo mejor la educación que reciba no va a ser tan buena, pero al menos no se va a endeudar”.

El debate que se ha abierto a propósito de Conicyt es asumir que el conocimiento tiene marcadas características políticas, y que su abandono de parte del Estado es una opción tan planificada como lo ha sido el abandono de todo el sistema público, ya sea en educación, salud o vivienda. Porque hoy no es prioridad para ningún gobierno de los últimos años ni el debate educativo, ni el debate científico, sino el crecimiento económico y la explotación de las materias primas que nos mantienen a los vaivenes de la bolsa de Nueva York y del precio del cobre en Londres.

Discutir de educación es eso. Es centrar el problema en el papel que juega en Chile el educarse, pero no solo para certificar una habilidad profesional –cosa que ya es dudosa en muchos planteles– sino en cuanto a qué es necesario que aprendan nuestros niños y niñas en el colegio que les sirva para su vida, o qué investigación se va a impulsar para beneficio de la sociedad completa. Es discutir sobre por qué hoy los programas de becas para perfeccionamiento profesional o investigación de desarrollo tecnológico no alcanzan para la demanda existente. Discutir de educación es preguntarnos por qué los colegios técnicos hoy dependen muchas veces de grandes empresas que se llevan a sus estudiantes graduados a trabajar por el sueldo mínimo, en lugar de pensar en la necesidad de perfeccionar a esos profesionales y técnicos para el crecimiento de la industria nacional. Es discutir por qué hoy la investigación de las ciencias sociales es tan minusvalorada comparativamente con la de las ciencias “duras”, cuando ambas contribuyen al desarrollo de un proyecto país. Es debatir, en definitiva, de hacia dónde queremos apuntar y qué estamos dispuestos a movilizar para lograr ese objetivo.

El debate que se ha abierto a propósito de Conicyt es asumir que el conocimiento tiene marcadas características políticas, y que su abandono de parte del Estado es una opción tan planificada como lo ha sido el abandono de todo el sistema público, ya sea en educación, salud o vivienda. Porque hoy no es prioridad para ningún gobierno de los últimos años ni el debate educativo, ni el debate científico, sino el crecimiento económico y la explotación de las materias primas que nos mantienen a los vaivenes de la bolsa de Nueva York y del precio del cobre en Londres. Elegir no debatir de educación es una opción. Elegir no impulsar el desarrollo científico, también, puesto que uno deviene del otro. No podemos esperar notorios avances científicos para nuestro país si desde la más tierna infancia no se promueve la curiosidad y la capacidad creativa para resolver problemas, así como tampoco se puede avanzar todo lo deseado cuando las condiciones materiales, las políticas de Estado, no están en la misma dirección que las puras y simples ganas de la comunidad científica.

Se hace necesario y urgente, entonces, dar este debate y abrir la puerta hacia que la sociedad chilena, los sectores populares y marginados de esta discusión por su propia exclusión del sistema educativo, sean quienes prioricen el desarrollo de este país. Producir conocimiento es necesario, sí, pero ligado a las necesidades de esta sociedad, a la resolución de conflictos medioambientales, territoriales, de salud pública o de planificación urbana; al desarrollo de un proyecto que beneficie a las mayorías.

Son tantas las áreas científicas que hoy pujan por crecer y masificar los conocimientos acumulados, por replicar los exitosos resultados de su investigación, y es tan poco el interés estatal por beneficiar a alguien más que a los mismos de siempre, que no nos queda más, a quienes hoy hemos levantado aquellas necesarias discusiones, que impulsar los cambios profundos. La necesidad de abrir espacios que produzcan pero también disputen el conocimiento se hace vital; cuántas soluciones se podrían dar a problemas energéticos de pequeñas comunidades y cuántas tesis de miles de profesionales hoy acumulan polvo en bibliotecas cuando podrían ser utilizadas al servicio de millones de beneficiados.

Se hace necesario hablar de lo importante, al fin y al cabo. Se hace necesario que en todos los espacios, y en todos los niveles, se instale el verdadero debate educativo.

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