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Crisis de la cultura, crisis del Estado

por 8 enero 2016

Crisis de la cultura, crisis del Estado
La discusión no debe ser de más o menos dinero, de cuántas actividades se hacen y cuántas no, debe ser de criterios, se debe tratar de dejar de entender la cultura como un depósito de sobras y como un entretenimiento pasajero y sin contenido.

Casi tres semanas de paro en la Dibam y esto no mueve ni el aire en nuestro país. El tema, aunque aparece en prensa, solo está sugerido. La mayor señal del absurdo es que el paro de actividades de la Dibam no parece afectar ni a personas ni a instituciones, es como si hubiese carencia de estufas en verano.

La ausencia de efectos del paro de la Dibam no debe verse solo como el hecho de que las demandas de dicha institución no sean escuchadas. Ni siquiera es el punto si se ha realizado una reforma que degrada la jerarquía de esta unidad del Estado sin que ello genere ningún cuestionamiento. Lo verdaderamente insólito, lo ciertamente grave, es que, además de todo esto, el paro en la Dibam no signifique realmente nada para los ciudadanos de Chile, que no afecte sus rutinas, sus intereses, sus deseos, sus sueños.

La Biblioteca Nacional está cerrada y eso no interfiere en ninguna actividad o gestión importante que resulte en presión hacia el Estado. Ninguna institución al parecer se ve afectada por el hecho de que la Biblioteca más grande e importante del país esté cerrada. Esto sin lugar a dudas es una primera señal de un problema de la relación con la cultura, tanto del Estado como de la realidad nacional individual y colectiva.

Como Director de Desarrollo Cultural UTEM, me tocó presentar un proyecto al Fondo de la Música para obtener financiamiento para la segunda Temporada de Conciertos de nuestra institución. El proyecto no fue seleccionado, lo que obviamente es una posibilidad bastante probable –más que ser seleccionado–, pero el ‘problema país’ no reside allí, sino en las razones que se dan para dejar fuera de financiamiento nuestro proyecto. La razón fundamental esgrimida es que en la UTEM estaríamos pagando demasiado a los músicos invitados. Ahora, esto no resulta tan impactante sin saber que lo que se propone como pago a cada músico por concierto es $500.000 pesos. Si pensamos en que varios de los involucrados viajarán a Chile para ejecutar su trabajo y si agregamos que un concierto, sobre todo cuando se trata de solistas (como la mayoría de los que se presentan en nuestra temporada), requiere por lo menos dos o tres meses de preparación. Así que el dividir la suma expuesta en esta cantidad de partes-meses sí torna espeluznante este criterio, sobre todo porque viene directamente desde el Fondo de la Música. Si ellos piensan que esto es pagarles demasiado a los músicos –siendo además causa excluyente de financiamiento– es porque la crisis pasa de ser individual, cultural, a estatal.

Es entonces importante destacar que el partido en este momento está en cancha del Estado, del Consejo de la Cultura, y especialmente del ministro Ottone. Este ministro ha demostrado realizar una labor muy positiva, manejar aspectos técnicos de la gestión con gran eficiencia –entre otras cosas, el ingreso en la glosa de Presupuesto para orquestas es una gran victoria para la cultura y una enorme diferenciación con sus antecesores cercanos–; pero ahora es necesario dejar a un lado la tecnocracia –sin emplear este término con una connotación negativa– y empezar a dar la batalla política y discursiva.

Sin intención de alargar el argumento, pero sí confirmándolo, es cosa de ahondar un poco más y encontramos una enorme suma de situaciones que muestran la crisis acá expuesta –Coro CEAC realizando una gran cantidad de conciertos con sus respectivos ensayos, todo ad honórem; casi nula discusión y reflexión sobre el contenido de la ley del 20%; desecho de una buena posibilidad de proyecto cultural de carácter nacional-estatal al ni siquiera intentar rescatar Radio UNO, y la lista sigue, y al mismo tiempo, visibilizan un descuido del tratamiento de la cultura, sobre todo en su principal proyección, que es la sociedad.

El problema en este caso es político, y tiene que ver con la manera de abordar los temas culturales, el cómo se enfrenta el arte como un complemento y formador de la sociedad. La discusión no debe ser de más o menos dinero, de cuántas actividades se hacen y cuántas no, debe ser de criterios, se debe tratar de dejar de entender la cultura como un depósito de sobras y como un entretenimiento pasajero y sin contenido. La discusión debiera llegar lejos: estamos hablando del carácter inorgánico de una cultura construida desde el subsidio a la demanda en una sociedad de consumo, con aportes privados cuyo sentido es usar la Ley de Donaciones como señal de vinculación con el medio.

Es entonces importante destacar que el partido en este momento está en cancha del Estado, del Consejo de la Cultura, y especialmente del ministro Ottone. Este ministro ha demostrado realizar una labor muy positiva, manejar aspectos técnicos de la gestión con gran eficiencia –entre otras cosas, el ingreso en la glosa de Presupuesto para orquestas es una gran victoria para la cultura y una enorme diferenciación con sus antecesores cercanos–; pero ahora es necesario dejar a un lado la tecnocracia –sin emplear este término con una connotación negativa– y empezar a dar la batalla política y discursiva. Situar a la cultura como un tema país que salga de los fines de semana y que no sea solo una herramienta de distracción, es importante. En este caso la crisis queda realmente en evidencia: la Biblioteca Nacional debería ser un pilar de procesos académicos, científicos e investigativos en general, institucionales y estatales. Al contrario, el paro Dibam pareciera ser visibilizado como un problema menor relacionado con la situación laboral de un grupo de funcionarios.

Es así, la batuta la tiene Ottone, toca dar la pelea política y no administrativa. Situar la cultura como un motor de la sociedad a nivel práctico y discursivo sería un nuevo paso en la mentalidad y la relación con el arte y la cultura en su definición más amplia. La crisis de la cultura como crisis estatal se confirma con la invisibilización del paro Dibam y se profundiza con situaciones como las acá descritas. Es ahora el momento para lograr que esto quede como una anécdota, un tiempo pasado en que no se valorizó la cultura, una mala gestión de un conflicto, algo completamente superable y corregible. No permitamos que se confirme lo temido, la cultura como un tema sin proyección política y de última categoría para el Estado, así como una actividad que debe ser mal o nulamente remunerada, para los responsables de su enaltecimiento.

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